Mi gusto es…(O la otra mirada) / De dominadas (sin 8M) a las que dominaron
En aquellos años, cuando el balón aún no sabía que también podía obedecer a los pies de una mujer, en los barrios y en uno que otro estadio con cancha de tierra, podrías encontrarte ciertas rebeldías silenciosas.
No se organizaban marchas ni se redactaban manifiestos; bastaba con un balón de cuero medio desinflado, muy pesado si es que se mojaba en un charco o con la lluvia, y una banqueta que hiciera las veces de tribuna popular.
Ahí estaban ellas echando raíces.
La Chely y la Anaís, hija del Memo.
Por recordar algunas.
Y otras tantas, cuyos nombres esas calles de por ahí recuerdan mejor que las hemerotecas. Ellas jugaban cuando el balompié femenino no era tendencia, ni política pública, ni campaña promocional rumbo a ningún mundial.
Es un ejercicio de paciencia, equilibrio y coordinación que muestra dos virtudes fundamentales: control y perseverancia.
Virtudes que, por cierto, suelen escasear en ciertos espacios donde el balón no aparece, pero el poder sí.
Aunque en esos lugares, curiosamente, abundan los especialistas en patear el balón… cuando ya está fuera de la cancha.
Pero volvamos al llano para no quedar en fuera de lugar u offside, aunque no haya VAR.
Porque en ciertas canchas públicas el VAR tampoco existe, pero las faltas se siguen marcando… dependiendo de quién las cometa.
Las muchachas del barrio podían encadenar diez, veinte, treinta dominadas sin que el balón tocara el suelo. Y aunque nadie lo dijo entonces —porque el barrio no acostumbra teorizar sobre sus propias metáforas— lo que hacían era algo más que un ejercicio deportivo.
El barrio prefiere jugar primero y teorizar después, costumbre que a veces produce mejores resultados que el método inverso.
Pero no había manifiestos, ni consignas, ni pancartas. Tampoco existía la expectativa de que cada partido fuera acompañado por un debate académico sobre igualdad de oportunidades.
En el caso de la Chely o la Anaís, y tantas más que vi, ellas llegaban, amarraban las agujetas y jugaban, hasta que, con el paso de los años, el fútbol femenino dejó de ser rareza para convertirse en presencia.
Nada de eso surgió por generación espontánea.
Entre una dominada y otra, aquellas muchachas del barrio habían estado haciendo algo bastante más importante que patear un balón: estaban acostumbrando al mundo a verlas jugar.
Con el tiempo, muchas más mujeres comenzaron a jugar.
Lo verdaderamente interesante es que el barrio, que suele tener memoria selectiva, pocas veces reconoce que esa normalidad fue posible gracias a aquellas primeras jugadoras que nunca pidieron autorización para cascarear durante horas frente a su casa, hasta que oscureciera.
Tal vez porque intuían que, si la pedían, aparecería de inmediato algún reglamento recién inventado para explicar por qué no.
Fueron las que dominaban el balón cuando todavía había quien creía que lo correcto era dominarlas a ellas. Y es aquí donde la evocación adquiere cierta utilidad pedagógica.
Pero nunca se jactaron de que sabían todo ni desplazaron a otras generaciones acusándolas de todo y sintiéndose superiores.
Algo parecido a dominar el uniforme completo… sin haber tocado nunca el balón.
Las mujeres de antaño han cumplido y creo que ya no hay vuelta atrás, pero si se quiere tener una mejor competitividad en el terreno profesional obliga a garantizarles mejores condiciones de trabajo y un entorno libre de violencia.
En el estudio “Informe de resultados: Tarjeta roja a la violencia de género”, publicado por el PNUD en julio de 2025, se advierte al respecto:
Tal vez por eso en el barrio primero se aprende a dominar el balón y luego se presume la jugada. En otras canchas ocurre al revés: primero se presume… y después se descubre que nadie sabía jugar.
Pero al final, el barrio dejó una lección bastante clara: dominar un balón requiere práctica.
Dominar a otros, en cambio, parece que a veces solo requiere un nombramiento.















