La Concordia, de las llamas al valor de la empatía
El 10 de septiembre, el Puente de La Concordia dejó de ser solo un cruce vial del oriente de la Ciudad de México. Se convirtió en un espacio donde la empatía tomó forma en acciones concretas mientras la ciudad intentaba recomponerse
Gloria López, Vania Solís y Dana Estrada / El Sol de México
La mente de Javi
Todo cambió la tarde del 10 de septiembre.
Ese miércoles, mientras acompañaba a un familiar enfermo en un hospital de Tlalpan, su teléfono se llenó de notificaciones: “¿Están bien?”, “¿Ya supieron?”.
Con esas pistas inició una búsqueda que duró tres días. Mostraba la fotografía de Felipe y preguntaba si alguien lo había visto. Recorrió cuatro puestos de periódico sin obtener respuesta.
Una vendedora no lo reconoció, pero lo envió a otro punto: la plaza de la tecnología. Tampoco ahí. Dejó papeles con su número: “Si lo ve, por favor llámeme”.
Cuando finalmente se encontraron Javier le mostró las imágenes compartidas por la familia de Laura Lorena. Felipe las observó y confirmó: “Sí, es ella. Es Yofania”.
La mujer de los tatuajes tenía un nombre. Su familia pudo reconocer el cuerpo y despedirse.
Javier prometió a Felipe visitarlo una vez al mes para invitarlo a comer. No volvió a encontrarlo.
Para este joven de Iztapalapa, la historia no fue una exclusiva, sino un acto humano. No buscaba ser un héroe, el azar lo colocó en el punto exacto y su narración se convirtió en un puente.
Hoy Javier sigue en lo suyo: se levanta temprano, busca historias, pero mantiene los pies en el barrio donde creció. Su vida no es la del influencer millonario.
Creció con cuatro hermanos en una casa ruidosa, pequeña y llena de rutinas. Lo consideraban la oveja negra porque, a diferencia de otros niños, su interés saltaba de una cosa a otra, como si su mente cambiara de frecuencia constantemente.
Aquel 10 de septiembre, Javier decidió escuchar a Felipe.
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Cadena de favores
“Lamentablemente no la reconocí en ese momento. Las quemaduras que tenía eran horribles. La ubicábamos porque trabajamos ahí, somos del paradero”, relató.
Al preguntarle cómo fue compartir esa experiencia con su cuñado, Alonso Segura Ibáñez, el policía dice que ellos no hablaron sobre lo sucedido, cada quien hizo lo que pudo tras el accidente y se despidieron.
Tras un breve intercambio para romper el hielo, explicó que ya no vendía lentes y que, por la temporada invernal, su mercancía ahora eran calcetines.
Ante la escena, Alonso Segura confirmó con naturalidad que se trataba de la mandataria y comentó que ese recorrido formaba parte de su paso cotidiano por la zona.
Cuando volvió, Alicia ya no estaba. Virginia Soriano Buendía, esposa de Alonso, había decidido llevarla caminando al mismo hospital para no perder tiempo.
“La señora tenía una entereza impresionante, llegó al hospital. Nunca se quejó”, recordó Virginia.
Estaban en casa, platicando después de regresar de un tianguis donde habían ido a desayunar, cuando escucharon un estruendo. Pensaron que era una llanta ponchada de tráiler. Segundos después, el techo de lámina comenzó a levantarse.
La entrevista continuó mientras Alonso atendía clientes, cobraba y mostraba mercancía. Al recordar a la bebé y a su abuela, se quebró. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Es lo que no quería, porque te acuerdas y duele”, dijo.
Antes de despedirnos, le pregunté qué significaba para él la solidaridad. Respondió sin dudar: empatía. Al mencionar la fe, fue tajante: “La fe es todo”.
Aunque ya no es católico, recuerda las enseñanzas bíblicas de la abuela de su esposa, testigo de Jehová. “Sin fe no tengo nada”, afirmó.
Como una especie de cadena de favores, Alonso concluye, “cuando veas un accidente, yo creo que es de humanos acercarte, ¿no?, ser empático y ayudar”.
