CLIMA, SUELO Y CRISIS PRODUCTIVA EN CONDICIONES FRÁGILES
“La mayor parte de la siembra es temporal… hemos tenido hasta 10 o 12 días que no llueve y eso pega significativamente a la producción”, explica.
APOYOS QUE NO ALCANZAN Y DESINTERÉS DE JÓVENES
CRISIS ESTRUCTURAL Y DEBILITAMIENTO INSTITUCIONAL
Comunidades que antes giraban en torno a la producción agrícola enfrentan ahora abandono, migración y precariedad. La pérdida no es solo productiva, sino social y cultural.
“Mientras el maíz siga siendo un cultivo de pérdida y no de vida, Chiapas seguirá desangrándose”, advierte Bertoni Unda.
ARDUA PRESIÓN DEL MERCADO GLOBALIZADO
CRISIS SOCIAL EN EL CAMPO
CAMBIO CLIMÁTICO Y ALTA VULNERABILIDAD
“Los cambios climáticos asociados a exceso de sequía o de lluvias, presencia de canícula o heladas que no son comunes, afectan la producción del maíz”, señaló.
“Muchas veces se adicionan fertilizantes… pensando o copiando estilos de producción… y no siempre se requieren”, dijo.
“No hay un técnico o un agrónomo acompañando al campesino… entonces hay una ruptura”, afirmó, al referirse a la desconexión entre el conocimiento tradicional y el conocimiento científico.
“Siempre hemos sido de los estados que se encuentran en los primeros 10 lugares de producción de maíz… octavo”, puntualizó.
REGIONES QUE QUEDARON FUERA DEL MAPA
También destacó la importancia de preservar la diversidad genética del maíz a través del intercambio de semillas, una práctica fundamental que hoy enfrenta riesgos ante el abandono del campo.
“Ya existen estudios… en donde casi en una gran superficie del país ya están presentes estos transgenes”, señaló.
RIESGOS DEL TRANSGÉNICO Y PÉRDIDA CULTURAL
“Tenemos la identidad construida en nuestros maíces locales”, sostuvo.
Ednita Montoya Guerrero, señaló que Petrona N, liberada tras un caso de legítima defensa, enfrenta riesgos al regresar a su comunidad indígena en Tenejapa
La asociación civil señala que 19 organizaciones trabajan en conjunto para implementar soluciones de agua y saneamiento en 42 municipios, beneficiando a 600 mil personas y escuelas rurales
En las comunidades rurales, la migración y la diversificación laboral han reducido la disponibilidad de mano de obra, debilitando la continuidad de la producción / Cortesía: Nacir Vázquez Chacón / Agricultor en Villaflores
Chiapas dejó de sembrar más de 650 mil hectáreas de maíz en tres décadas. De 850 mil hectáreas cultivadas que tenía, hoy apenas sobreviven cerca de 200 mil. La caída, equivalente al 76 por ciento de la superficie, marca el colapso de una actividad que por generaciones sostuvo la economía rural en al menos 16 municipios que hoy han dejado de figurar como zonas productoras.
El deterioro no es una percepción aislada, sino una tendencia documentada en regiones como la Frailesca, Valle Central y Norte del estado, donde municipios como Villaflores, Villacorzo, El Parral, Ángel Albino Corzo, Montecristo de Guerrero, Jiquipilas, Cintalapa, Ocozocoautla de Espinosa, Pichucalco, Ixtacomitán, Juárez, Ostuacán, Reforma, Berriozábal, San Fernando y Rayón han reducido drásticamente su capacidad productiva. En estos territorios, la milpa —base alimentaria y cultural— ha sido sustituida por potreros, urbanización o abandono.
Carlos Enrique Bertoni Unda, fundador de la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), resume el problema en una ecuación que no cierra para los productores. “No es rentable ese precio y ya no hay economía rentable en el campo”, afirma al referirse al pago actual del maíz, que ronda en 7 mil a 7 mil 200 pesos por tonelada. El dato contrasta con los costos de producción, que en Chiapas se ubican entre 12 mil y 15 mil pesos por hectárea.
Con rendimientos promedio de 2.5 a 3 toneladas por hectárea en temporal, el ingreso bruto apenas alcanza entre 17 mil y 21 mil pesos, lo que deja márgenes mínimos o pérdidas directas. “Estamos hablando de que por cada hectárea sembrada, el campesino termina perdiendo dinero si no cuenta con subsidios directos”, explica Bertoni Unda.
La crisis no solo es económica. En el campo, el deterioro del suelo, la falta de riego y el cambio climático han reducido la productividad. Sequías de hasta 10 o 12 días en temporada de lluvias impactan directamente en el rendimiento. A esto se suma el cambio de uso de suelo. “Suelos que eran fértiles para la producción de maíz son ahora desérticos”, advierte.
En paralelo, la expansión urbana ha absorbido zonas agrícolas. Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de Las Casas concentran gran presión demográfica, alimentada por la migración rural. Familias que antes dependían del maíz ahora sobreviven en periferias urbanas, lejos de la actividad agrícola.
