Hace casi 70 años, cuando las carreteras aún no existían y el aislamiento era todavía mayor, Gabino Silva González llegó a este pueblo en busca de empleo.
Llegó atraído por la presencia de un aserradero que había en la zona y le daba trabajo no solo a los habitantes de La Rosilla, sino de toda la región.
Para él, la razón es clara: los jóvenes se van buscando una mejor educación.
El invierno en La Rosilla trae consigo escasez de alimentos
¿Cómo se vive con las temperaturas congelantes?
A sus 36 años, no se imagina su vida fuera de La Rosilla: ahí nació, creció y está su familia, además de su fuente de trabajo. Uno o dos meses está fuera, pero siempre regresa. “Me gusta estar en la sierra”, dice.
Después de años de recurrir a dicha práctica, asegura que no es peligrosa porque se trata de un motor de diésel, aunque debe cuidar que la lumbre no llegue a los cables.
El asilamiento es más peligroso que el frío
“Pero ahorita no hay nadie”, dice al recordar que la enfermera salió del pueblo por una emergencia familiar.
Una boda en La Rosilla fue transmitida en televisión por coincidencia
El restaurante Doña Lucy es un lugar de paso obligado que desde hace 27 años es atendido por María Leandra Gómez Mireles, a quien todos conocen como Mary.
En el menú hay comida sencilla pero sustanciosa: hamburguesas, huevos al gusto, bistec ranchero, caldillo de carne, entre otros platillos pensados para quien viene de lejos y necesita calentar el cuerpo antes de seguir su camino.
En ese entonces, la región ni siquiera contaba con electricidad; la luz llegó hasta enero de 2008.
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En 1960, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía registró 288 habitantes en esta comunidad de la sierra de Durango. Más de seis décadas después, la población se redujo casi a la mitad y el éxodo continúa. Sus habitantes están acostumbrados a temperaturas de hasta 17 grados bajo cero, pero enfrentan la falta de empleo, el aislamiento, la escasez de alimentos, la ausencia de servicios médicos y los apagones constantes
Guanaceví, Durango.-Llegar a La Rosilla nunca ha sido fácil. Desde la capital de Durango, el trayecto puede tomar hasta ocho horas para alcanzar este poblado enclavado a dos mil 717 metros sobre el nivel del mar, en la Sierra Madre Occidental. Pero el verdadero obstáculo en esta temporada del año no es la distancia, sino las condiciones del camino que separa a la cabecera municipal de Guanaceví del lugar más frío del país, azotado por la primera tormenta invernal del año, que ha dejado una capa de poco más de cinco centímetros de nieve.
“Me puse a trabajar en el serrucho, luego en las calderas, era fogonero, ahí trabajé como unos 22 años o más”, contó el hombre de 91 años con una voz a veces imperceptible. Recordó el peligro al que se exponía continuamente y que finalmente lo obligó a dejar esa actividad.
Gabino Silva trabajaba en las calderas de vapor bajo condiciones mínimas de seguridad que se creía eran necesarias en aquella época. Su instinto le decía que eso podía terminar mal en algún momento. “Va a explotar una caldera y sabrá Dios”, describe levantando las manos en señal de lo que habría sido una catástrofe para las casi 300 personas que vivían en La Rosilla en los años 60. Nada de eso ocurrió, o al menos no hay evidencia en los archivos históricos de la comunidad.
La cotidianidad del lugar no le resultaba desconocida: provenía de un pueblo de la región, conocía el rumbo y estaba habituado a la vida tranquila que ofrecían esos paisajes en medio de cerros tapizados de pinos y encinos que, por aquellos años, sustentaban la vocación económica del lugar.
En La Rosilla, además de trabajo, Gabino encontró la oportunidad de formar una familia y convertirse en uno más de los foráneos que llegaron de comunidades aledañas para habitar ese rincón que parecía próspero por la cantidad de árboles que lo rodeaban y que con el tiempo se fue desdibujando.
La Rosilla se encuentra a unas ocho horas de la capital de Durango - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Este poblado enclavado en la Sierra Madre Occidental enfrenta temperaturas extremadamente bajas - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Sus casas tienen una arquitectura adaptada a la intemperie, pensada para resistir inviernos largos y temperaturas extremas - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Sus habitantes han aprendido a convivir con temperaturas de hasta 17 grados menos cero - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Sentado en una silla de ruedas, Gabino busca el calor de los rayos del sol que se asoman luego de una intensa nevada de la que aún había rastros la mañana de ese martes. Él y su familia son de los pocos que se quedaron en el pueblo en estos días.
Es común que durante el invierno la mayoría de quienes habitan en La Rosilla se vayan. No lo hacen por las bajas temperaturas, porque ya están acostumbrados, sino por las implicaciones: quedan incomunicados, sin energía eléctrica ni señal de internet.
La historia de Gabino Silva Salazar es una muestra del abandono gradual del pueblo por la falta de empleo y su lejanía. Un censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) de 1960 registró 288 habitantes; seis décadas después contó apenas 166 personas.