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Flamita y los animales olvidados
“La Concordia nos dejó nuevos aprendizajes”, reflexionó García Carmona, quien recordó rescates extremos en canales de aguas negras, barrancos y árboles de más de 12 metros de altura.
El 20 de septiembre, 10 días después del siniestro, el albergue recibió el reporte de Tita, una perrita de talla grande con quemaduras extensas. Su último reporte médico fue el 3 de octubre.
Formada con aquel humeante café zapatista de la Fes Aragón-UNAM. Edito, escribo y monitoreo. Uno de mis mantras favoritos está inspirado en una frase de Dewey (Malcolm el de en medio): No importa lo que pase… rockanrolea.
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El 10 de septiembre, el Puente de La Concordia dejó de ser solo un cruce vial del oriente de la Ciudad de México. Las historias se cruzaron en el mismo punto y el mismo día, aunque desde trayectorias distintas. La búsqueda de una mujer sin nombre, el traslado urgente de una bebé herida y el rescate de animales quemados ocurrieron en el mismo territorio marcado por la explosión. La Concordia quedó así convertida en algo más que un lugar del mapa: un espacio donde la empatía tomó forma en acciones concretas —escuchar, cargar, trasladar, volver— mientras la ciudad intentaba recomponerse.
El Puente de La Concordia nunca fue un lugar silencioso. Bajo su estructura convivían el ruido de los autos que transitaban por la Avenida Zaragoza, el ir y venir de la gente trabajadora y las historias de quienes habían encontrado en un pedazo de banqueta un sitio para vivir.
Ese día la capital del país se sacudió con un estruendo: una pipa estalló al bajar por el puente y levantó columnas de fuego y concreto que cayeron sobre quienes estaban en el lugar equivocado, a la hora equivocada.
Entre las víctimas estaba Laura Lorena Barrera de la Torre. En esa zona la conocían como Yofania, aunque casi nadie sabía su nombre real. Como otros hombres y mujeres en situación de calle, vivía bajo la estructura y quedó atrapada entre los restos del tráiler que se desplomó en el puente.
La tragedia fue instantánea. Laura Lorena Barrera dejó de ser un cuerpo reconocible para convertirse en un enigma: las quemaduras borraron sus rasgos y en redes sociales comenzaron a circular imágenes de un tatuaje irreconocible, sin nombre, sin pasado y sin familia cercana.
El 10 de septiembre de 2025, una pipa de gas LP estalló al bajar por el puente de La Concordia en la alcaldía Iztapalapa. Este hecho acabó con la vida de 32 personas / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Ahí comenzó la historia de Javier Isaac Rojo Tirado, un joven de 25 años, egresado de Comunicación de la Universidad Rosario Castellanos, quien se describió a sí mismo como tiktoker por intuición y reportero por terquedad del corazón. Vivía a seis minutos del puente, en Santiago Acahualtepec, uno de los pueblos originarios de la alcaldía Iztapalapa, al oriente de la Ciudad de México. Desde antes de la tragedia ya documentaba su barrio.
Javier Rojo comenzó a recibir videos grabados desde celulares de personas que transitaban por el lugar y listas improvisadas de víctimas que con el tiempo fueron aumentando. No dudó. Se trasladó de inmediato, tomó un transporte hacia su casa y verificó que su familia se encontrara a salvo, pues su hermana y su madre habían cruzado ese mismo puente apenas 20 minutos antes.
Mientras avanzaba, observó cómo los clips del siniestro se reproducían en las pantallas de otros pasajeros. Sintió angustia. Por ello evitó mostrar imágenes explícitas del desastre en sus primeros reportes. Para él, informar también significa mirar con cuidado.
Esa manera de observar lo llevó a Felipe Ramírez, un hombre en situación de calle que permanecía en el lugar, consternado y cuya voz nadie quiso escuchar. Estaba desesperado. Buscaba a su amiga Yofania, con quien solía convivir bajo el puente. “Es un señor de la calle”, decían algunos. Javier lo escuchó.
Así nació una alianza improbable: un joven tiktoker y un hombre sin casa, trabajando juntos. Javier grabó y difundió un video de Felipe buscando a su amiga. La grabación se hizo viral.
