Neurona ciudadana / ¿Por qué seguimos marchando?
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónRecuerdo con mucha emoción aquel 9 de marzo de 2020. El famoso “9M nadie se mueve, un Día sin Mujeres”, en el que se realizó un paro de actividades de mujeres en todo nuestro país y en el que dejó en claro la importancia que tiene la mujer en el desarrollo de México y del mundo en general. Desde ese año, cada 8 de marzo seguimos tomando las calles, alzando la voz, exigiendo lo que por derecho nos corresponde. Nos dicen que hemos avanzado, que hay leyes, que hay programas. Y sí, es cierto, la ONU nos señala que el 89% de los Gobiernos del mundo ha declarado que poner fin a la violencia contra las mujeres es una prioridad; 193 países han implementado medidas jurídicas para abordar este problema. Pero también es cierto que, en pleno 2025, sigue habiendo un sinfín de violencias, algunas con una saña brutal, demostrando que la vida de muchas mujeres sigue pendiendo de un hilo en sociedades que no terminan de reconocernos como iguales.
Marchamos porque, aunque a algunas no les falte nada ni nadie, hay muchas otras a quienes les falta todo. Nos siguen matando, violando, acosando, juzgando, limitando. Marchamos porque a pesar de los avances, los derechos de las mujeres siguen siendo negociables, sujetos a debates, vulnerables a la política, a la religión, al qué dirán. Por eso marchamos, porque la igualdad y la equidad sigue sin ser una realidad palpable para todas.
El problema no es que las mujeres busquemos equidad, sino que el mundo aún nos la niega. Nos ven como un subgrupo, como una categoría aparte. Si decidimos casarnos y tener hijos, nos dicen que nuestro trabajo es “por gusto”. Si optamos por no hacerlo, nos llaman egoístas, frías, fallidas. Una mujer que llega a los 30 sin casarse, sin hijos, sin seguir el guión impuesto, carga con una presión social asfixiante. Por otro lado, si crecemos profesionalmente, si lideramos, si tomamos el mando, nos ven con recelo, nos desacreditan, nos minimizan. Nos pasa en la oficina, en la calle, en la política y hasta en la farándula. Millie Bobby Brown lo dijo claro: “No soportan ver a una niña convertirse en mujer.” La han criticado por su cabello, su rostro, su cuerpo, su ropa, porque el problema no es su imagen, sino que una mujer ocupe espacios que antes no le estaban permitidos.
El avance no es homogéneo, y las barreras siguen ahí. Aunque en la mayor parte del mundo se ha logrado la paridad en la educación, aún enfrentamos una enorme brecha en la ciencia y la tecnología. Si logramos romper ese techo de cristal, la sociedad entera se beneficiará. Lo mismo ocurre con el sector de los cuidados: el número de países que ha mejorado condiciones laborales y salariales para estas trabajadoras ha crecido, pero apenas el 32% del mundo lo ha hecho. ¿Quién cuida a quienes cuidan? ¿Por qué sigue siendo la mujer la principal responsable del hogar, los hijos, los enfermos, los adultos mayores, sin que se le reconozca el desgaste ni se le garantice el derecho a su propio desarrollo?
Es cierto que cada vez más hombres están despertando a esta realidad. Pero necesitamos muchos más que estén a la altura del momento histórico, que entiendan que la equidad no es una concesión ni un favor, sino la única vía posible para una sociedad justa. No buscamos una guerra de sexos. No queremos estar por encima, solo queremos dejar de estar debajo. Queremos que nos quiten la rodilla del cuello. Queremos que cada mujer tenga la libertad de decidir su camino sin ser acosada, señalada o violentada. Queremos que nos dejen de poner el pie encima cuando intentamos encontrar nuestro lugar en este mundo que se ha vuelto tan competitivo.
Para los gobiernos, la igualdad y equidad ya forman parte de la agenda pública, pero eso no significa que la batalla esté ganada. Sí, hay avances: más países tienen planes nacionales para involucrar a las mujeres en los procesos de paz y seguridad (hoy son 112, frente a los 19 de hace quince años). Sí, en los países con leyes contra la violencia de género los índices han bajado. Pero no nos engañemos: mientras una sola mujer viva con miedo, mientras una sola mujer sea agredida, mientras una sola mujer tenga que elegir entre su carrera y su familia porque el sistema no le permite ambas cosas, seguir marchando no es una opción, es una necesidad.
Nos dirán que exageramos. Que ya hemos logrado mucho. Que debemos ser pacientes. Pero la paciencia nunca ha cambiado la historia, la lucha sí. Nos seguirán viendo con incomodidad, con desprecio, con miedo. Pero la lucha sigue. Y seguirá, hasta que la igualdad no sea una meta, sino una realidad.