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Los primeros rebeldes, a quienes la historia oficial de los masones en México ha acomodado como los que lucharon para que este territorio se desprendiera de la madre patria, nunca manifestaron ese propósito. Al contrario, Hidalgo llamó a misa el 16 de septiembre alabando al rey Fernando VII de España, gritando: ¡Viva Fernando VII! ¿Sabe Ud. por qué? Porque España estaba invadida por Francia y, al revés de lo dicho por las mentiras oficiales, al decir esto Hidalgo defendía a España contra los franceses.
Y así sucesivamente los caudillos que le siguieron; pero para 1820 algunos habían sido fusilados y otros se habían acogido al indulto del virrey. La lucha de ellos nunca fue contra España; fue por una revolución interna entre peninsulares residentes en México y sus hijos, los criollos, por los mejores empleos.
En seguida viene la traición y el veneno: los criollos, en su odio contra sus padres peninsulares, se integraron a los enemigos de España, a los ingleses, masones y judíos, que al jurar en la masonería universal su lealtad a la misma y no a la madre patria, pelearon a favor de la raíz judeomasónica inglesa, o sea, a favor de los sistemas antirreligiosos de la masonería y, por supuesto, de los judíos contra sus enemigos desde el nacimiento de Cristo, los católicos apostólicos y romanos.
Los judíos anglo-masones, enraizados para fortalecer al Reino Unido de Inglaterra, enemigo número uno del reino español cristiano de Isabel y Fernando los Católicos, reino sajón que en 300 años, por medio del enfrentamiento, nunca pudo vencer al reino español, solo lo logró por una plaga interna llamada masonería.
Es así que en 1820 el único caudillo visible que quedó se llamó Agustín de Iturbide; por lo tanto, vislumbró que el imperio español ya no tenía fuerza para estar al frente de todas sus pertenencias y que todo estaba en peligro, queriéndolo su enemigo número uno, como lo logró Inglaterra por medio de la masonería con sus criollos mexicanos y sudamericanos traidores a la madre patria.
De esta manera, imaginémonos a un solo cristiano, o sea Iturbide, en medio de un mar de masones caudillos mexicanos leales no a la madre patria, sino a su enemigo número uno, Inglaterra judía y su masonería universal. En 1820, Iturbide, un hombre inteligente, observó: solo hay un mulato analfabeta en las montañas del sur, Vicente Guerrero; lo llamaré, lo convenceré de que ya no hay contra quién pelear y, juntos, entraremos triunfantes a la Ciudad de México.
De esta manera, toda la hispanidad católica vitoreó a Iturbide y se le entregó cuando, unos meses después, el 27 de septiembre de 1821, entró triunfante a la Ciudad de México, y detrás de él los traidores masones que lo asesinaron después. ¿Quiénes? Guerrero, Victoria, Bravo, Santa Anna, Valentín Farías, etc., todos masones grado 33. Luego, pobre hombre Agustín de Iturbide, solo en la cumbre, rodeado de demonios por todos lados.
Y así pasó: un demonio enorme que mandó Inglaterra a hablar con Agustín I para semiordenarle que le entregara los territorios enormes del norte de la Nueva España; como el caudillo honró a su patria y se negó, el demonio inglés llamado José Poinsett llamó a sus pequeños masoncitos mexicanos para que lo sustituyeran y posteriormente lo asesinaran por negarse a entregar lo requerido por Inglaterra.
Así fue, lo asesinaron y, como premio, lo prometido: presidente primero Victoria, segundo otro de ellos, tercero otro de ellos, cuarto otro de ellos y, hasta la fecha, con excepción de un periodo en donde los amigos de la hispanidad estuvieron en el poder cuando Estados Unidos estaba en guerra entre ellos, es decir, la Guerra Civil de 1861 a 1864. Estos hispanos católicos mexicanos fueron: Miguel Miramón y Antonio Mejía; pero al terminar la Guerra Civil de Estados Unidos, los gringos inmediatamente financiaron a Benito Juárez y compañía, ordenaron a Napoleón III que recogiera a sus francesitos y volviera todo a ser del imperio inglés, Inglaterra y Estados Unidos con su gran amigo Benito Juárez García.