diariodequeretaro
Locallunes, 9 de octubre de 2017

Yo no sé mañana, cuadragésimo novena entrega

Mataora, Marcelo Liberado Salinas, El lamento que salió a la calle

Redacción

Por Gabriel Vega Real

Por fin Artemisa se atrevió a tocar el rostro, primero con un dedo, luego con otro; le meneó los cachetes. No tuvo la fortaleza para tentar la cara con toda la mano. Es horrible sentir el rostro de un cadáver y más horrible si aparece así nomás, de sopetón.

El ring ring del despertador sonó insistente, pero Artemisa no lo escuchó, su cerebro zumbaba y, ni la desesperación del reloj por despertar a Cayetano ni el ruido del tren pudieron hacer que reaccionara; estaba petrificada.

Hasta que abrió la reja, Artemisa pudo hablar. Dijo que lo encontró muerto cuando oyó bufar al ferrocarril.

Nadie puede permanecer estático ante la sorpresa de amanecer con un difunto, pero algo hay que hacer cuando inicia la soledad perpetua.

Doña Artemisa Bracamontes no sabía mañana, sabía hoy que le palpó el rostro a su esposo.

Después del quejido a Artemisa se le vaciaron los pulmones por el llanto, pero el llanto quedó ahí, atorado en la puerta de la habitación de Cayetano. No salió al jardín como su primer lamento, el que dio el primer aviso.

Después, el silencio.

La campana sonó descarada. Varios jóvenes intentaron saltar para auxiliar a sus vecinos, pero alguien, con prudencia, les ordenó que no lo hicieran.

Capaz que los asaltaron y los delincuentes están adentro de la casa.

Eso estuvo bien. No hay que actuar impulsivamente por un grito.

¿Qué pasaría?

sepa.

Los vecinos, las sirvientas, el policía y el muchacho del periódico permanecieron en silencio, expectantes en espera de que se abriera la puerta, como si fuera la puerta de los sustos cuando en la plaza de toros da salida a los astados.

Silencio incómodo afuera de la casa.

Artemisa vio que los perros regresaban y se echaron a sus pies.

Más silencio.

Hasta que la voz de la mañana alertó los sentidos de Artemisa y la volvió a su espantosa realidad. Su esposo estaba muerto. Y, aunque nadie sabía que Cayetano había fallecido se podía olfatear el deceso por todos lados. Hasta que se rompió el silencio.

¡La lecheee!

El rumor de que Maryen estaba viva recrudeció. Marcelo Liberado estaba convertido en el magnate de las letras, durante mi sueño tuve una sacudida hípnica. Al despertar vi la tierra destrozada y buzos y tritones en las calles queretanas.

Continuará...

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