Salen de la escuela y tienen que irse a estudiar a otro lado, porque la primaria y la secundaria ya no son suficientesGabino Silva González, habitante de La Rosilla
Viajan principalmente hacia Hidalgo del Parral, una ciudad colindante con Durango de la que la comunidad de La Rosilla se siente parte. A pesar de que la cabecera municipal de Guanaceví, a la cual pertenece, está prácticamente a una hora y media en condiciones favorables, sus habitantes prefieren recorrer los 150 kilómetros que los separan de Chihuahua porque ahí encuentran servicios médicos, educación y suficientes lugares para abastecerse de comida e insumos.
“Tardan hasta 15 días para venir a surtir, y a veces más”, dice Sabina Fuentes Cano, mientras atiende una de las dos tienditas de abarrotes que hay en La Rosilla. La otra cerró desde el inicio del frente frío, porque durante las nevadas los productos escasean y los proveedores tardan en llegar por las condiciones de los caminos.
Asomada desde la ventana de un cuarto pequeño que acondicionó para su negocio, voltea a ver la mercancía que tiene; mentalmente hace un balance de cuántos días podría aguantar. Luego cuenta que el camión que le trae las cosas cobra hasta mil pesos solo por transportarlas.
“Si me traen cuatro mil o seis mil pesos de mandado, tengo que darles aparte los mil pesos del transporte”. Suspira antes de asegurar que este ya no es un negocio redituable. “Ya no nos da, porque si uno les da muy caro, ¡imagínese!, no nos compran”.
Productos como las papas fritas, tan populares entre niños y jóvenes, llegan a venderse en 22 pesos, aunque en otras tiendas de la región tienen un costo promedio de 25; la ganancia es mínima, casi simbólica. Aun así, Sabina se niega a cargar a sus clientes ese sobrecosto.
Con un servicio de energía eléctrica inestable, sobre todo cuando hay lluvias, fuertes vientos o nevadas intensas como las que se hacen presentes durante enero, el pueblo se queda sin electricidad durante dos o tres días seguidos, hasta que personal de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) acude a reparar el servicio.
Estos inconvenientes marcan la dinámica de la alimentación en la comunidad, que está compuesta en su mayoría por semillas como frijol, arroz y lentejas; además del alto consumo de otros productos como las sopas, algunas verduras y, sobre todo, la papa, tubérculo que es cosechado para consumo de la misma población.
Si bien productos como la carne no forman parte de la dieta diaria de los habitantes de La Rosilla, los comerciantes conservan este y otros alimentos perecederos de manera artesanal. Por las noches los colocan sobre los techos de los vehículos para aprovechar el aire helado y durante el día los resguardan nuevamente para su venta y consumo. Es una rutina aprendida desde la necesidad, explica Sabina.
El ganado constituye un ingreso económico importante para el sostén familiar - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Los dueños de cabezas de ganado venden los becerros que crían - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
El pollo es criado en corrales, por eso suele ser la proteína más común; y aunque también tienen algunas cabezas de ganado, no las usan para alimentarse, sino para la reproducción. Vender los becerros fuera del poblado asegura el sustento económico de las familias que se dedican a su crianza.
Sabina mantiene su negocio más por gusto que por las ganancias. “Me gusta mucho la tienda, me gusta trabajar aquí”, dice convencida de permanecer en el lugar por el resto de su vida, aunque para sobrevivir su esposo deba realizar trabajos fuera de la comunidad.
El trabajo en torno a la madera es el único disponible en el lugar y, tras la desaparición del aserradero, quienes continúan dedicándose a esta actividad, como Mario Antonio Álvarez Pineda, solo ofrecen servicios de transporte. “Solo nos llevamos lo que se corta”.
La vida es más tranquila que en las ciudadesMario Antonio Álvarez Pineda, habitante de La Rosilla
Conduce un tractocamión que recorre las veredas serranas y carreteras que no siempre están en buen estado; lleva la madera a donde se lo pidan, pero cuando la nieve cubre los caminos la actividad se detiene: no hay margen para poder transitar.
Incluso encender el camión puede ser todo un reto. “Cuando el aceite está cuajado, les pone uno lumbre temprano debajo del cárter, donde está el aceite, para que se vaya descongelando y batalle menos el motor en arrancar”, explica Mario Antonio.
Para arrancar su camión, Mario Antonio muestra cómo logra descongelar el aceite prendiendo lumbre debajo del cárter - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Aunque se trata de un motor de diésel, debe cuidar que el fuego no llegue a los cables - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Los tractocamiones recorren veredas serranas y carreteras que en ocasiones se encuentran en mal estado - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
El hielo cubre los vehículos y vuelve complicada su circulación - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Durante el invierno, la vida en La Rosilla inicia entre las 6:00 y las 7:00 de la mañana; cuando el sol apenas se asoma y el termómetro sigue anclado en los 15 grados Celsius bajo cero, las familias inician su jornada. El frío cala hasta los huesos, pero los habitantes se han adaptado y resistido temperaturas incluso de menos 26 grados centígrados, tal como sucedió un 12 de diciembre de 1996.
