De pronto estamos en el ámbito profesional y convivimos con todos aquellos que convergen en vocaciones y emociones junto con nosotros. En proyectos de vida similares o distantes pero en nuestros ámbitos comunes.
Pero con el tiempo la vida nos quita a algunos de ellos. Se van, porque tienen otros menesteres, otros mundos que les requieren, otras voces y otros ámbitos que les esperan…
La fortuna nos da muchos amigos a quienes somos amigueros de corazón. Nos nutre con su presencia y con su ánimo –que es alma–, nos da sentido y nos da calor. Nos da coraje y fuerza.
Y muchos más que ya no están. Y muchos más que si están aquí y a quienes abrazo y a quienes requiero en su cordialidad, afecto y abrazo completo. Ahí están. Aquí estoy.
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Uno comienza a hacer amigos desde la primerísima infancia. Desde los primeros atisbos de vida. Cuando vamos a la escuela de párvulos y conocemos a otros niños con los que nos entendemos y jugamos y queremos estar. Son nuestros cuates.
Son esos compañeritos de la escuela básica que se convierten en cómplices de nuestras pequeñísimas andaduras y travesuras. Jugamos con ellos como si hubiéramos nacido juntos. Y a veces reñimos, claro está, pero en general lo llevamos bien, a veces con alguno o algunos en particular y se forman las pandillas de juego y de aventuras inocentes.
Al paso del tiempo, algunos de aquellos pequeños amigos nos dejábamos de ver, otros siguen vigentes hoy mismo, como si no hubieran pasado los años… “Ahí están, ahí están, viendo pasar el tiempo”… De aquellas pláticas ingenuas hemos pasado a pláticas de la vida, de lo esencial y de cómo nos ha ido en la feria de la vida…
Poco a poco, en la adolescencia, se conoce amigos que ya no hablan de aquellos tiempos de Cri-Cri, ahora ya entablábamos conversaciones en las que predominaban las preguntas: la bendita adolescencia es eso: preguntas-preguntas y descubrimientos.
Con nuestros nuevos amigos elucubramos sobre el ser o la nada, sobre el ¿qué fue primero… la gallina o el huevo? y sobre la mirada y el andar de aquellas compañeritas que nos miran con esas sus miradas de fulgor extraño. El despertar de la vida comienza.
Más tarde en preparatoria ya las cosas son más formales y es, digamos, ahí mismo donde se hacen los grandes amigos, los que más tarde se irán, y sí volverán. Son amigos con los que compartimos ilusiones, aspiraciones, grandes sueños de grandeza o de entereza, de profesión. Algunos de estos amigos de preparatoria lo serán para siempre.
Claro, que este breve recorrido amistoso tiene variantes. Son las cosas de la vida. Algunos jóvenes –ellas y ellos– hacen el mismo recorrido en sus ámbitos de vida, de trabajo, de lucha, de caídas y levantadas, son aquellos que no pudieron acudir a las aulas o no quisieron o eran imposible por aquello de las desigualdades estructurales de nuestro país. Pero también acumularon amigos y experiencias, en distinto tono, pero con igual intensidad emocional y fraterna.
En los estudios superiores aparecen otros más sólidos. Son aquellos que ya tienen definida la ruta, el camino, los tiempos y las expectativas de éxito. Ahí están algunos de los cuales, maestros, alumnos, compañeros de viaje estudiantil serán amigos para toda la vida.
Y como escribió Salvador Novo: “La amistad es un quieto, apacible, tibio y dulce fuego que el tiempo no abate ni amengua. Todo egoísmo en ella se desvanece. Altruista por esencia, sacrifica el yo para infundirse en las excelencias que descubre y ensalza en aquel otro yo que la amistad procura… Sobre sus cimientos se erigen la humildad, la lealtad, la perseverancia, el perdón…”.
Llegamos a esos lugares, unos antes otros después y nos identificamos. Y aprendemos que en el camino hay envidias, corajes, antipatías, competencia fiera, desgaste… tanto. Pero es parte del panorama bajo el puente. Sin embargo predomina la cordialidad y la madurez, el sentido profesional y humano de nuestra formación cultural e histórica: predomina la amistad.
En ese camino de la vida conocemos a los que serán nuestros amigos entrañables, caen en nuestras vidas gota a gota. Son los que miran con nuestros ojos: quizá perciben la vida de manera distinta pero complementaria a lo que nosotros entendemos por vivir. Muchos de ellos nos enseñan el camino. Otros caminan con nosotros. Algunos siguen adelante y nosotros seguimos sus pasos para no perdernos en la maleza que es esa vida azarosa que todos tenemos.
