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Análisismiércoles, 8 de abril de 2026

Zoon politikón / Cuando el dinero no es de nadie

Todos celebramos la idea de ver finalmente un tren conectando Querétaro con la Ciudad de México. Lo vimos como símbolo de modernidad, de movilidad segura, de un salto tecnológico que después de tres sexenios parecía materializarse al fin. 

Uno espera que cuando algo sube de precio sea porque está terminado, o al menos porque se ha enfrentado alguna dificultad insalvable. Pero aquí el tren ni tiene estaciones, ni vías completas, ni vagones, ni pasajeros en la mira. Solo promesas. 

Y no es nuevo. El Tren México-Querétaro apenas entra en la lista de proyectos monumentales de Morena que han terminado devorando sus presupuestos iniciales. 

Luego vino la refinería de Dos Bocas, presentada con bombo como emblema de soberanía energética: 160 mil millones dijeron que costaría; terminó en alrededor de 400 mil. Un aumento de 160%. Si fuera un arquitecto, lo habrías demandado sin pensarlo.  

Cuando uno escucha que el Tren México-Querétaro va en nueve por ciento y ya cuesta 65 mil millones de pesos más, es inevitable comparar. 

Querétaro, un estado símbolo de progreso administrativo y orden financiero, observa con cierto desconcierto cómo su proyecto insignia se va convirtiendo poco a poco en otra expresión de la improvisación que domina la obra pública nacional.

Hay quienes dirán que los sobrecostos son inevitables, que las condiciones del terreno cambiaron, que el acero subió, que los retrasos fueron culpa de terceros. Pero esa narrativa ya la hemos escuchado demasiadas veces. 

Y ahí quedará la pregunta esencial: ¿cuándo aprenderemos que la planeación no se mide por kilómetros de vía ni por manchas de pintura en los vagones, sino por respeto a cada peso que se cobra con nuestros impuestos?  

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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