Pero el gobierno de Díaz Ordaz no estaba para tolerar gritos, exigencias, reclamos de ninguna naturaleza. No estaba en su psique-gobierno que se les levantara la voz.
El doctor Sola Ayape, nos relata en su Introducción a la obra colectiva cómo se gestó esta “Ruta de la Amistad” y cuál era su espíritu:
El libro, bajo el sello del Tecnológico de Monterrey y El Equilibrista, está ahí. Ojalá que su divulgación masiva no tarde mucho, para que lo sepan todos en el país.
Con una inversión de 540 millones de dólares, el proyecto en Huamantla forma parte de una estrategia nacional para fortalecer la producción y reducir importaciones
Debido a la falta de un seguro de desempleo robusto y universal, las personas ingresan al sector informal inmediatamente si un trabajo formal no está disponible
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Los que ya teníamos los ojos abiertos en 1968, aunque muy jóvenes, ya podíamos discernir sobre el bien y el mal, el buengobierno y el malgobierno, sobre lo bueno y lo malo de la vida. Y sabíamos que en el entorno mexicano había un ambiente denso, indescifrable pero que parecía dañino…
No por los muchachos que aquel año salieron a la calle para exigir sus derechos, para gritar a los cuatro vientos y de frente al régimen de Gustavo Díaz Ordaz que aquí estaban, que ya no eran tiempos de callar y obedecer, que al grito de “unidos jamás seremos vencidos”, caminaban y se plantaban en los lugares más emblemáticos de la capital del país… Eran esos muchachos atrevidos cargados de sueños, de emoción, de locura, de razón y pasión…
Acaso como parte de la ola mundial de descontento juvenil: Paris, Checoslovaquia, San Francisco… Ciudad de México: todo como un cuerpo social mundial se convulsionaba para quitar los diques, para abrir puertas y ventanas, para quitar candados, para dejar pasar el aire nuevo y para exigir justicia para todos, igualdad para todos, casa, comida, sustento, pero sobre todo respeto y dignidad individual y colectiva… democracia.
El ambiente político y social de México era denso, porque aquel gobierno estrujaba, ordenaba, imponía, y entonces -como parece ser ahora- se hacía de todo el poder y todas las instituciones nacionales a su favor imponían y estaban para el servicio de gobierno, no de la patria, no de la nación, mucho menos de los mexicanos…
Ya se sabe cómo comenzó el movimiento aquel del 68. Una pelea en La Ciudadela entre muchachos de la preparatoria privada Isaac Ochoterena y estudiantes de la Vocacional 5. Un pleito juvenil que devino en represión de gobierno, en agresiones a los muchachos y muchachas, abusos de poder y ordenes de detención, muy al estilo de entonces… Pero no: ya no era posible: La olla exprés, que era el país, estalló y salieron las verdades, los requerimientos, las exigencias…
El 2 de octubre ocurrió aquella masacre que todavía hoy duele, pero que también fue un parteaguas en la vida política de México. De entonces a la fecha ya nada sería igual que antes. Aunque pasaron otros años antes de que se aprobaran reformas políticas y electorales, derivado de la lucha de los muchachos del 68 aquel, hoy podemos decir que se avanzó en participación política. Aquel día nació un nuevo ideal mexicano: la democracia, la que no se ha consolidado, pero ese es otro cantar.
Doce días después del presidente de México inauguraría los Juegos Olímpicos de 1968: “México por la paz”, “Todo es posible en la paz” … ‘Ofrecemos y deseamos la amistad con todos los pueblos de la tierra’… Frases melosas y caramelosas que querían ocultar el recuerdo de los muchachos muertos y los cientos de detenidos políticos en Lecumberri, el Palacio Negro.
Y con todo, seguían momentos cumbre en la vida de México. El mundo miraba hacia este país convulso, pero los deportistas estaban dispuestos a llegar para obtener medallas de oro, plata o bronce para sus países. Porque una medalla olímpica es de quien la gana con su esfuerzo diario y de años, su talento, su reciedumbre, su orgullo y su amor por su país…
Vinieron deportistas que eran admirados por todos nosotros. Conocidos o no conocidos. Talentosos. Titanes. Titanas. Casi todos ellos desde distintos países del mundo, jóvenes, orgullosos de su origen y de su estirpe histórica; muchachos que entregaban todo para obtener las preseas que los distinguieran como los mejores del mundo en su disciplina…
Por supuesto, el día de la inauguración de las Olimpiadas en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria la rechifla al presidente Díaz Ordaz no era para menos. Y retembló en sus centros la tierra. No era querido. No era admirado. No había hecho bien las cosas y era responsable de muchas vidas de muchachos, y él asumió esa responsabilidad.