Entre las víctimas estaba Laura Lorena Barrera de la Torre, quien vivía en situación de calle y era conocida en la zona como Yofania / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Javier recibió cientos de mensajes de personas que buscaban a sus familiares. Eran muchos, todos urgentes, pero no todos confiables. Corroboró que uno de esos mensajes provenía de la familia de Laura Lorena. Le enviaron fotografías de la joven y le pidieron localizar a Felipe para confirmar si se trataba de ella.
Encontrar a Felipe se convirtió en un ejercicio detectivesco. Javier revisó sus videos, incluso los que no había publicado; escuchó audios con atención y observó detalles mínimos: Felipe comía en un comedor comunitario, leía el periódico La Jornada y se movía cerca de la zona.
Javier encontró a Felipe Ramírez, un hombre en situación de calle que buscaba a su amiga Yofania, viviendo dentro de una grúa cerca de avenida Zaragoza / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
La jornada se alargó y las pistas parecían enfriarse hasta que llegó a un comedor comunitario cercano. Ahí ocurrió el golpe de suerte: la cocinera resultó ser la madre de un amigo de la infancia de Javier. Escuchó la historia y le indicó una calle cercana, donde también vivía él.
Javier acudió al lugar. Tocó puertas. Le dijeron que Felipe no estaba. Volvió más tarde. Le indicaron que vivía más abajo, hacia Zaragoza, en una zona donde había tractores y grúas. Finalmente descubrió que Felipe vivía dentro de una de esas grúas.
La explosión de la pipa de gas LP provocó grandes columnas de humo que consumieron en pocos minutos varios vehículos - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
En la zona cero también quedaron completamente calcinados algunos transportes de carga - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Vehículos particulares también fueron alcanzados por la explosión - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
“La mente de Javi”, como se llama su cuenta de TikTok, nació seis meses antes de la tragedia. Al principio eran él y su novia persiguiendo historias, inventando coberturas, intentando entrar a conciertos sin acreditación, grabando bajo la lluvia. Un día, alguien le permitió entrar como prensa. Su nombre empezó a sonar.
Antes de crear contenido trabajó en call centers. Vendía seguros, atendía llamadas interminables y cumplía horarios estrictos que contabilizaban hasta sus idas al baño. Ocho horas sentado, repitiendo frases, sin espacio para la creatividad. No era el lugar más apto para alguien como él, con una mente inquieta y energía inagotable.
En medio de la tragedia, el tiktoker Javier Rojo decidió escuchar a Felipe Ramírez y logró darle una identidad a Yofania / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Con el tiempo supo que esa forma de pensar tenía un nombre: Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad o TDAH. Ya diagnosticado, lo asumió como parte de su identidad. De ahí el nombre del canal: “La mente de Javi”, que funciona a otra velocidad, que quiere aprender y hacer todo, pero que también aprendió a enfocarse, a elegir y a decidir qué vale la pena.
La tarde del 10 de septiembre, cerca del Puente de La Concordia, en Iztapalapa, una explosión sin precedentes sacudió una de las zonas más densamente pobladas y precarizadas de la Ciudad de México, donde paraderos de transporte, comercio informal y vivienda popular conviven con infraestructura envejecida y servicios saturados. En ese entorno marcado por el tránsito constante y la urgencia cotidiana, dos hombres de una misma familia reaccionaron antes que cualquier protocolo.
Entre el olor a gas y el humo espeso, Alonso Segura Ibáñez, comerciante ambulante y motociclista, y su cuñado, el oficial Sergio Soriano Buendía, lograron salvar la vida de una bebé de dos años y auxiliar a su abuela, gravemente herida. Para Soriano, la mujer no era una desconocida: Alicia Matías Teodoro, de 49 años, trabajaba como checadora en la ruta 71 del transporte público en la zona del Puente de La Concordia, donde coincidían a diario e intercambiaban saludos y bromas.
Así lo relató Sergio Soriano Buendía, oficial de la Policía Bancaria e Industrial (PBI) de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de la Ciudad de México, en una llamada telefónica en la que recordó la tarde en que la tragediacolapsó el oriente de la capital.
