Hace unas semanas tuve la oportunidad de viajar a Sudáfrica, un país que muchos asociamos de inmediato con safaris, paisajes espectaculares y la figura de Nelson Mandela, pero que pocas veces imaginamos como destino vinícola. Confieso que llegué con curiosidad profesional, pero también con cierta reserva. ¿Realmente valía la pena recorrer medio mundo para probar sus vinos, o se trataba sólo de una moda pasajera y de “nueva región exótica” para la lista de viajes?
La primera sorpresa llegó en Ciudad del Cabo (Cape Town) después de 17 horas de vuelo. Pocas ciudades tienen paisajes tan espectaculares como esta. Desde el Waterfront, con sus restaurantes frente al mar, hasta las vistas de la famosa colina “Table Mountain” al fondo, y que por las tardes es cubierto por las nubes que bajan a tal grado que parece que puede uno tocarlas.
El mar y las montañas conviven en un solo lugar de colores increíbles; literalmente en la parte más al sur de todo el continente africano. Es además esta región una zona del mundo en donde confluyen personas de muchísimos países, y que no deja de asombrar por la rica historia debido a su posición geográfica y política.
En ese sentido, a menos de 100 kilómetros de Cape Town comienza la zona maravillosa de los vinos sudafricanos (conocido como los “Winelands”): Stellenbosch, Paarl y Franschhoek. Stellenbosch es quizá el corazón académico y técnico del vino de Sudáfrica. Sus calles universitarias y la cantidad de bodegas bien establecidas recuerdan que aquí la viticultura no es un experimento, sino una industria seria con décadas de aprendizaje.
Por ejemplo, la uva tinta más plantada en este país se llama Pinotage, y es un cruce entre Pinot Noir y Cinsaut, desarrollada justamente por la Universidad de Stellenbosch (que ofrece diversos programas de enología). Los vinos hechos con Pinotage tienen taninos elevados y en muchos casos sabores de frutos negros, así como de notas muy típicas de especias y chocolate.

En materia de vinos blancos, el más famoso de todos es el Chenin Blanc (conocido localmente como “Steen”) y que es producido en diversos estilos; mi favorito es el que proviene de “viñas viejas”, es decir, bien establecidas y que transportan nutrientes y sabores del lugar donde se encuentran. Los vinos espumosos de Sudáfrica son famosos también, llamados “Cap Classique” por el método tradicional que se utiliza para producirlos (similar al de Champaña).
Hay que hacer una mención especial para Franschhoek, que es quizá la cara más turística y pintoresca del vino sudafricano: pequeño, rodeado de montañas y con restaurantes de primer nivel y hoteles “boutique”.
Pero en mi opinión, los “wine farms” (o granjas donde se produce vino pero además hay animales, productos orgánicos, quesos y embutidos así como otros productos) es quizá la revelación más interesante de esta industria enoturística. En ese sentido, es fácil enamorarse de los “Winelands”, de las granjas, los paisajes y de la sensación de calma que transmiten los viñedos al atardecer.
El vino siempre ha sido un espejo del territorio, y en este caso, este país no fue la excepción. Si algo me dejó este viaje a Sudáfrica fue la conciencia de que detrás de cada copa que probamos hay una conjunción silenciosa contra el clima, la montaña, los varietales y el paso del tiempo.
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