Noche de muertos en La Cañada
El panteón de La Cañada recibió a familias y visitantes que permanecieron junto a las tumbas, compartiendo comida, recuerdos y veladoras.
David Álvarez
La noche del 2 de noviembre, el panteón de La Cañada estaba lleno. Desde la entrada se veía el movimiento de la gente que iba y venía con flores, cubetas y comida.
Afuera, el tianguis seguía abierto: puestos de pan, antojitos, café y flores. La luz de los focos colgados entre los árboles se mezclaba con la de las veladoras que marcaban los pasillos dentro del cementerio.
Entre las tumbas, las familias se acomodaban en círculo. Algunos llevaban sillas o cobijas, otros se sentaban sobre la tierra. Había quienes rezaban y quienes platicaban.
En varios puntos se escuchaba música grabada que salía de pequeñas bocinas. Un niño jugaba con los pétalos de flor, mientras una mujer acomodaba las fotografías sobre la tumba.
Afuera, el tianguis seguía vivo. La gente entraba y salía del panteón con bolsas y flores. Los vendedores ofrecían comida, refrescos y pan. El humo de los comales entraba al cementerio y se mezclaba con el olor de las flores.
En la oscuridad, las luces de las veladoras seguían marcando los nombres sobre las lápidas. La gente no tenía prisa por irse. Algunos se quedaron sentados, mirando hacia el suelo, sin hablar. Otros recogían lentamente sus cosas.
Así terminó la noche de muertos en La Cañada: con la mezcla de ruido, humo y silencio; con la presencia de quienes se quedaron un rato más junto a sus muertos, antes de que el amanecer los obligara a irse.



























