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Localmartes, 18 de noviembre de 2025

La historia detrás de Samalayuca, donde el desierto guarda su memoria

Desde su origen, Samalayuca fue un abrevadero en el desierto, fundamental para quienes se atrevían a cruzar el desierto y fue un punto geográfico importante para pueblos antiguos

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Salvador Miranda

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El historiador local Javier Meléndez Cardona explica que, aunque existe la versión alternativa de que el nombre se relacione con la abundancia de plantas conocidas como yucas, “la raíz náhuatl es la más acertada”.

Independientemente de su origen exacto, afirma, Samalayuca es “uno de los nombres más bellos, fonética y gráficamente, entre los pueblos de Chihuahua”.

Un territorio habitado desde hace siglos

Estas representaciones rupestres, talladas entre los años 900 y 1300 d. C., muestran figuras humanoides, animales, símbolos rituales y posibles alusiones al dios Tláloc.

Gómez Tuena sostiene que Samalayuca no fue un asentamiento permanente, sino un lugar ceremonial y un punto clave de abrevadero, dada la dureza del desierto.

Meléndez Cardona añade que los Mogollón se establecían “cómodamente” en las riberas de los ríos, y que visitaban la zona para rituales, cacería y ofrendas. Sus petroglifos, dispersos a lo largo de la sierra, registran su vínculo con los manantiales y las dunas.

Una de las representaciones más intrigantes, señalan los investigadores, podría corresponder al primer registro indígena de la presencia española, según la tesis de José Guillermo Dowell Sánchez, titulada Arte rupestre en la sierra de Samalayuca.

El paso de Juan de Oñate y el enigma del Ojo de la Casa

“A tres leguas del comienzo de las dunas de arena. Allí permanecimos hasta el 19 de abril porque desde los últimos aguajes carecíamos de suficiente agua para la boyada y ganado… En ese lugar sepultamos un muchacho indio”.

González Domínguez argumenta que, de todos los manantiales de la zona, solo el Ojo de la Casa tendría la capacidad de abastecer a las 660 personas y 7,000 cabezas de ganado que acompañaban a Oñate; ni los ojos de Enmedio ni de la Punta habrían ofrecido suficiente agua en aquella fecha.

Los manantiales también eran punto de encuentro para los indios sumas, habitantes originarios de la región, y para los apaches, que se desplazaban entre ríos utilizando Samalayuca como abrevadero esencial.

Rebeliones y tensiones en el siglo XVIII

Tras la llegada de los españoles, Samalayuca continuó utilizándose de manera temporal por grupos indígenas, especialmente los apaches; los manantiales se encontraban en un corredor estratégico entre el río Casas Grandes, la Laguna de Guzmán y el río Bravo.

Los sumas, habitantes previos a la aparición de los apaches, participaron en la rebelión del 10 de agosto de 1680, levantamiento que buscó expulsar a los españoles desde Kansas hasta Durango.

En ese contexto, martirizaron al fraile encargado de la iglesia de San Francisco de los Janos y Sumas, hecho que lo convirtió, según el historiador Felipe Talavera García, en “el primer mártir del Ojo de Samalayuca”. Un plano de Mier y Pacheco, fechado en 1758, confirma la presencia documentada de los ojos de Samalayuca durante la época colonial.

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En 1764, el ingeniero militar Nicolás Lafora recorrió los presidios del norte de la Nueva España y dejó constancia de los peligros de aproximarse a los manantiales: los calificó como lugares frecuentados por “enemigos”, refiriéndose a los grupos indígenas que, ocultos entre la vegetación, podían acechar a viajeros.

Un territorio que narra su historia

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