Análisismiércoles, 10 de enero de 2024
Narrativas del ser | México: en camino al 2024
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Dos noches históricas, dos visiones de nación, dos movimientos esperanzadores, dos eventos políticos y electorales han definido el rumbo de nuestra nación en el siglo XXI. El primer acontecimiento ocurrió el 2 de julio del año 2000, el candidato a la Presidencia del partido opositor por antonomasia en el país (PAN), Vicente Fox, fue elegido pacíficamente en las urnas como presidente de México. El partido hegemónico fundado en el año de 1929 perdió, por primera vez en su historia, la Presidencia de la República y la mayoría en el Poder Legislativo. El segundo hecho histórico lo vivimos el 1 de julio de 2018 cuando Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena, arrasaron en las urnas obteniendo la mayoría en todos los niveles del poder político. Lo impresionante y desconcertante para muchos fue que el movimiento encabezado por AMLO se autodenominó la cuarta transformación. La transformación prometió un cambio de paradigma en la forma de gobernar el país. Con un discurso nacionalista y polarizante que evoca a los valores de la revolución, el líder político más polémico en los últimos 30 años alcanzó a consolidarse en el poder con un partido similar al Revolucionario Institucional del siglo pasado. Una de las líneas discursivas que presentó López Obrador y que lo llevaron a la cima fue echar para atrás lo que la transición democrática había conseguido en aquello que Andrés Manuel denominó neoliberalismo. La oposición, que había prometido una transición democrática e institucional exitosa y que trabajó en ella por más de 18 años, se vio derrotada por un personaje de antaño que proponía cambiar todos los logros de los gobiernos anteriores. ¿Qué sucedió para que la “supuesta” modernización del país fuera detestada y castigada por la mayoría del pueblo mexicano y para que algunos mexicanos hayan confiado de nuevo en un partido centralista y hegemónico? En este ensayo, querido lector, trataré de hacer un análisis histórico de lo que ha enfrentado el país en el nuevo siglo para comprender qué es lo que realmente está en juego en las elecciones presidenciales de este año. Sin más preámbulo me adentró en el contexto de nuestra incipiente democracia.
El PRI vivió por 7 décadas un proceso de modernización y descentralización que terminó, a través de eventos trágicos y violentos como el asesinato del candidato Luis Donaldo Colosio y la crisis económica de 1994, en la pérdida de su poder absoluto. Los arquitectos de la transición democrática trabajaron gradualmente en la posibilidad de constituir en México, una democracia moderna y liberal. El proceso fue doloroso y empezó en 1977 con ciertas reformas electorales orquestadas desde el Poder Legislativo. Era insostenible el control autoritario de un partido que de 1960 a 1975 tocó fondo con gobiernos negligentes, hostiles y totalitarios. Los actores políticos que coordinaron la modernización del país estaban convencidos de que la época postrevolucionaria y el orden político tradicional habían llegado a su fin. La nueva etapa de la nación se llevaría a cabo a través de: la pluralidad política (PAN, PRD; Morena, etc.); la desmantelización del poder estatal con la creación de organismos autónomos civiles (IFE, INAI, CNDH, Banxico, etc.); la apertura económica del país con el modelo neoliberal y con tratados comerciales internacionales (TLC); y la privatización de ciertas industrias (Telmex). En pocas palabras, se prepararon una serie de reformas de tinte liberal para llevar a este país a una nueva etapa histórica que nos traería el progreso indiscutible en lo social, en lo político y en lo económico.
Los resultados de este meticuloso y turbulento plan no fueron los esperados. Las grandes urbes de la nación y sus empresarios sí alcanzaron niveles insospechados de derrama económica, pero las zonas marginales, que son la mayoría del país, no lograron beneficiarse del todo por una mala distribución de riqueza. La desigualdad social y los índices de pobreza se mantuvieron en niveles inaceptables. A pesar de ese fracaso del plan reformador en materia de igualdad existieron triunfos relevantes para los más desfavorecidos, nacieron mayores oportunidades de empleo en las ciudades, los sistemas de salud y educación mejoraron, además, algunas instituciones autónomas importantes fueron creadas para velar y pelear por los derechos de todos. En materia económica el país alcanzó progresos ineludibles en este periodo, el PIB creció, la inversión también, se controlaron los niveles de inflación, no existieron grandes devaluaciones, se superaron crisis económicas mundiales etc., el gran problema fue que la distribución de la riqueza no se dio para todo el pueblo mexicano, lo que generó una decepción en un gran sector de la población que había creído en el proceso de transición del país.
Las dos gotas que derramaron los vasos e hicieron que gran parte del pueblo eligiera a Andrés Manuel fueron la corrupción y la inseguridad. Los gobiernos reformistas y modernizadores mantuvieron las prácticas de una burocracia cínica y ratera, la diferencia es que con los avances en libertad de prensa y en las redes sociales, los políticos de altos niveles fueron expuestos con mayor facilidad ante los ciudadanos, ejemplos sobran: Genaro García Luna, Emilio Lozoya, entre otros. En materia de seguridad, la descentralización del poder del Estado que generaron los institutos autónomos civiles y que lograron muchos beneficios, también complicaron la gobernabilidad y el crimen organizado creció al ocupar los vacíos de poder creando nuevos caciquismos en zonas rurales. La guerra contra el narcotráfico no logró pacificar al país, los homicidios aumentaron, los cárteles perfeccionaron sus técnicas y se convirtieron en sanguinarios fuera de control. Por estas razones la gente vio en Morena otra visión de gobierno para el país que en 6 años no ha podido estabilizar a esta trágica y violenta nación.
