que garantiza el funcionamiento automático del poder"
Michael Foucault.
De pronto mi mente vuela, recuerda, asocia: ¿que no uno de esos cuerpos expuestos a la injuria pública, al desconsuelo, al ultraje, a la vergüenza, la humillación, al espectáculo del biopoder, pudo haber sido el de Roberto Bolaño, el genial escritor chileno?
La celebración reunió a 200 personas en la zona Centro Sur para la primera eucaristía abierta; esta es la tercera ocasión en que se realiza una misa en el lugar
El servicio operará del 30 de abril al 3 de mayo con rutas hacia el Parque Bicentenario; unidades funcionarán de jueves a domingo, de 11:00 a 23:00 horas.
Cuerpos que reflejan el poder, hay que verlos. Cada foto de los farderos expuestos es una historia, una historia del poder sobre ellos, y de ellos con el poder. El poder social, familiar, moral. Las expresiones de cada uno de sus cuerpos son dignas de un estudio más detenido, baste, por ahora, señalar sus actitudes que pasan por el cinismo, la pena, el desprecio, el reto, la angustia. Y ahí está el panoptismo para ejercer un exceso del poder, exceso que siempre genera su contrario, la respuesta delincuencial, al transgresor, al ente sin ética, al desposeído que se la juega para poseer, para robar, para mal quitar. Y para ser sometido al imperio de la ley, aunque la librería también la esté violando cuando exhibe a alguien que no ha sido juzgado ni condenado. Hay que tonar en cuenta que la aplicación de la ley también implica criterio, que no se trata solamente de la aplicación fría, y que en su ejercicio influyen demasiado los intereses de clase y el poder que se detente. Y ese ha sido siempre el riesgo en la relación entre el condenado y la justicia: que ésta sobrepase al crimen cometido, como lo señala Michael Foucault en Vigilar y castigar En todo caso, como en todo juicio que se respete, el fardero tiene derecho a ser escuchado, no sólo a ser objeto de escarnio, sino sujeto que tiene algo que decir. No se le puede privar de ese derecho.
El pequeño espacio de una librería viene a documentar el ejercicio del poder, callado, soterrado, pasando como algo normal, justificable, casi anecdótico. Una auténtica microfísica, porque cada espacio construye lo que somos. No hay práctica neutra o inocente. Cada acto construye la historia que nos enmarca, nos abarca, nos produce. Develarla es nuestra obligación, para pisar conscientemente el mundo, para poder desarrollar una praxis, para no sólo contemplar sino transformar la realidad.
Ya no son aquellos tiempos idílicos en que robar libros era un acto medio heroico, robinhudesco: robar a los libreros ricos, para enriquecer a los pobres ignorantes con letras sabias y placenteras. Ha habido ladrones de libros tristemente célebres como Stephen Blumberg, Duncan Jevons, el cura chileno Alfonso Escudero, y Roberto Bolaño, quien en su trabajo Entre paréntesis, publicado póstumamente, confiesa la enorme huella que le dejaron los libros robados en México.
Hay robos de libros en donde la frontera entre lo correcto y lo incorrecto parece borrarse, como en el caso de la niña de la novela La ladrona de libros, de Markus Zusak. Aquí, el amor a la literatura, hace posible el milagro romántico de que el robo sea tolerado, e incluso, en un momento dado, sea hasta una tabla de salvación, de revelación de la conciencia política y de solidaridad.
Nunca ha sido correcto considerar algún momento como digno para robar, pero, a pesar de todo, el caso de Bolaño se cuenta aparte. La realidad tiene muchas caras, y esta también existe y tiene su lado hermoso, romántico: un hombre que roba libros para bebérselos, para amarlos, cuidarlos, nutrirse, compartirlos. Bolaño es contundente: "Robar libros no es un delito"
En los tiempos actuales, Roberto Bolaño habría tenido que afinar sus técnicas para lograr robar un libro, tendría que ser demasiado hábil, ya no podría robar a ojos de todos como cuando lo hizo en la Librería de cristal, ya no podría actuar como el ladrón que nos cuenta Edgar Allan Poe en La carta robada. Su inspiración se vería truncada para narrarnos las aventuras de los ladrones de librerías de viejo que nos cuenta en "Los detectives salvajes”, o las andanzas de Arturo Belano en el cuento El gusano . Hoy, probablemente, salvo un golpe de gran sagacidad o suerte, Bolaño aparecería retratado en el cartel de la librería, tema de este texto, con algún libro de Camus entre las manos, muy serio, con sus grandes anteojos, mirando con desenfado hacia la cámara, y arriba de él el letrero de: "Fardero, sorprendido robando en la librería..."
Mas, ¿qué pasa con esos farderos? ¿van a parar a la delegación, al reclusorio? ¿salen bajo el pago de una fianza? Según parece, al ladrón se le hace pagar tres veces el precio del libro, mercancía que no se le entrega. Y le sale barato al sustractor, puesto que podría ir a parar hasta el reclusorio. Hay gente en la cárcel por robar un bolillo. ¿Con qué iba a pagar el triple Roberto Bolaño si por aquellos tiempos no tenía ni un peso en la bolsa? Ya no son las épocas de don Mauricio Achar en la librería Gandhi, cuando éste perdonaba a algunos ladrones, los ayudaba, les daba los libros robados y hasta los aconsejaba.
Alguien puede decir, "bueno, eran otros tiempos", pero es cada tiempo es otro tiempo, no hay que olvidar que cuando Mauricio Achar abrió la primera Librería Gandhi en 1971, el país se encontraba, para variar, en una grave crisis política, moral, espiritual. Pero don Mauricio no regalaba los libros a cambio de nada ni era un alcahuete de los ladrones. Alguna vez que pescaron a uno de ellos, en lugar de exhibirlo en un cartel a la entrada de la librería, lo llevó a su despacho, le dio los libros que se había robado, pero le pidió el título profesional que ampararía el atrevimiento del robo. Es un acto insólito cuyas enseñanzas aún no se han cosechado. Hoy, con la crisis brutal por la que atraviesa México en todos los aspectos, ¿no podría retomarse como ejemplo aquel acto extraordinario? Sobre todo tomando en cuenta que aquel ladrón regresó un par de años después y colocó sobre el escritorio de Achar el título universitario logrado. (Continuará).