Locallunes, 17 de julio de 2017
El oráculo. Reflexiones sobre la actoralidad
El quehacer de un actor fue puesto en la mesa gracias a Teresa Rábago
Redacción

El teatro no tiene fronteras que frenen su alcance; cada actor con sus herramientas, sus deseos, flaquezas, ambiciones y demás vicios de carácter, acotan aquello que llamamos personaje, pero al teatro en sí, no le importa ni siquiera quiénes somos, a cada uno nos exige más y más cada vez, porque si uno deja la vida en la escena entonces quizá algo suceda para el teatro.
Éstas y más reflexiones sobre el quehacer de un actor fueron puestas en la mesa gracias a la intervención de la maestra Teresa Rábago, quien actualmente, desde hace ocho años, se encuentra dentro del elenco de la Compañía Nacional de Teatro, una mujer que con sus 40 años de trayectoria, habla con la misma pasión y la misma fuerza que cualquier joven que se entusiasma por primera vez al experimentar un hecho escénico.
Tere, la “bruja blanca” como con cariño le llamamos, vino a remover las fibras más sensibles de los integrantes de la compañía, a tratar de hacernos entender la valía y el respeto que merece el escenario, a ayudarnos a saber por qué y para qué lo hacemos, incluso si es que debemos o no seguirlo haciendo. Perspicaz en sus cuestionamientos, nos invitaba a ver cosas de las que muy probablemente ni siquiera éramos conscientes, como individuos y como gente de teatro. Nos hizo ver también, que cualquier personaje está más allá del alcance de nuestro entendimiento, porque los personajes son más que uno mismo, porque nunca, jamás, alcanzaremos a ser completamente ellos, la clave está en humanizarlos para entender entonces cómo es verdaderamente Medusa y hablar de ella desde una condición humana para volverla cercana, o Hamlet o Julio César o cualquiera de esos seres que habitan la ficción y que intentamos abrazar en cada función, pero si uno es benevolente y confía, si uno tiene humildad y es mejor persona, si uno comparte con el otro y se ocupa de escuchar y ser sensible ante las necesidades del que también busca consolidar la ficción en el plano de lo real, para convencer a quien está al frente de nosotros, tal vez, entonces, logremos ser mejores actores y actrices y quizá podamos rasgar la vestidura de los personajes para, aunque sea un poco, parecernos a ellos; eso sí, se nos tiene que ir la vida en ello.
En el taller jugamos a ser otros, cada quien llevó a un personaje de su elección, uno que haya significado mucho en su carrera, por decirlo de alguna manera, nuestro favorito. Empezamos con sólo traerlo a nuestra cabeza, bajarlo a nuestro cuerpo y llevarlo a un nivel sensitivo para con ello intentar obtener al menos un minuto de verdad, en el que el actor no se oponga, no enjuicie, no oriente, ni guíe la búsqueda; por supuesto, que no caiga tampoco en los terrenos que ya conoce, porque antes de dar función el actor debe quedarse resguardado en su camerino, él no debe ejecutar sino dejar en libertad su creación. Dentro del taller, no se trataba de demostrarle a nadie nada, todo era para uno mismo: redescubrirse y saber que es posible, ya que muchos vivimos con “la tía amarga” y la cargamos todo el tiempo en la conciencia, esa que nos dice: “lo hiciste mal”, “ese no era el camino”, “debiste involucrarte más” o simplemente no le gusta que trabajemos. Por tanto, de lo que se trataba era de no tomarla en cuenta y dejarnos llevar sólo por la imagen, sin que “se nos fuera la paloma”, que pasa cuando pensamos que no estamos en situación suficientemente y se nos va de la mano el hecho orgánico por pensar que no llega cuando quizá ya se fue.
No estimularse. El actor, la actriz, suele hacerlo para “sentir” algo que ansiosamente cree que quiere el personaje, y eso, a lo único que nos lleva es a forzar la emoción que muy probablemente ni siquiera sea parte de lo que siente y piensa el personaje, pero que el actor, en su afán de llenar el vacío, quiere sentir, cuando justamente para poder sentir se debe estar vacío y así contener algo y no sólo aire constreñido en el abdomen y en el gesto. Porque muchas veces, en esta búsqueda, nos volvemos impunes a nosotros mismos y nos lastimamos; debemos ser pacientes para identificar claramente la diferencia entre el querer y el entender, ya que no es lo mismo partir sólo de un deseo personal, que del entendimiento desde el texto dramático y las situaciones que verdaderamente le acontecen al personaje.
Calma, espacio, meditación y descanso, indispensables para lograr contenido emotivo. Las imágenes por sí solas no llegan, hay que cerrar los ojos y verlas pasar frente a nosotros e identificar cómo nos hacen sentir. Eso requiere tiempo, momentos en los que el ejecutante se encuentre preferentemente relajado.
Es así como a usted, querido lector, le comparto la locura y las peripecias que debe sortear un actor, quien en su afán de hacerlo mejor, se cuestiona si lo ha entregado todo o no, para que cuando usted vaya al teatro, lo podamos convencer de que lo que pasa ante su mirada es completamente real, al grado de ayudarle a olvidar su mundo para que disfrute de otros y vuelva a recordar cuán humano se es, incluso, no sólo desde el teatro, sino de las artes.