El fenómeno también alcanza a quienes siguen produciendo. En Villaflores, uno de los pocos municipios que aún mantiene niveles importantes de cosecha, el panorama es contradictorio. Nacir Vázquez Chacón, agricultor de la zona, explica que la producción continúa, pero bajo condiciones cada vez más frágiles.
“Aquí en Villaflores se sigue produciendo el maíz… la mayor parte de la gente se dedica a esta actividad”, señala. En su caso, logró cosechar cerca de 20 toneladas este año, frente a 14 o 15 en ciclos anteriores, debido a que amplió su superficie de siembra. Sin embargo, advierte que la dependencia de la lluvia limita cualquier estabilidad.
Con rendimientos promedio de 2.5 a 3 toneladas por hectárea en temporal, el ingreso bruto apenas alcanza entre 17 mil y 21 mil pesos / Cortesía: Nacir Vázquez Chacón/Agricultor en Villaflores
A pesar de ello, el productor reconoce que el precio de garantía ha permitido sostener parcialmente la actividad. “Hoy en día la tonelada se compra a 7 mil 200 pesos… eso es un buen aliciente”, menciona. Con rendimientos de 5 a 6 toneladas por hectárea, calcula ingresos de alrededor de 32 mil pesos, frente a gastos que oscilan entre 20 mil y 25 mil pesos por hectárea.
La rentabilidad, sin embargo, sigue siendo limitada. Los apoyos gubernamentales, como fertilizantes o transferencias anuales, apenas cubren entre 25 y 30 por ciento de los costos. “Es un apoyo… pero no alcanza”, admite.
Más allá de los números, el problema estructural es la falta de mano de obra y el relevo generacional. “Muy pocos jóvenes se dedican al campo… la mayoría ya se va a otra actividad”, señala el agricultor. La migración es ya una constante: campesinos chiapanecos abandonan sus tierras para trabajar en el norte del país o en Estados Unidos. “Estamos dejando de producir en nuestro estado para producir en otro lado, es un poco contradictorio”, reconoce.
En otras regiones, la transformación del campo ha sido más radical. Productores han sustituido la milpa por ganadería, convirtiendo parcelas en potreros ante la falta de rentabilidad del maíz. Este cambio ha contribuido a la reducción de la superficie cultivada y al debilitamiento de la economía agrícola.
A ello se suma la inseguridad. En municipios como Cintalapa y Ocozocoautla, productores denuncian robo de cosechas, mientras que en la zona Norte, conflictos agrarios y presión para vender tierras han derivado en abandono forzado de parcelas.
El debilitamiento institucional también es parte del diagnóstico. Bertoni Unda señala la desaparición de esquemas colectivos de organización campesina y la reducción de programas productivos. “Las organizaciones sociales han sido desbaratadas… con la intención de centralizar el poder”, afirma.
En este contexto, el sistema agrícola opera sin coordinación efectiva, con apoyos dispersos y sin planeación integral. El resultado es una pérdida sostenida de soberanía alimentaria: Chiapas, que antes era autosuficiente en maíz, depende ahora de otras entidades para abastecerse.
En campo, el deterioro del suelo, la falta de riego y el cambio climático han reducido la productividad / Thiaré García/El Heraldo de Chiapas
La crisis se profundiza con factores adicionales como plagas, falta de financiamiento y cambio climático. Mientras tanto, cultivos alternativos como café o frutales no logran compensar la caída del maíz en términos de volumen ni impacto económico.
Desde el análisis académico, la investigadora Gabriela Palacios Pola, de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), advierte que la crisis no responde a un solo factor, sino a un cúmulo de condiciones que han erosionado la viabilidad del cultivo.
En términos económicos, el problema parte de una desventaja estructural para los pequeños productores, que compiten en condiciones desiguales frente a los mercados globales. La apertura comercial y la disponibilidad de maíz importado han modificado las dinámicas de compra, desplazando la producción local a un segundo plano en la cadena agroalimentaria.
Este fenómeno no se limita al comercio, sino que se extiende a la industria alimentaria, donde el maíz local pierde terreno frente a insumos más estandarizados / Thiaré García/El Heraldo de Chiapas
“Las ventas de los pequeños productores no están siendo favorecidas porque hay un mercado muy competitivo, que es el mercado de los maíces importados”, dijo la investigadora, al señalar que esta situación impacta directo a la rentabilidad del cultivo.
El fenómeno tampoco se limita al comercio y se extiende a la industria alimentaria, donde el maíz local pierde terreno frente a insumos más estandarizados. “Las harineras prefieren maíces importados sobre los tradicionales o locales”, precisó.
A la par de esta presión económica, el campo chiapaneco enfrenta una crisis social que redefine su estructura. La población campesina envejece sin que exista un relevo generacional claro, mientras las nuevas generaciones se alejan de la actividad agrícola.
En las comunidades rurales, la migración y la diversificación laboral han reducido la disponibilidad de mano de obra, debilitando la continuidad de la producción. La investigadora lo resume como un proceso silencioso pero constante: “Actualmente estos jornaleros, agricultores o campesinos están envejeciendo”.