La visión esperanzadora de López Obrador y su partido propone una alternativa de transformación a la nación cimentada en distintos valores que, en teoría, también buscan una modernización del país. Algunos pilares de este proyecto de nación son opuestos a los de los reformadores. El proyecto transformador se fundamenta en principios anteriores a los de los reformadores, formas que se habían extinguido con los logros de la transición democrática. El Gobierno actual, que busca la continuidad con Claudia Sheinbaum, decidió politizar las instituciones autónomas y civiles con la finalidad de que el estado obtuviera mayor poder, ellos piensan que aumentando el poder de las instituciones gubernamentales tendrán mayor capacidad de gobernabilidad y podrán combatir con mayor facilidad los problemas de la ciudadanía. La creación de la Guardia Nacional y la militarización de las fuerzas policiales son la demostración de esta estrategia que hasta ahora ha fallado rotundamente. En materia económica se posicionó en primer lugar, en el discurso público y en las políticas públicas, a las zonas marginadas del país, decepcionadas por los reformadores. Las ayudas directas y la repartición de efectivo con el Banco del Bienestar fueron las medidas que tomó el obradorismo para intentar satisfacer a una población frustrada por no ver un desarrollo palpable en 18 años. El engaño a este sector de la población ha estado en que, a pesar de que se les entrega dinero de forma directa, la salud pública y la educación en esas zonas se han estancado y han empeorado. La falta de medicamentos, la deserción escolar y otro sinfín de problemas complejos se han agravado, en gran parte por el desprecio irracional del presidente a los políticos tecnócratas que fomentaban políticas públicas estratégicas.
El último fundamento de la visión transformadora del país que se opone por completo a la reformadora (encabezada ahora por el Frente Amplio por México) es que, en vez de civilizar los proyectos y las instituciones, los de Morena buscan militarizarlos con la finalidad de hacerlos rápido y con mayor eficiencia. El problema de depender tanto del Ejército en vez de buscar seguir incitando a la participación civil en la construcción de la nación es que históricamente, en todo el mundo, es un riesgo empoderar a los militares e involucrarlos en políticas públicas porque pueden llevarnos a dictaduras. De hecho, gran parte de la lucha que vivió México a principios del siglo XX fue por terminar con los gobiernos militares al generar personajes civiles involucrados en la política, no fue hasta el presidente Miguel Alemán que se logró esa dolorosa y sanguinaria transición.
Algunos triunfos de la visión transformadora en el país han sido: recuperar la sensibilidad de los marginados del país en el discurso público poniendo el problema de la pobreza en primer lugar; señalar errores de los reformadores en su proyecto de nación y concientizar, a la mala, a los altos empresarios de la importancia de buscar el bien del pueblo y no sólo el interés personal; una intensa disciplina fiscal, intentar crear una institución capacitada y centralizada para combatir el crimen organizado —que hasta ahora ha fracasado—; fomentar la identidad nacional a través de proyectos como la nueva escuela mexicana o la constitución moral; y criticar a la tecnocracia fría y la idea de meritocracia en los mandos de gobierno. Los logros han sido más teóricos que prácticos, lo único que puedo reconocerle positivamente a Andrés Manuel es que ha destapado con palabras —y sólo con palabras— realidades complejas del país que muchas veces eran olvidadas por los beneficiados de la visión reformista de nación.
En las elecciones de 2024 se confrontan estas dos visiones de nación. El PRI, PAN y PRD intentarán, en un gobierno de coalición llamado el Frente, defender lo que construyeron en tantos años y que consideran que los transformadores ponen en riesgo. La diferencia con las elecciones de 2018 es que ahora la ciudadanía tiene un punto de comparación y puede comprender que lo que se juega este año es qué tipo de país queremos construir. En 2018 el misticismo y el hartazgo rodeaban a Morena, pero ahora, con sus diminutas victorias y con sus derrotas tendrán que enfrentarse a quienes intentarán defender lo que consideran de ellos. Es llamativo que los partidos reformadores hayan lanzado como candidatos a los protagonistas de las primeras reformas modernizadoras del país para defender las instituciones que ellos construyeron. Manlio Fabio Beltrones, artífice de la transición con la creación del IFE, CNDH, reformas electorales, entre otros organismos autónomos, volverá a una elección como candidato al Senado por Sonora intentando defender los avances que considera que el Gobierno en el poder está destruyendo. En Sinaloa, Mario López Valdez también competirá por el Senado para defender las reformas que él ayudó a construir.
El Frente ha entendido que si quiere competir en esta elección tiene que reconocer los errores de su proyecto de transición que ha durado más de 18 años y que fue pausado por los transformadores. El Frente, ante todo, tendrá que recordarle al pueblo todos los logros que nos llevaron a la creación de una democracia incipiente con cierta bonanza económica. Morena, por su parte, con algunos fracasos acumulados y sin el carisma de su fundador en las boletas, tendrá que explicar por qué no han podido solucionar los problemas que tanto le criticaron a los reformadores, seguramente dirán que porque sólo llevan 6 años en el poder y la transformación requiere de más tiempo.
Ante tanta incertidumbre lo que sí te puedo decir, querido lector, es que es mejor el pluralismo político que la centralización del poder. En esta elección te invito a votar inteligente, informado y pluralmente. Hoy más que nunca México necesita que aportemos y defendamos a nuestra imperfecta e incipiente democracia que sigue en construcción y de la que hemos aprendido por las malas cómo perfeccionarla.