Lamentablemente no la reconocí en ese momento. Las quemaduras que tenía eran horribles. La ubicábamos porque trabajamos ahí, somos del paraderoSergio Soriano Buendía, oficial de la Policía Bancaria e Industrial (PBI) de la SSC capitalina
Su voz es ligera, hasta cierto punto apacible, pero al narrar el momento en que interceptó a Alicia, quien caminaba cargando en brazos a su nieta Jazlyn Azulet, se percibe la zozobra. Alicia presentaba quemaduras severas; el impacto fue tal que, en un primer instante, no logró reconocerla.
Alonso Segura (foto) y su cuñado Sergio Soriano auxiliaron a la señora Alicia Matías, quien cubrió con su cuerpo a su nieta durante la explosión en el puente de La Concordia / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Esa versión la confirmó Alonso Segura, al encontrarlo un miércoles a las 11 de la mañana en la esquina de República de Uruguay y Correo Mayor, en un Centro Histórico de la Ciudad de México metido ya en el frenesí del cierre de año. A esa hora la zona comenzaba a llenarse: recolectores de basura, diableros cargando mercancía y una joven que ofrecía churros calientes marcaban el arranque de la jornada comercial.
Agentes de tránsito, y otros policías van y vienen. Desde la salida de la estación Zócalo del Metro y a través de un par de cuadras sobre Pino Suárez, se observaban elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) que actuaban en modo alerta, se comunicaban por su radios, buscaban a un tal “Altamirano”, algo esperaban.
La señora tenía una entereza impresionante, llegó al hospital. Nunca se quejóVirginia Soriano Buendía, esposa de Alonso Segura, comerciante ambulante
En su pequeño puesto ofrecía calcetas largas de angora y calcetines con motivos navideños: Santa Claus, muñecos de nieve, rayas verdes y blancas. Algunos tenían imanes en los brazos que se entrelazaban al acercarse. Había modelos para niños y adultos.
Jazlyn, bebé rescatada por su abuela tras explosión de pipa en Iztapalapa, regresó a México luego de ser atendida por las quemaduras en Texas / Foto: Cortesía / Fundación Michou y Mau
Mientras explicaba su rutina, un automóvil gris avanzó lentamente por la calle. La gente se arremolinó para tomar fotografías y, con los cristales abajo, se distinguió el peinado característico de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, sentada en el asiento del copiloto y saludando a los transeúntes.
El motociclista, como identificaron los usuarios de redes sociales a Alonso, mientras apoyaba a su cuñado, el oficial Sergio Soriano, fue aplaudido por propios y extraños por su rápida acción al llevar al Hospital General de Zona Número 53 a Jazlyn Azulet, que tenía quemaduras en la cabeza.
Un video de ocho minutos y 49 segundos documenta el trayecto: el momento en que Soriano encuentra a Alicia, la caminata sobre la carretera, la pausa en un banco de un puesto ambulante. El policía retira algunas prendas quemadas a la bebé; aparecen la hermana de Alicia y Alonso con su motocicleta. Deciden ir al hospital, ubicado a unos 500 metros.
“¡Va por ahí, va por ahí! ¡Dame espacio! ¡Quítate pendejo!”, gritaban desesperados. Tres minutos les tomó llegar. Alonso recuerda que dejó a Soriano y a la niña, quien fue una de las primeras pacientes en recibir atención tras el accidente. Sin perder tiempo, gritó: “¡Voy a traer a una mamá que está igual de herida!”, y regresó.
Alonso inicia su jornada laboral muy temprano y transporta su mercancía por las calles del Centro Histórico en la CdMx - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
En la esquina de República de Uruguay y Correo Mayor ofrece diversos modelos de calcetines de temporada - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
La alta afluencia en el Zócalo capitalino favorece la venta de calcetas largas de angora y calcetines con motivos navideños - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Alicia Matías Teodoro fue trasladada posteriormente al Hospital Magdalena de las Salinas, donde permaneció internada debido a la gravedad de las quemaduras. Murió dos días después, pese a la atención médica recibida.