El precio por tonelada es de 7 mil, el productor reconoce que el precio de garantía ha permitido sostener parcialmente la actividad. / Thiaré García/El Heraldo de Chiapas
Este cambio demográfico tiene consecuencias directas en la producción. Las parcelas permanecen, pero cada vez con menos manos que trabajen. “Los jóvenes tienen otras áreas de interés, desafortunadamente… que no siempre es el campo”, añadió, al advertir que el desinterés por la agricultura es una problemática urgente.
La crisis social, explicó, no es secundaria, sino parte central del problema. La pérdida de interés por la siembra, el cultivo y la cosecha está debilitando la base productiva del estado, generando un efecto acumulativo que impacta en toda la cadena agrícola.
En paralelo, el entorno ambiental se ha vuelto cada vez más adverso. La variabilidad climática ha alterado los ciclos agrícolas tradicionales, afectando directamente los rendimientos. Sequías prolongadas, lluvias irregulares y fenómenos atípicos han dejado de ser excepciones para convertirse en constantes.
En un contexto donde la mayoría de los cultivos dependen del temporal, la falta de infraestructura de riego incrementa la vulnerabilidad. Cada ciclo agrícola queda sujeto a condiciones climáticas impredecibles, lo que genera incertidumbre entre los productores.
La consecuencia es visible en el ánimo del campo. La pérdida de cosechas o la reducción de rendimientos provoca un desgaste económico y emocional que desincentiva continuar la actividad. La producción deja de ser una apuesta segura y se convierte en riesgo.
Chiapas dejó de sembrar más de 650 mil hectáreas de maíz en tres décadas. De 850 mil hectáreas cultivadas, hoy apenas sobreviven cerca de 200 mil / Thiaré García/El Heraldo de Chiapas
A estos factores se suma el deterioro de suelos, resultado de prácticas agrícolas que sin acompañamiento técnico, han terminado por afectar la fertilidad de la tierra. El uso indiscriminado de agroquímicos ha creado un desgaste progresivo que compromete la productividad a mediano y largo plazo.
“Hay suelos que han sido históricamente dañados por exceso de agroquímicos”, explicó la investigadora, al señalar que la falta de análisis técnicos ha llevado a aplicar fertilizantes sin conocimiento de las necesidades reales del suelo. Esto ha provocado que insumos diseñados para mejorar la producción terminen generando efectos contrarios.
El problema se agrava en zonas donde el manejo del suelo es inadecuado, particularmente en laderas o terrenos con pendientes. La introducción de monocultivos en estas áreas favorece la erosión y la pérdida de materia orgánica, debilitando la capacidad productiva.
Los apoyos gubernamentales, como fertilizantes o transferencias anuales, apenas cubren entre 25 y 30 por ciento de los costos. / Thiaré García/El Heraldo de Chiapas
A ello se suma una carencia estructural: la falta de asistencia técnica. La ausencia de acompañamiento por parte de especialistas limita la posibilidad de mejorar prácticas y adaptar los cultivos a nuevas condiciones.
Pese a este panorama, Chiapas mantiene una presencia relevante en la producción nacional. Aunque con altibajos, el estado continúa dentro de los primeros diez lugares, lo que refleja que la actividad no ha desaparecido, pero sí se encuentra en una fase de debilitamiento.
Sin embargo, la salida de al menos 16 municipios del mapa productivo evidencian que la crisis ya tiene efectos territoriales concretos, transformando regiones que históricamente fueron consideradas graneros.
Frente a este escenario, la investigadora plantea alternativas que no solo dependen de políticas públicas, sino también de la participación social. El fortalecimiento del consumo local aparece como una de las vías inmediatas para sostener la producción.
El impulso a mercados locales, la compra directa a productores y la valorización del maíz nativo pueden generar un impacto en la economía rural, al mantener activa la demanda.
Productores han sustituido la milpa por ganadería, convirtiendo parcelas en potreros ante la falta de rentabilidad del maíz / Thiaré García/El Heraldo de Chiapas
En este punto, la presencia de maíces transgénicos añade un elemento de tensión. La investigadora advierte que su expansión ya ha sido documentada en distintas regiones del país, lo que plantea desafíos para la conservación de variedades nativas.
Debido a la forma de reproducción del maíz, el riesgo de contaminación genética es latente, especialmente en zonas donde coexisten distintos tipos de cultivo. La pérdida de semillas locales no solo implica un cambio productivo, sino una afectación directa a la identidad cultural.
El maíz en Chiapas no es únicamente un cultivo, sino un elemento central de su cultura alimentaria. Sus características determinan la calidad de productos tradicionales como la tortilla y el pozol. “Son los que le dan los atributos a una buena tortilla… a un buen pozol”, explicó.
En este contexto, la crisis del maíz no solo se mide en toneladas o hectáreas, sino en la transformación de un sistema agrícola que por generaciones sostuvo a comunidades enteras. La pérdida de producción, la degradación del suelo y el abandono del campo configuran un escenario donde el futuro del maíz en Chiapas se vuelve incierto, mientras las soluciones requieren una intervención integral que articule economía, conocimiento técnico, cultura y territorio.