Especialista advierte que la exposición continua a dispositivos electrónicos impacta la atención, la conducta y eleva riesgos de trastornos emocionales desde edades tempranas, llegando incluso a causar bulimia o anorexia
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Dentro del tema interesante de los trenes eléctricos urbanos de Chihuahua, se recogieron de su tiempo, algunas anécdotas de usuarios que lo utilizaron, está en primer fila a doña Mercedes que, siempre pedía que bajaran las cortinas de pantasote, incluso cuando el sol no hería; no lo hacía por el clima, sino para no ver cómo su amada Chihuahua se desmoronaba bajo el estruendo de los cañones villistas; sentada en el asiento Winner, con su espalda recta como una lanza de mármol, doña Mercedes sentía que el tranvía era el último fragmento de la “Belle Époque” que le quedaba, mientras el coche subía hacia el Santuario de Guadalupe, ella acariciaba el barniz de los postes de madera, temiendo que, si soltaba el pasamanos, caería al abismo de un México que ya no la reconocía. El tranvía era su cápsula del tiempo, un carruaje eléctrico que se empeñaba en seguir siendo elegante mientras las fachadas de la calle Libertad, se llenaban de agujeros de bala. Para ella, el fin del servicio en 1922, no fue una quiebra financiera, fue el portazo final de su propia existencia.
El tranvía era su cápsula del tiempo, un carruaje eléctrico que se empeñaba en seguir siendo elegante mientras las fachadas de la calle Libertad, se llenaban de agujeros de bala. Para ella, el fin del servicio en 1922, no fue una quiebra financiera, fue el portazo final de su propia existencia / .Foto: APCUCh
Un “Dorado” de Villa sin nombre, bajó del caballo y subió al riel. Traía el fango de la batalla de Celaya pegado a las botas y el olor a pólvora quemada en los pulmones, aquel soldado, revolucionario pagó sus diez centavos y se sentó en un carro abierto, dejando que el aire de la canícula le golpeara la cara. Por un momento, el peso del fusil sobre sus piernas se volvió liviano, el traqueteo rítmico del acero contra el acero, era una melodía de paz que le recordaba la cuna de su madre. Miró las torres de la Catedral recortadas contra el azul cobalto de la tarde y, por primera vez en años, no buscó un enemigo entre las azoteas, pues, el tranvía le regaló quince minutos de civilidad, un paréntesis de orden en medio del caos de la sangre. Al bajar en la estación del Central (hoy el conservatorio de música), suspiró: “Si todo el mundo anduviera sobre rieles, quizá no tendríamos que matarnos por un pedazo de tierra”.
Era don Primitivo, el motorista que entregó las llaves en 1922, ya que, la noche en que la Compañía Eléctrica y de Ferrocarriles de Chihuahua apagó los motores, don Primitivo, no quiso irse a casa, se quedó en los talleres, caminando entre los 24 coches silenciosos que ahora parecían ballenas encalladas en un mar de sombra. Con un trapo viejo, pulió por última vez el latón del freno, sentía que los carros le hablaban, que cada uno guardaba el eco de una risa, el rastro de un perfume, o el secreto de una confesión: “Ya no hay corriente, muchachos”, les susurró a los vagones, y su voz sonó como un cristal rompiéndose, al salir, cerró el pesado portón, y el silencio que siguió, fue más aterrador que el trueno. Primitivo sabía que, a partir de mañana, la ciudad sería más rápida con sus camiones de humo negro, pero también más huérfana. Se fue caminando por la vía, poniendo un pie delante del otro sobre el acero frío, como si intentara que sus propios pasos fueran el último “Zin-Ting” de un Chihuahua que se dormía para siempre.
