Mi mamá y el sexo / La fiesta de XV años de Mafer, ¿valió la pena?
En una época en la que la adolescencia es cada vez más valorada —porque las neurociencias la reconocen como una transición crucial hacia la adultez y la toma de decisiones—, algunos adultos parecen no haber actualizado su mirada.
Es el caso del padre de Mafer, la polémica quinceañera cuya fiesta millonaria en Tabasco se volvió viral por el lujo desbordado de una celebración que tuvo de todo, menos respeto por la adolescencia de la festejada.
De acuerdo con versiones difundidas en medios, la fiesta habría costado más de 50 millones de pesos. Para dimensionarlo: en Tabasco una vivienda digna puede comprarse por unos dos millones de pesos. Es decir que esa fiesta costó el equivalente a 25 casas.
La pregunta inevitable es si gastar tanto vale la pena cuando el resultado es exponer a una menor de edad a la viralidad, vulnerar su privacidad y dejarla a merced de burlas y comentarios en redes sociales a tan corta edad.
Algunos medios han intentado proteger su identidad cubriéndole los ojos en fotografías o videos, pero ese gesto resulta insuficiente cuando las imágenes ya circulan de forma masiva en internet.
¿Un festejo caro para un ritual obsoleto?
Cuando se afirma que las nuevas generaciones están peor que las anteriores, quizá la crítica debería dirigirse menos a los adolescentes y más a quienes los criaron: los adultos responsables de ofrecerles —o no— las herramientas para comprender el mundo con mayor equilibrio.
Eso ocurrió con la fiesta de Mafer, tanto para ella como para los miles de espectadores —especialmente niñas, niños y adolescentes— que consumen este espectáculo sin orientación crítica e incluso con cierto anhelo.
Esta columna vive para que —con suerte— alguno de esos espectadores piense en cuán obsoletas están las fiestas de XV años y cuánto deberíamos de reflexionar en cuál es el verdadero regalo que podemos dar a nuestros hijos e hijas en la adolescencia.
Aunque las normas canónicas europeas del siglo XVI fijaron como edad mínima para casarse en 12 años para las mujeres y 14 para los hombres, ya han pasado varios siglos como para reconocer con claridad que esos eran matrimonios infantiles.
Tal vez sea momento de admitir que el sentido original de las fiestas de XV años pertenece a otra época.
La verdadera celebración debería ser otra: reconocer que una persona ha llegado a la adolescencia tras una infancia cuidada y comprometerse a respetar ese nuevo periodo de crecimiento, para que la y el adolescente puedan convertirse en adultos jóvenes con herramientas, autonomía y criterio propio.















