Hoy la Feria de la Barbacoa y el Pulque reúne a 55 productores locales, que desde un mes antes discuten en torno al precio máximo del pulque y la barbacoa que ofrecerán a los visitantes en septiembre; hasta mil 800 personas sacian su hambre en uno de los 55 puestos.
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IVÁN MENDOZA, heredó la “Barbacoa Don Chon” de su padre, uno de los fundadores de la feria.
En medio de un paisaje conformado por plantaciones de maíz y con el clima típico del Semidesierto, las larvas de gusano de maguey reposan tranquilamente en las pencas alrededor de 12 años, hasta que llega el inevitable destino: cuando el maguey está listo, los productores de Cadereyta de Montes lo recogen para la elaboración del pulque, una de las estrellas principales en la Feria de la Barbacoa y el Pulque de Boyé. Cuenta la leyenda que hace más de cien años, en medio de los cactus, en la poco poblada comunidad de Boyé, hizo su aparición San Antonio de Padua, en un momento crítico en el que el pueblo lo necesitaba; todos lo vieron como un milagro y los pobladores decidieron agradecer la voluntad del Santo con un banquete que estuviera a su altura, además de la construcción de un templo para homenajear que los tuvo en su consideración.
Sin embargo, las cosechas del pueblo se daban dos veces al año y la fecha en la que debían conmemorarlo, el 13 de junio, estaba ya contemplada entre los jornaleros para recoger el fruto de su trabajo; lo único que podían ofrecerle ese día era la celebración de una misa, pero todos esperaban pacientes, porque sabían que la demora valdría la pena al celebrar “a lo grande” el cuarto jueves de septiembre, fecha que les designó la autoridad eclesiástica de Cadereyta de Montes.
Desde entonces la celebración ha ido creciendo con el paso de los años y, con la llegada del nuevo milenio, después de considerar a Boyé como delegación, los festejos cobraron un matiz diferente: un grupo de amigos, encabezado por “Don Chon”, se organizaron para que su fiesta local fuera conocida en otras partes del Estado como “La Feria de la Barbacoa y el Pulque”, puesto que estos dos manjares son parte de la historia del lugar. Todo esto lo conocemos de Iván Mendoza, dueño de la “Barbacoa Don Chon”, que heredó de su padre; recuerda que hace 19 años comenzó a involucrarse en el negocio familiar y cada año las tareas que tiene a su cargo son más complicadas.
Desde las ocho de la mañana, las personas comienzan a llegar a este paisaje que recuerda los campos que enmarcaron la Revolución; los integrantes de algunas familias se engalanan con el traje de charro, mientras otros, sin ninguna apuración, se disponen a disfrutar de un conmemorativo desayuno para inaugurar otro día de fiesta.
Los pobladores de Boyé están acostumbrados a recibir la visita de miles de citadinos que llegan desde la capital y algunos otros turistas afortunados que vienen desde el extranjero para disfrutar una tradición queretana que se celebra desde hace más de un siglo; se suman así hasta 25 mil personas el último día de la fiesta, conjugándose en un mar de personas que pugnan por servirse una probadita de Cadereyta.
La diversidad cultural evidencia que el crecimiento en torno a esta celebración patronal se ha dado en gran medida en los últimos años; el olor de pan de feria llega hasta las orillas del pueblo, la música norteña y de mariachi suena en cada esquina, forrada de puestos que endulzan la experiencia con la venta de dulces locales como el de biznaga, de calabaza o de camote.
Juegos mecánicos divierten a los niños y el espacio se reduce en medio de una mezcla de griteríos, música y carcajadas; las mujeres de Boyé aprovechan para vender sus tortillas hechas a mano en coloridas canastas a las personas que compran por kilo la carne sazonada del borrego.
Al mediodía ya se puede encontrar uno que otro que se pasó con el pulque y los curados, pero en días como este no importa el qué dirán, pues todos se contagian del ambiente amenizado por unos buenos tragos: “Pulque bendito, dulce tormento. ¿Qué haces afuera? ¡Vamos pa’ dentro!”, ordena una leyenda en uno de los siete puntos oficiales de venta.
Después de los tragos de curados con sabores peculiares como nescafé, nuez, piñón, guayaba, coco, avena, fresa y cacahuate, las chicas más atrevidas de la comunidad se montan en el toro mecánico, que las sacude con violentas embestidas que divierten al que pasa por ahí.
Después del mediodía se vuelve una misión difícil de alcanzar caminar por los pasillos de la feria, que envuelven en el calor de un sauna humano a los que se dieron el gusto de saciar sus antojos por la mañana, pero la fiesta continúa y la experiencia, inolvidable, hace que valga la pena conocer las costumbres de esta pequeña, pero cálida localidad.