Alonso, de 47 años, había salido ese día desde su casa en Chalco. Tomó el día libre para visitar, junto con su esposa, a su suegra, quien vivía cerca del punto cero de la explosión que ahora se sabe, cobró la vida de 32 personas.
Alonso quiso salir de inmediato, pero su esposa no lo dejaba. “Me tenía como león enjaulado”, dijo entre risas. Fue una frase la que cambió todo: “¿Tu hermano no está en el Metro, ahí en Santa Marta?”. Así lograron salir y encontrar a Sergio, a Alicia y a Jazlyn, la bebé que a finales de noviembre regresó a México de Galveston, Texas, tras recibir en el Hospital Shriners un tratamiento para sus quemaduras, según informó la Fundación Michou y Mau.
Alonso reconoce con ironía que hace una década cuando trabajaba como policía auxiliar controlaba el comercio ambulante en el Metro, aunque ahora atiende un puesto en el Centro Histórico / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Para desahogarse de la impresión de ver a personas quemadas andando en pie y a gentegrabando con sus celulares sin ayudar, esa misma noche habló con su hijo de 26 años.
Por azares del destino, ese día Alonso volvió a sentir la adrenalina que conoció cuando fue policía auxiliar del Metro, una década atrás. Controlaba el comercio ambulante dentro del Sistema de Transporte Colectivo. “Y mira, ahora estoy en el comercio”, dice con ironía.
Dejó el servicio porque no quería estar sujeto a órdenes ni a jornadas de 18 horas. Aun así, conservarespeto por las reglas,aprendizaje que atribuye a su paso por la corporación.
La fe lo es todoAlonso Segura Ibáñez, comerciante ambulante
A medida que avanza la mañana, la afluencia en el Centro Histórico aumenta y Alonso Segura continúa atendiendo a los clientes, quienes en menos de media hora le compran alrededor de 50 pares de calcetines, mientras la conversación sigue su curso.
Tiene una cicatriz en la frente después de que una camioneta se pasó una luz roja y lo impactó lanzándolo por los aires y provocándole una fractura en una pierna y una herida en la cabeza / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
En la frente de Alonso Segura destaca una cicatriz que remite a otro episodio de su vida. Hace 12 años, una camioneta se pasó un alto; el impacto lo lanzó por los aires, le provocó una fractura en la pierna y una herida en la cabeza.
Cuenta que en aquél entonces, el culpable del accidente logró un acuerdo en el Ministerio Público y a él no le pagaron ningún daño, pero eso sí, recuerda que una ambulancia llegó muy rápido para socorrerlo y que la gente que vio el choque se acercó a ayudarlo, incluso recuperaron su celular que salió volando tras el impacto.
Fueron los últimos en recibir ayuda en un lugar cuyo nombre evoca unión y armonía: La Concordia. Tras la explosión de la pipa de gas LP, los animales quedaron fuera del conteo oficial de víctimas. Algunos fueron rescatados horas después, otros permanecieron hasta 10 días en la calle, con quemaduras que les impedían moverse o volar, y cuyo dolor se expresaba en aullidos o en el silencio.
El día de la explosión, Erick García Carmona, policía segundo de la BVA tuvo que esperar más de tres horas para iniciar la búsqueda de animales heridos / Foto: Romina Solis / El Sol de México
No existe un registro exacto de cuántos animales murieron o lograron sobrevivir. Algunos fueron atendidos por policías de la Ciudad de México, rescatistas independientes y veterinarios voluntarios. Entre ellos estuvoFlamita, un perro mestizo que se convertiría en uno de los casos más representativos del rescate animal tras la tragedia.
Pese a contar con cinco años de capacitación en rescate animal en situaciones de riesgo, Erick García Carmona, policía segundo de la Brigada de Vigilancia Animal (BVA), tuvo que esperar más de tres horas antes de poder iniciar la búsqueda de animalesheridos. La prioridad, explicó, fue atender a las personas lesionadas por las llamas.
