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La celebración de la Semana Santa es una tradición que, en Sonora, se remonta a las misiones jesuitas del siglo XVIII en donde no solo se rezaba, sino que se representaba, se vestía y se vivía como un espectáculo colectivo. Dentro de la variedad de los testimonios escritos por jesuitas, se encuentra un informe que conocemos como La relación sonorense del padre Cristóbal de Cañas. Escrito en julio de 1730, a pesar de su brevedad, el informe incluye interesantes descripciones de los usos y costumbres de los ópatas, como el caso de sus actividades en Cuaresma.
Durante mucho tiempo no se conoció el autor. Se publicó por primera vez en 1856 en un libro llamado Documentos para la historia de México, y en 1945 en el Boletín del Archivo General de la Nación, por el historiador Francisco González de Cossío. Sin embargo, hasta 1969 se consideró que, a partir de las descripciones del informe, el autor del texto era el padre de Cañas. Desde entonces se le atribuye la autoría.
Hacia el final del informe, en un pequeño apartado, describe algunas tradiciones de Semana Santa entre los ópatas, como su especial devoción religiosa y participación en las ceremonias. Dice: “Todas las noches rezan a coros el rosario con su padre. Desde la primera semana comienzan a confesarse, y si bien algunos dejan desconsolado al padre o por su poca disposición o mal examen, otros muchos dan singular consuelo por su buena disposición… luego pasan a la casa del padre todos a donde se les tiene preparada su comida”. Este tipo de festividades religiosas funcionaban para reafirmar la fe entre la población.
Sobre las costumbres de las mujeres, refiere una en especial: “aunque en esas funciones se visten la mejor ropa que tienen, compensan esta gala con ir con coronas de espinas y cruces en las manos. Gustan grandemente de todas las ceremonias eclesiásticas que tiene algo de exterior, como los ramos, la ceniza, y mucho más del lavatorio de pies el jueves santo, por lo que tiene de interés en la comida y vestido que les dan a los padres, acción de que en una ocasión se juntó algo de gracejo y de conveniencia propia”. Esta descripción refleja que las mujeres participaban de manera activa en los rituales religiosos, los cuales tenían elementos visuales como la corona de espinas y el uso de las mejores prendas de vestir.
En aquellos tiempos eran frecuentes los actos teatrales en las misiones jesuitas para difundir escenas de la Biblia. Durante la celebración de Semana Santa, el padre relata una anécdota acerca de la representación de los doce apóstoles, quienes eran representados por las personas más viejas de la comunidad. Menciona que en una ocasión le pidieron a una persona que interpretara a un apóstol. Pasadas las fechas de Pascua, el padre de esa misión lo mandó llamar para trabajar, pero el anciano le contestó: “no tienes para qué señalarme para ninguna faena, porque ya fui apóstol, y éstos no trabajan”.
En este testimonio podemos ver una población que participa de manera activa en las celebraciones de la Semana Santa, tanto mujeres como hombres ancianos. Estas descripciones revelan que los padres solían dar incentivos materiales, como ropa y alimento para los que participaban, pero también nos dicen que las misiones no solo imponían la fe, sino que generaban formas de representación donde lo teatral, simbólico y sensorial se integraba en la vida cotidiana de la comunidad.