132,534
Las cifras que respaldan ese diagnóstico no son abstractas, detrás de cada número hay alguien como el hijo de María. Al 27 de marzo de 2026, el registro oficial contabilizaba 132 mil 534 personas desaparecidas o no localizadas.
Hay, además 72 mil restos humanos sin identificar acumulados en todo el país, historias interrumpidas que esperan un nombre mientras el tiempo y la burocracia los siguen sepultando. Desde 2012, México acumula 38% de todas las acciones urgentes del CED en el mundo.
La impunidad ronda el 98%. Estas cifras no describen una crisis en curso, describen un sistema que lleva más de una década funcionando así, sin que nada lo detenga.
El problema es que no hay evidencia de que lo haga. Mientras se debate la metodología del conteo, el ritmo de identificación de los 72 mil restos sin nombre es tan lento que, a ese paso, las familias tardarán décadas en cerrar su duelo.
Para María, esa aritmética no es un avance técnico, es una forma de decirle que su dolor cabe en una categoría distinta, que su hijo quizás ya no cuenta como urgente. Reordenar las cifras no reemplaza a los forenses ni financia las brigadas de búsqueda.
La reacción del gobierno ante el anuncio de la ONU siguió la misma lógica defensiva. La Secretaría de Gobernación y la de Relaciones Exteriores calificaron el informe de parcial, sesgado y tendencioso.
La presidenta Sheinbaum insistió en que la documentación mexicana no fue considerada debidamente. Es comprensible que ningún Estado soberano reciba con agrado que un organismo internacional documente su fracaso más profundo.
El CED no acusa al gobierno federal de ordenar las desapariciones, dice algo más insidioso: que hay ataques generalizados con la aquiescencia o participación de servidores públicos en el nivel local y regional. Eso explica por qué la impunidad de 98%.
El resultado no fue la humillación nacional, fue que el Estado colombiano dejó de pretender que podía solo. México tiene el tamaño del problema para justificar exactamente eso, lo que no tiene es la voluntad política de admitir que lo necesita.
Ese es el verdadero desgaste del tejido social: no el dolor de las madres, que es visible, sino la resignación silenciosa de los que decidieron que el Estado ya no es una categoría útil en sus vidas.
Ninguna de estas acciones renuncia a la soberanía. Todas la ejercen. La soberanía no se demuestra rechazando la cooperación internacional; se demuestra teniendo la capacidad de encontrar a los propios muertos y de castigar a quienes los desaparecieron.
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