Y nos identificamos. Y nos hacemos falta. Y respiramos ese aire sagrado de la amistad porque la comunión afectiva nos hace querer estar siempre con quienes nos dan muestras de sentirse felices si nos ven, como nosotros felices si les vemos: ellas y ellos: amigas y amigos: los hay a raudales si uno quiere... y si nos quieren. Y caminamos juntos largos trechos de vida… o siempre en la vida.
… O se van porque dejan de vivir. Cierran los ojos y ya no nos ven. Cierran los ojos y sus ojos que eran también nuestros ojos, dejan de vernos. Y es eso: la vida nos da vida con los amigos. Pero también nos la quita cuando algunos de ellos se van.
Siii. Ya sé que la celebración del “Día de la amistad y del amor” debiera ser festiva. Y lo es. Pero también es motivo –no necesariamente único día– para recordar a los amigos que se fueron. El amor fraterno que nos dejó.
Y duele su ausencia. Porque cuando alguien que es un amigo se va, más que la muerte misma, duele su ausencia. Duele la falta de su sonrisa, la falta de su palabra sólida y solidaria, la falta de su abrazo y del cariño que nos otorgan, la falta de su sabiduría y su empeño por hacer de nosotros, de mí, un ser humano mejor cada día: eso lo gano aun hoy con los muchos amigos que aquí están; y eso gané con quienes no están ya… y los extraño.
Algunos que marcaron la vida de quien les saluda y les escribe, fueron don Miguel Ángel Granados Chapa, maestro en las aulas y en la vida, de cuya mano llegué a pisar por primera vez una redacción periodística y siempre me tuvo gran afecto, mostrado en interés por lo que hacía y los triunfos: “Los triunfos de mi amigo son mis propios triunfos”, me dijo un día…
Don Bernardo González Cárdenas, el hombre ranchero, fuerte, glorioso, cuya mirada de afecto no puedo olvidar porque él, junto con su esposa, doña Tere, me dieron asilo durante una larga estancia en Michoacán, precisamente en el Pueblo en Vilo. Un ranchero de corazón enorme y sonrisa que solo los santos tienen.
Don Luis González y González, el gran historiador, el gran hombre cuya vida fue dedicada a descubrirnos el pasado mexicano. Y de quien tuve las puertas abiertas de El Colegio de Michoacán, de su casa y de sus tíos don Bernardo y doña Tere.
Y también tuve las puertas abiertas de su afecto y su cordialidad y las tardes en las que llegaba tronando las llaves para decir que ya, que había que irnos a tomar ese whiskito y tener esas platicas interminables que nutrieron mi conocimiento de historia y de ética y de generosidad y bonhomía.
Don Miguel Montes, hombre de letras y legislador a la altura del arte. De carácter firme. Inteligente y por lo mismo honorable y de enorme bonhomía. Afectuoso con su amigo y siempre dispuesto a la buena plática, a la discusión de los grandes temas nacionales y a la bohemia, que también sabe a amistad.
Don Carlos Ferreyra Carrasco, mi gran amigo, mi enorme amigo, el que tenía la palabra certera siempre, el que veía en lo que pasa y lo que ocurre más lejos y más hondo. El que sabía entender más allá de lo que las entendederas nos dan a quienes fuimos sus alumnos. Periodista de tiempo completo, de gran linaje y de enorme anchura de miras. Generoso y sincero, a carta cabal.
Y tantos más amigos que ya no están, como don Samuel I. del Villar, sabio a más no poder, gruñón, intratable, pero también amigo entrañable, o como Rodolfo El Negro Guzmán, periodista cuya ética periodística fue inamovible y digna de honores. Se acaba de ir.
Y Martha Acevedo, mi querida Martha, tan preocupada por lo que les pasa a las mujeres en este país de machos mexicanos y cuya emoción estaba en crear obra para que los niños leyeran y leyeran y leyeran e hicieran su Rincón de Lectura.
Mis amigos que se fueron… ¿Por qué se fueron? ¿Por qué me dejaron hablando solo? ¿Por qué los extraño tanto? ¿Y cómo voy a recorrer el camino que sigue? ¿Por qué se fueron? ¿Dónde están?