Pero nada, que todo estaba preparado para invitar al mundo a ser parte de la fiesta olímpica. Y junto con la competencia deportiva se organizó una novedad: la Olimpiada Cultural. Con expresiones de arte venidas de todo el mundo: música, poesía, pintura, danza, folclore, escultura…
El arte es, a fin de cuentas lasolución a nuestros pesares. Es la esencia del hombre y la mujer. Es el rasgo distintivo de la inteligencia, la creación, la pasión y la imaginación humanas puestas a disposición de otros seres humanos y de sus vidas.
Y todo esto viene al caso porque el doctor Carlos Sola Ayape acaba de dar a conocer un libro que es muchos libros. Una obra de arte editorial y de contenido, que nos recuerda la felicidad y la expresión solidaria del mundo hacia México.
Y sí, ciertamente en este libro subyace el recuerdo de aquellos días en sus esencias trágicas también, pero sobre todo cómo artistas-escultores nos tendieron la mano para decirnos que estaban con nosotros, que su arte y nuestras vidas tenían otros caminos y otras veredas por recorrer.
El libro que acaba de salir a la luz se llama La ruta de la amistad de 1968 y refiere la razón y la historia de aquellas esculturasmonumentales que los capitalinos conocemos bien, porque están a la vista -algunas casi ocultas al paso de los años, o descuidadas-, pero esencialmente la obra de arte persiste… Y su emoción y su grandeza… La idea era la creación de “un verdadero museo al aire libre sin precedentes”.
“(Hubo) un encuentro de escultores celebrado en la Ciudad de México a mediados de junio de aquel histórico año, había congregado a un total de 21 artistas, procedentes de 16 países bajo la doble premisa de hacer de la capital olímpica un ágora escultórica y de asegurar la representación de los cinco continentes…”
Según autores de ensayos en la obra, la idea de conjugar deporte y cultura fue del organizador de los Juegos Olímpicos, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, con la contribución enorme del artista y escultor Mathias Goeritz, haciéndose eco de la propuesta de artistas de Bélgica, Hungría, de Alemania y EUA, de que la escultura debía cobrar un papel protagónico en el diseño urbano para fusionarse con el paisaje natural y embellecer las vías de rápida comunicación: una urbanización cultural, nos dice Sola.
Así, este plan escultórico -sigue Sola- habría de dejar la herencia de 22 grandes esculturas, citas en diferentes lugares del espacio público en el sur de la Ciudad de México, no sólo en los márgenes del Anillo Periférico, sino también en otros como los aledaños del Estadio Olímpico, el Estadio Azteca o el Palacio de los Deportes. Todo esto con la intención, también, de que estuvieran representados los cinco continentes.
En contraposición con el ideal universal de la “Ruta de Amistad”, el ensayo de Patricia Gallardo Arias nos hace poner los pies en la tierra, como parte de la importancia del arte y en particular de la escultura al aire libre. En “La Ruta de la Amistad: un patrimonio sin patrimonialización” nos dice:
“No obstante, y como dice Prado Jiménez, ‘en 1992 las esculturas de La Ruta de la Amistad representaban una degradación severa […] Algunas de las piezas fueron instaladas erróneamente, desde 1968, en terrenos privados, lo que provocó que éstas fueran destruidas por los propietarios una vez que fueron vendiendo sus terrenos o se fue urbanizando la zona’. A mi modo de ver, hay que enfatizar que las esculturas que componen la Ruta, hasta el día de hoy, no han sido valoradas por el pueblo mexicano…”
Ahí la grandeza de la propuesta escultórica, lejos del tema político, es parte del tema artístico. La Ruta de la Amistad de 1968 coordinado por Carlos Sola Ayape, un catedrático e intelectual español de gran calidad académica, también mexicano por querencia, nos recuerda en 18 ensayos de gran calado autoral y una iconografía excepcional, que los mexicanos tenemos riquezas artísticas que merecen ser protegidas, patrimonializadas, rescatadas, dispuestas y a la vista de todos, porque son de todos los mexicanos, pero también del mundo.