¡Bravo! a Guillermina y su legado
Tinta para un Atabal
David Quintero / Colaborador Diario de Querétaro
El siguiente texto forma parte de las Memorias de la maestra Luisa Josefina Hernández, publicado por editorial El Milagro:
“Guillermina Bravo amaba la danza porque su vocación era su talento y triunfaba; eso siempre me pareció respetable (...).
Me cayó mal la muerte de Guillermina Bravo, con noventa y dos años, hace dos meses. Hablábamos por teléfono de vez en cuando; la última vez me dijo:
—Luisita, se nos están muriendo todos.
—Luisita, queremos ir a tu casa a que nos des clase.
—Luisita, quiero que me acompañes a Bellas Artes a pedir cinco mil pesos para adelantarle a un músico, porque ya se murió de hambre varias veces.
—Luisita, acompáñame a cenar con Carlos Jiménez Mabarak, para que le expliques el ballet que quiero hacer.
—Luisita, acompáñame a pedir un salón de catorce metros de largo, bien ventilado y con luces.
En una ocasión yo la llamé a la universidad para hacer un experimento. Se trataba de poner en escena tres espectáculos. No tuvimos director, ella se encargó del foro y yo de explicar el significado y escuchar voces. Salió muy bien.
Pero cuando faltaban los actores oía la voz de Guillermina.
—Luisita, súbete a ese piano y déjate caer suavemente con el rostro hacia la izquierda.
Y yo lo hacía. Y no me rompí nada distinto de lo que me había roto antes. Pero fue muy bonito que se acabara el experimento y pudiera yo llamar a un director de escena de verdad.
La extraño siempre, la he extrañado desde que se fue a Querétaro. Me gustaba mucho enseñar a bailarines, son las personas más sinceras que he conocido.”
De no ser así estaríamos ante el fenómeno de autoridades insensibles y desconectadas de una cruda realidad cultural que tienen que afrontar diariamente instituciones como el CENADAC.



























