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… esas palabras que todos decimos y que no nos damos cuenta de su profundidad hasta que las leemos en un papel o las escuchamos accidentalmente en otra persona, en un autobús, en un pesero, o tomando un café con una amiga querida. Y de pronto, oímos esas frases que han pasado por nuestra propia boca alguna vez, por nuestra mente, nuestro corazón, y que en su momento no supimos valorar, ya sea porque no escuchamos con atención, o porque nuestra circunstancia, conocimientos y experiencias no nos permitieron comprender la dimensión de lo que nos decían. No supimos atender, pero de pronto captamos la idea en algo aparentemente cotidiano, y entonces vemos lo extraordinario, nos cae el veinte, entendemos, comprendemos, nos viene un destello, un insightque puede iluminar, aunque sea un poco, nuestras vidas.
Ese es uno de los méritos del escritor Haruki Murakami quien a partir de lo aparentemente cotidiano, si uno lee con atención, encuentra lo extraordinario, lo maravilloso, lo vital. Hay quienes han comentado: “ no le agarro la onda”, “no le entiendo”, “me aburre”, “no me prende”, y están en su derecho, pero habría que preguntarse las razones. Pudiera ser que están prejuiciados por todo lo que se dice en contra. Pero, si se lee con atención, y por qué no decirlo, con cariño, seguro encontrarán el valor de los textos de Murakami. Verán que están impregnados de vitalidad, de lo que sucede a diario y que luego no apreciamos. Los escritos de Murakami, cuentos o novelas, son un espejo, para que nos miremos en ellos, para que nos regocijemos y encontremos los diversos aspectos de la existencia. Ni él es más, ni tú menos.
Detrás del cuento Drive my car, que viene incluido en su libro Hombres sin mujeres, se mueve la estructura de El tío Vania, de Antón Chéjov. Esta obra le da tema, forma, profundidad, al cuento de Murakami. Esa profundidad para penetrar en la esencia contradictoria que mueve a los seres humanos en la eterna lucha entre el bien y el mal, entre la banalidad y lo importante, entre lo rutinario y lo fundamental, entre la fe y la desazón. Murakami se apoya en un clásico, no hay nada nuevo bajo el sol, y a la vez sí.
La maestría de Murakami y su aporte consiste en poder narrar con exquisita sencillez, en forma tal que parezca tan simple, que no nos damos cuenta de la costura interna del relato. Por eso nos parece tan obvio, tan evidente. En Drive my car nos habla de un auto amarillo, Saab 900, descapotable. Y ahora, gracias a las tecnologías de información, podemos ir de inmediato a Google o YouTube, y averiguar qué onda con ese auto, y encontrar videos maravillosos para casi sentir que lo manejamos, para entender porqué es tan especial. Y este tipo de datos son un aporte de la literatura en general, y del cuento de Murakami en particular. Detenernos en las palabras que no conocemos nos enriquece, y nos permite regresar a la realidad de otra manera. Con ideas, conceptos, ilusiones distintas, que nos aportan conocimientos para saber porqué las cosas son como son, porqué la vida es compleja y sencilla a la vez, maravillosa y peligrosa, triste y extraordinaria. Los relatos nos ayudan a comprender a los humanos, nada sería como lo conocemos sin los relatos, las narraciones. La comprensión de la existencia sería muy limitada, tosca.
La literatura es vida y la vida es literatura, ésta se convierte en un abanico, en un arcoiris donde podemos asomarnos, comprendernos, relatar y relatarnos. El filósofo Paul Ricoeur en su célebre ensayo La vida: un relato en busca de narrador, señala: “Aristóteles no dudaba en decir que toda historia bien narrada enseña algo; más bien, decía que la historia revela aspectos universales de la condición humana…”. Y agrega Ricoeur: “Más concretamente: el sentido o el significado de un relato surge en la intersección del mundo del texto con el mundo del lector.”
Si leemos a Murakami con atención entendemos al autor. Incluso aunque no nos gustará su trabajo -lo cual es válido-, podemos reconocer su valor. Quizá su universo no vive en tu dimensión, en tu esfera de pensamientos y percepciones. Murakami no es un escritor que quiera ser complejo y que escriba trabucos ininteligibles para que no se puedan entender. Más bien quizá a veces suceda, como con este cuento, que no quieras entender o seguir con el texto, que prefieras evitarlo, olvidarlo, porque lo planteado es demasiado doloroso. Quién quiere estar pensando y leyendo machaconamente acerca de cómo esa mujer engaña una y otra vez a su marido. Quizá esa situación tenga que ver contigo y ni lo sepas. Quizá te han engañado varias veces y tu vida ha seguido aparentemente como si nada. También por eso no se entiende a un autor. No nos conviene, o pisa callos muy dolorosos.
De cualquier manera, eso es lo maravilloso de la literatura. Ahí, sobre esas hojas de papel, solamente están tú y el autor, y lo que te resulte doloroso, o que esté abriendo y cerrando un sinfín de ventanas y puertas en tu mente, solamente es entre tú y él. A veces estás de un lado, a veces estás del otro. Cuando eres engañado eres un pobre estúpido. Cuando engañas a tu mujer eres muy listo, muy hábil, muy chingón. El otro es condenado, tú eres exculpado. El otro cometió una maldad infame, tú tuviste una aventurilla, nada más. Todo depende en qué lado estés parado, en cómo quieras ver las cosas, cuestión de percepciones. Quizá te habría convenido haber jugado los dos roles, para que de esa forma no negaras la esencia de tu ser, es decir que eres un animal, polígamo, que te has vuelto morboso, insano, mentiroso, y que no hay nada malo en ello. Que todos estos adjetivos no son más que resultado, como dijo Sigmund Freud en el El malestar de la cultura, producto de la represión que ejerce la sociedad sobre el ser humano para contenerlo, porque si no todo sería un desmán, la ley de la selva. O quién sabe, a lo mejor todo estaría más tranquilo. Todo habita en el corazón de los seres humanos, el bien y el mal. Uno tiene que decidir qué semillas quiere regar.