La voz dice que la muerte no existe, solamente Dios, el poder, la luz, la gloria, la voluntad, la vida o como intentes nombrarle. Para muchos esa voz es la intuición. Es la voz que es. Sin idioma, sin barreras. Telepatía con las esferas sagradas. ¿Qué te dice? ¿La escuchas?
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La voz interior no tiene nombre ni muerte ni fronteras. Está ahí permanentemente, algunas veces empuja, otras observa, siempre pesa. Con sosiego o con agitación, hay formas de conectarse con ella. Vive afuera y adentro. Está conectada a la voz de Dios. Es su manifestación. Aleluya. Alaben a Yah, al sin nombre, al que Es. En el Baghavad Gita también se habla de esa voz, en la Biblia es un tema recurrente. ¿Cuántos libros sagrados han sido dictados por esa voz? ¿Cuántos pensadores han intentado acercarse a ella, definirla?
La voz tiene diversas manifestaciones. Habita en todo. Por eso se ha dicho que algunos humanos pueden hablar con animales, es la voz interior puesta en contacto. La misma que le sopla al sabio, al filósofo, al poeta, al enamorado, al niño, al loco, al borracho. Pensar en ella es tocar la trascendencia y lo inefable. El Tao. Me atreví a escribir sobre esa voz porque ella misma me lo pidió. Por algo será. Todo tiene una razón. Quizá este escrito vaya para alguien a quien le había parecido una locura escuchar esa voz, pero al ver que a otros también les sucede lo mismo, se da cuenta de que no está loco.
Quizá la voz es para indagar quién es uno mismo. Quizá la voz salga de uno y de la conexión con el inconsciente colectivo, o con la mente universal. Es la voz Luz. Se le puede trabajar como a un arte liberador, pero cuidado con las ilusiones estúpidas, enfermas o justificadoras. Ella es fuente, manantial. La práctica de la meditación nos acerca a ella, porque paradójicamente ella viene del vacío, del Gran Silencio. La que no necesita se le nombre. El caudal. El caos. El arte que se atreve. La ciencia interrogada. Es origen. Porque en el principio fue el verbo. Dios dijo hagamos. Nuestra otredad nos habla de un lugar llamado desde siempre.
La voz interior nació con la evolución humana. Esos primeros seres metidos en una cueva, perseguidos, sometidos a toda clase de eventos naturales y de sobrevivencia, ya en la noche, al calor de una fogata dada por Prometeo, repasaban su día, cavilaban, se preguntaban, se respondían, en silencio, en una comunicación intrapersonal. Al otro día ponían en práctica lo consensado con otros y con ellos mismos.
Es la voz de nuestras propias experiencias, la que se forja en el transcurso de nuestra vida, pero es también algo más profundo e inexplicable. Quizá sean nuestras células gritándonos todo lo que han aprendido en estos millones de años. Esa voz es nuestro poder, es un mantra vibrando desde muy dentro. Es la voz heredada, la que no ha muerto nunca, la gota de sangre que se transmite en cada óvulo y espermatozoide. De gente viva, para gente viva. La neurolingüística ha demostrado el valor que las palabras tienen. No debería hablarse de lo que sea y como sea. Cada palabra debería ser sopesada cuidadosamente. Con mucha más razón, la voz que viene de lo más profundo de nuestro ser debe ser atendida con mucha atención.
Las culturas originarias en lo que ahora es México sabían perfectamente el valor que la palabra tiene. Todos los tratos se basaban en la palabra dada, y pobre del que no cumpliera lo dicho. Entre nuestras culturas la palabra era fundamental, se podría decir que uno de los valores centrales. La congruencia como valor máximo. El respeto absoluto a lo que se dice. También Cristo lo señala cuando dice: que su sí, sea sí; y su no sea no. La coherencia por delante. Y todo esto vale todavía más con respecto a la voz interior. Es uno de los acuerdos claves del vivir: respetar tu palabra, tener conciencia plena de lo que vale.
A veces duele, otras te alienta, te guía. Entre menos la escuchas se apaga; y si la escuchas a menudo, te habla más. Entre más crece, más paz produce. No hay que forzarla ni perseguirla ni simularla ni inventarla. Su campo de acción es sagrado. Mejor dejarse llevar, conducir. La palabra es silencio. Nos asoma un poco a lo que apenas alcanzamos a entender. Nos conmina a intentar en buena lid el encuentro con lo sacro, más allá de iluminaciones, de gurús, de fanatismos. Pero muchas veces, muchas, no la escuchamos, nos hemos alejado de ella hasta casi apagar sus latidos, porque no nos conviene, porque nuestra soberbia es mayor, o porque de plano ya nos decidimos por hacer el mal cínicamente.
Mas si nos damos una oportunidad, ella sigue ahí, su poder de florecimiento es mayor que el de la ave fénix. Reconozcamos las manifestaciones que la voz coloca frente a nuestros ojos en la madre que ríe, en el niño que juega, en el buen amigo que te regaña ante un acto equivocado, en la súplica desesperada de un padre angustiado, en el desconocido que te dice algo sorprendente en alguna parada del camión, en los pétalos de esa flor, o en el dolor de los que sufren. En cada acto es posible que aparezca, que esté encubierta o que se te presente desnuda en toda su pureza. No se necesitan situaciones sorprendentemente mágicas o llenas de patrañas. Nadie la posee para siempre, incluso podría ser olvidada si no se está atento. Acercarse, no perderla, implica practicar conscientemente, a diario, cotidianamente. Esta sabiduría interior aunada a la filosofía y a la ciencia, puede desatar verdaderas revoluciones personales y sociales.
Tu palabra define todo lo que eres, todas tus virtudes y todos tus defectos. Así que sería bueno que nutrieras tu palabra con la voz interior, porque ésta es muy vieja, está alimentada de vieja sabiduría probada. No te le encimes, respétala, valórala. Quizá no tengas idea de todos los tesoros que guarda para ti. Es cierto, el encuentro con ella no es fácil, puedes autoengañarte o ser sordo como una tapia.
Se necesitan paz, amor y quietud para que la voz nos muestre lo que ha estado ahí siempre, lo que no hemos podido ni querido ver y escuchar. ¡Suena tan sencillo! Todos creemos estar en ello. Por eso: paso a la voz y que nos ilumine, voz presente en las letras sagradas de todas las culturas, porque la voz interior te permite saber que el cielo está también en la Tierra. El Gran Profeta lo sabía, el reino sagrado está dentro de ti, en tu corazón , y de ahí viene la voz que te habla y aconseja. Abran, pues, espacio, corazones y mentes, que la voz dice hagamos.