Opinión de César Villanueva / La política exterior de cabeza fría: ¿debe Sheinbaum responder?
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEn su típico tono grandilocuente, Donald Trump tomó el micrófono el pasado 7 de marzo, en Doral, Florida, ante diversos jefes de estado latinoamericanos en una cumbre bautizada pomposamente como “Escudo de las Américas”, y convirtió a México en el villano de la función.
Lo llamó “epicentro de la violencia de los cárteles”, anunció una coalición militar regional y, de paso, usó un tono burlón al referirse a la presidenta Claudia Sheinbaum, imitándola con voz temblorosa y gestos exagerados. La escena fue reveladora y preocupante: no por el posible insulto personal, sino por lo que representa en términos de narrativa diplomática y geopolítica. México fue excluido del evento, lo mismo que Brasil y Colombia. La ausencia no fue un accidente: fue el mensaje. Forma es fondo.
De cara a ese espectáculo anti-diplomático, Sheinbaum respondió con dos palabras: “Cabeza fría”. Prometió retomar el tema y cumplió. Este 9 de marzo precisó que México coopera con Estados Unidos en inteligencia y seguridad, pero que las operaciones en territorio nacional corresponden exclusivamente a instituciones mexicanas. Rechazó cualquier presencia militar estadounidense: “Orgullosamente seguimos diciendo no”. Señaló también que el flujo de fentanilo hacia el norte se ha reducido a la mitad y apuntó, con toda razón, que la demanda interna estadounidense de drogas sigue siendo parte esencial del problema. Lo que debemos preguntarnos es si esa respuesta alcanza la dimensión estratégica que el momento exige. Soy de la idea que no.
La política exterior de cabeza fría tiene virtudes reales. En una relación profundamente asimétrica, evitar la escalada emocional es una forma de racionalidad de Estado, no de debilidad. Pero la prudencia tiene un límite: cuando la contención se normaliza, el silencio puede leerse como resignación, o peor, como aceptación tácita del alegato acusatorio que Trump construye. Las narrativas, en política internacional, no son inocentes: suelen preceder a las decisiones, justificar las presiones y volver pensable lo que antes parecía impensable, como una intervención militar “voluntaria”.
Lo que Trump declaró en Doral no fue solo una provocación retórica, fue una operación de encuadre: México como fuente unidireccional del caos hemisférico, Estados Unidos como víctima y redentor. Esa dialéctica es intelectualmente deshonesta. El consumo masivo de drogas no nació en México. Tampoco la demanda que hace rentables a los cárteles, ni el tráfico de armas que cruza hacia el sur, ni las redes financieras que blanquean ganancias ilícitas en bancos de EUA. Si México acepta debatir dentro de ese marco sin impugnarlo, entra a una cancha inclinada desde el saque inicial.
La respuesta de Sheinbaum este lunes fue correcta en su contenido. Lo que falta es diplomacia profesional, estrategia comunicativa y desarrollo del discurso de imagen-país. México todavía no ha construido, con la contundencia necesaria, una contra narrativa integral dirigida no solo a Washington, sino a la opinión pública estadounidense, los medios, las comunidades mexicanas y mexicoamericanas, los gobiernos estatales que dependen del comercio bilateral y los think tanks que forman el sentido político en Estados Unidos.
Trump entiende la política como producción de relatos cortos. De lo que se trata es de responder mejor: datos, vocerías creíbles, diplomacia pública sostenida. También mostrar lo que MAGA oculta: una relación bilateral densa, productiva, histórica, interdependiente, construida por millones de personas a ambos lados de la frontera.
La “cabeza fría” sigue siendo indispensable y encuentra su traducción académica en nociones como “prudencia política” o “tacto diplomático”. Desde esa perspectiva, debe entenderse como estrategia de contención racional: protesta diplomática formal, defensa de la soberanía y presión comunicativa que construya la narrativa deseable. Serenidad no debería ser pasividad; es responder con cálculo, oportunidad y sentido estratégico.