Un político de la era porfirista, don Epigmenio, se ajustó los quevedos y miró a través del cristal del tranvía, mientras cruzaba la Plaza de Armas, para él, ese coche eléctrico no era un transporte, era un estandarte: “Estamos en París, señor secretario”, decía, ignorando que el polvo del desierto seguía golpeando los ventanales, pero el dramatismo habitaba en su pecho, sentía que los rieles eran lo único que mantenía unida a una sociedad a punto de estallar; cada vez que el tranvía pasaba frente al Palacio de Gobierno, don Epigmenio apretaba su maletín de cuero, temiendo que el “Zin-Ting” fuera silenciado por un grito de guerra; su viaje, era el de un hombre que viaja en un barco de cristal sobre un mar de pólvora, sabía que la modernidad era un barniz fino, y que, si el tranvía se detenía, el viejo México de los caudillos lo devoraría, para él, el recorrido era una oración desesperada por la permanencia. Por otro lado, estaba el caso de doña Jacinta, una lavandera que bajaba desde el río Chuvíscar. Para doña Jacinta, el tranvía era un respiro de terciopelo en una vida de piedra y jabón; subía en la Ruta de los Santuarios, cargando un fardo de ropa ajena que pesaba más que sus propios pecados; el contraste era un golpe al corazón, ella, con las manos agrietadas por la lejía, sentada en la madera de cerezo pulida, por la que pagaba con sus últimos centavos. El dramatismo de su viaje, residía en la brevedad del alivio, mientras el coche se deslizaba suavemente hacia el centro, doña Jacinta, cerraba los ojos y fingía que era una dama de la Quinta Gameros. Pero al llegar a su parada, el “Zin-Ting”, sonaba como un látigo que la devolvía a la realidad. Bajaba del estribo sabiendo que el acero del tranvía era frío, igual que la indiferencia de quienes le entregaban sus sábanas sucias para que, ella le devolviera blancura a cambio de migajas.
Un comerciante judío-libanés recién llegado, don Salomón recorría la Ruta de las Estaciones con la mirada fija en las vitrinas de la calle Libertad, para él, el tranvía era el termómetro de su fortuna, si el coche iba lleno, su tienda tendría clientes, si el traqueteo era solitario, el hambre rondaría su puerta. El drama de don Salomón era el de la integración, hablaba un español tropezado, pero entendía perfectamente el lenguaje del progreso. En cada curva, temía que un descarrilamiento técnico fuera el presagio de su propia quiebra. “Este rayo que nos lleva es caprichoso”, pensaba mientras acariciaba las muestras de tela que traía desde la estación del Central. El tranvía era su única conexión con el mundo que había dejado atrás, un puente de hierro que lo llevaba de la esperanza al miedo en cada parada, recordándole que, en Chihuahua, como en los rieles, uno siempre está a merced de una corriente que no puede ver.
Un niño vendedor de periódicos (canillita), el Chato, de diez años, el tranvía no tenía paredes, Él era un fantasma que saltaba sobre el estribo en movimiento, desafiando a la muerte y al conductor por igual. “¡Extra, extra! ¡Madero se levanta en armas!”, gritaba con una voz que se quebraba por el polvo. Su dramatismo era el de la supervivencia pura, el tranvía era su escenario y su campo de batalla, si no lograba vender suficientes ejemplares antes de que el carro llegara a la avenida Ocampo, esa noche no habría café ni pan en su choza de Nombre de Dios. Se colgaba de las barras de bronce con una mano, mientras con la otra agitaba la verdad impresa. Alguna vez, un soldado intentó bajarlo a culatazos, y El Chato, con una lágrima de rabia, saltó al vacío solo para volver a subir en el siguiente coche. Para él, el tranvía era un animal salvaje que debía jinetear cada día para no ser devorado por la miseria. El jefe de talleres del depósito en 1922, el maestro Aurelio fue el hombre que escuchó el último suspiro del sistema; en las semanas finales de 1922, el drama no estaba en las calles, sino en la penumbra del depósito. Aurelio acariciaba los motores de 40 caballos como si fueran perros moribundos, sabía que la falta de aceite y de piezas no era culpa de la técnica, sino de una ciudad que se había cansado de soñar en eléctrico.
“Rieles de luz y olvido: ascenso, gloria y misteriosa caída del Tranvía Eléctrico en la Capital (1908-1922)”, forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua. Si desea la colección de libros “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua”, tomos del I al XIII adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111) o al WhatsApp 614-148-85-03 y con gusto los llevamos a domicilio.