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Culturadomingo, 4 de enero de 2026

Paréntesis | Mi fe a la punta de su arma

Dos de diciembre del Año de Gracia de 1915, San Pedro Apóstol

Redacción / El Sol De Hermosillo

Martín Ramírez | Colaborador

—–Padre, ¿no ha escuchado? —vociferó—, ayer en El Cajete hubo un enfrentamiento. Pensamos que venía otra gavilla que quería saquear el pueblo. Pero nos dimos cuenta muy tarde de que era una tropa de soldados. 

Un incómodo silencio se manifestó entre la multitud de invitados. 

Voces que antes eran murmullos tímidos, se transformaron en histéricos reclamos. La calma se convirtió inalcanzable en cuestión de segundos.

—¿Qué le van a hacer a mi niña, Padre? —una señora, en las primeras filas, se deshacía en llanto, era la madre de Francisca, la novia—. ¡Se acaba de casar y ya me la van a matar!

Nada que yo dijera podría distraerlos de la duda. Después de todo, era pecado mentir. Ya todos conocían la respuesta. 

Sus destinos estaban atados a la decisión entre dejar sus asientos, o quedarse a esperar a que los encontrasen. No me quería quedar con los brazos cruzados. 

—¡Cállense porque ahorita no hay quien favorezca, porque Dios está escondido en un almú y nada puede hacer por ustedes!

—¡Mi General! ¡No creo que esto tan descabellado se deba de hacer! La División del Norte sufriría un gran desprestigio —el oficial se bajó de su caballo y se dirigió a Villa, con visible cautela.

—Déjese de payasadas, Bracamonte —rugió Pancho Villa—. Me mataron a mi sobrino y a cuatro de mis mejores hombres. Si no fueran unos lambones que buscan llamar la atención, les perdonaría la vida. Pero no se lo merecen.

—¿Que no está viendo? ¡Los culpables solo fueron un par de hombres, no la población entera del pueblo!

—Los padres, hijos, nietos. ¡A todos los voy a fusilar! No se atreva a contradecir mi orden porque puedo ponerlo en el mismo paredón. 

—Hijos míos. No tiene caso pelear por esto —hice mi esfuerzo por ocultar el temor en mis palabras, aún cuando me estaba tragando vivo—, condenen a los culpables por su cometido, mas dejen en paz a los inocentes 

—Creo que no nos entendemos, Padre. Ningún culpable ha dado la cara. Si no son ellos, van a ser todos ustedes.

—Investigue a todos los hombres si es necesario. Pero no culpe a ciegas a las mujeres y los niños que nunca han tocado un arma en sus vidas.

Me retiré. Volví a mi puesto detrás del altar. Solo quedaron sentadas mujeres y niños sin ningún padre presente. Unas se acercaron a mí y otras se esfumaron, siguiendo los rastros de sus maridos y conocidos. 

—Por favor, Padre, a usted le escucharon —me suplicaron varias de ellas, señalando al comandante—. Dígales que mi esposo es inocente, que no me lo maten.

Salí de la iglesia, para dirigirme otra vez a los perpetradores. Tuve que aguantarme el vómito ante los cuerpos amontonados y el hedor que ya comenzaba a propagarse. De varios muertos. 

—Debe perdonarlos, señor, no todos son culpables. Pare esta maldad. Si encuentra a Dios, él le concederá la justicia que usted busca.

Fue en vano. Dios no detuvo a ese hombre antes de apretar el gatillo. Ni tampoco lo detuvo cuando sus caballos, a los que apodaba Dorados, me pisotearon hasta que mi rostro se volvió irreconocible. O cuando cubrieron mis sesos con estiércol. 

Quedando de Vuestra Señoría, le saluda en Cristo Nuestro Señor. Capellán Andrés Avelino Flores Quesney.

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