Junto con una decena de compañeros, entre ellos Mónica Garduño Ballesteros, titular de la BVA, el equipo recorrió más de 13 kilómetros desde sus instalaciones en Xochimilco hasta la zona del siniestro, al oriente de la ciudad. Pasaron varias horas antes de que se les permitiera iniciar el rastreo de animales.
Personal de la Brigada de Vigilancia Animal en un adiestramiento canino / Foto: Romina Solis / El Sol de México
Nuestra primera misión era apoyar a las personas afectadas. No fue falta de humanidad, pero había muchas personas gravemente heridas y buscando a sus familiaresErick García Carmona, policía segundo de la Brigada de Vigilancia Animal (BVA)
La brigada ya tenía identificada la presencia de perros en situación de calle en La Concordia, así como de aves silvestres, debido a los árboles altos que caracterizaban la zona y que también fueron consumidos por el fuego.
Creímos que sanaría rápido, pero su sistema respiratorio quedó muy sensible por la inhalación de gas y fuegoMónica Garduño Ballesteros, titular de la Brigada de Vigilancia Animal (BVA)
Los integrantes de la BVA están capacitados en rescate animal en situaciones de riesgo / Foto: Romina Solis / El Sol de México
El primer animal rescatado ese día fue Flamita: un perro mestizo de talla mediana, sin collar ni placa, con quemaduras en el hocico y una oreja. Las lesiones externas no parecían poner en riesgo su vida, pero el verdadero daño estaba en el interior.
“Creímos que sanaría rápido, pero su sistema respiratorio quedó muy sensible por la inhalación de gas y fuego”, explicó Garduño Ballesteros. A diferencia de otros casos atendidos por la brigada —quemaduras por pirotecnia, atropellamientos o fricción con el pavimento—, Flamita presentaba quemaduras internas, una condición poco común y de evolución incierta.
Hoy,Flamita vive en el albergue de la BVA. Sus heridas externas casi han sanado, pero permanece en cuarentena debido a que el frío agrava su condición respiratoria. “Es cuestión de tiempo y cuidados constantes”, detalló la directora de la brigada. Por esa razón, no fue posible conocerlo el día de la visita.
Los perros son paseados, alimentados y vigilados por personal capacitado / Foto: Romina Solis / El Sol de México
Casi al mismo tiempo del rescate de Flamita, el equipo localizó una paloma con el plumaje quemado. Al día siguiente, encontraron otra con lesiones severas en ojos,rostro y cuerpo. Ambas fueron trasladadas al consultorio especializado en fauna silvestre de la BVA, donde recibieron atención térmica y cuidados intensivos.
La Concordia nos dejó nuevos aprendizajesErick García Carmona, policía segundo de la Brigada de Vigilancia Animal (BVA)
Una de ellas resistió más de dos semanas, pero finalmente murió a causa de las quemaduras internas. La otra no sobrevivió. “Pensamos que podríamos salvarlas, pero estaban muy dañadas por el fuego”, lamentó Garduño Ballesteros.
En las instalaciones de la Brigada hay un aviario para resguardar aves silvestres - Foto: Romina Solis / El Sol de México
Algunas aves son resguardadas en jaulas especiales - Foto: Romina Solis / El Sol de México
También hay algunos gatos que se encuentran bajo tratamiento después de ser rescatados - Foto: Romina Solis / El Sol de México
Durante dos días, la brigada recorrió la zona para localizar restos de animales y darles un trato digno. Sólo encontraron aves. No hubo cadena de custodia ni peritajes, como ocurre con las escenas del crimen humano.
Días después, la ayuda ciudadana también llegó. A través de redes sociales, el Albergue Metzi rescató a Aslan, una cruza de pitbull con quemaduras en rostro, lomo y cojinetes, además de una fisura en la cadera. Fue localizado cuatro días después de la explosión. Su recuperación sigue siendo incierta.
Flamita sobrevivió. Otros no. La diferencia no estuvo en el dolor, sino en el tiempo, el azar y la posibilidad de ser vistos. En La Concordia, el rescate animal no fue inmediato ni prioritario, pero dejó una enseñanza clara: en las tragedias, hay vidas que siguen quedando al final de la fila.