Ignacia Silva Quiñonez es una de las 166 personas que decidieronquedarse a vivir en el congelador de México, mote que le pusieron a La Rosilla desde el centro del país, cuando comenzaron a documentarse las temperaturas mínimas a las que puede llegar durante los primeros meses del año.
Lo hizo pensando principalmente en sus padres; ambos son adultos mayores. “Yo trabajaba en Parral, pero a veces se enfermaba mi papá y mi mamá y no me estaba a gusto, entonces me vine y ya no me fui de aquí”, contó.
Según el Inegi, en La Rosilla existe una población de 12 adultos mayores de 65 años, quienes se niegan a salir del lugar que conocen de toda la vida. Son las hijas, principalmente, sobre quienes recae la responsabilidad de cuidarlos.
Es el caso de Ignacia o de la hija con la que vive Gabino, quienes permanecen en la comunidad, aunque la mayoría de sus familiares ya migró a Parral; no resulta extraño que el porcentaje de población femenina hasta hace cinco años fuera muy similar al masculino.
En el recorrido, el pueblo aparece casi vacío. Las calles están flanqueadas por casas de colores vivos que contrastan con el blanco que dejó la nieve. Los techos, más bajos de lo habitual, buscan conservar el calor que se pierde cuando el hielo comienza a derretirse y el viento vuelve a soplar con fuerza. Es una arquitecturaadaptada a la intemperie, pensada para resistir inviernos largos y temperaturas extremas.
Yo trabajaba en Parral, pero a veces se enfermaba mi papá y mi mamá y no me estaba a gusto, entonces me vine y ya no me fui de aquíIgnacia Silva Quiñonez, habitante de La Rosilla
Para Ignacia, que ahora vive con su hija menor, las complicaciones no siempre tienen que ver con el clima, sino con lo que este provoca. “El frío ya no se nos hace complicado; lo que me preocupa es no tener leña y cuando no tiene uno alimentos porque tiene que encargar a Parral. Ahorita no hay nada en las tiendas”.
Pero esto es parte de la vida cotidiana en La Rosilla, como recolectar la nieve en un cazo de metal, luego derretirla en las estufas de leña que abundan en las casas ante la falta de una estación de servicio de gas cercana y que además sirven de calentón para atenuar el impacto del frío en los hogares.
Como todo en los pueblos fundados en medio de la Sierra Madre Occidental, aquí los servicios médicos también escasean y, aunque existe una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en la que trabaja Ignacia haciendo la limpieza, solo hay una enfermera que atiende situaciones de salud mínimas, muchas veces sin medicamentos a la mano.
Esta situación deja a los habitantes de La Rosilla a la bendición de Dios, dicen. Si se diera una urgencia, tendrían que trasladarse por su cuenta y recorrer caminos en mal estado hasta llegar a Parral, donde encuentran un hospital y el acompañamiento de la familia que vive allá.
Para las familias de La Rosilla es habitual recolectar la nieve en un cazo de metal y derretirla en estufas de leña - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
La leña es uno de los productos más importantes para los habitantes - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
A 15 minutos de La Rosilla, en la localidad conocida como Cedros, se encuentra un pequeño restaurante familiar que desde hace décadas ofrece comida caliente y refugio. Sus dueños cuentan algunas memorias a quienes los visitan.
Antes de que ella llegara, el local era atendido por la abuela de su esposo, Jesús Guadalupe Martínez Cuevas, El Chino. Tras el fallecimiento de doña Lucía Quiñones —quien dio nombre al establecimiento—, él quedó al frente del negocio, heredando no solo el histórico fogón, sino una tradición que se ha sostenido por generaciones.
“Tengo 27 años aquí, pero el restaurante tiene como unos 45”, cuenta Mary. Es el único establecimiento de comida en una zona a donde la gente no viaja por placer, sino por trabajo; por ello, es común ver choferes de camiones de carga pesada y transporte de pasajeros que solo llegan de pasada.
Con lo poco o mucho que se gana aquí hemos podido criar a nuestros hijosMaría Leandra Gómez Mireles, habitante de la localidad de Cedros
El abastecimiento no es sencillo: los insumos llegan desde Guanaceví y, cuando hay oportunidad, ella y su esposo los surten. “Todo ha subido mucho”, pero el negocio se mantiene gracias al trabajo familiar y a una cocina que nunca se apaga, menos aún cuando el frío golpea intenso, dice.
A pesar de las condiciones, el negocio ha permitido que la familia salga adelante. “Con lo poco o mucho que se gana aquí hemos podido criar a nuestros hijos”; uno de ellos, incluso, pudo comprar un camión de carga con el que ahora trabaja y apoya a la familia económicamente.
Y entre las tantas anécdotas que tienen por contar, Mary y El Chino recuerdan una en particular, ocurrida en 2007, cuando, mientras se realizaba su boda y el bautizo de su hijo mayor, llegaron al lugar reporteros de Televisa con el interés de documentar la vida en la zona más fría del país.
“No estábamos vendiendo comida, ese día la estábamos regalando”, recuerdan. Los reporteros comieron gratis tacos de barbacoa, frijoles charros y arroz; fueron entrevistados y el vals improvisado se transmitió a nivel nacional en el noticiario de Joaquín López Dóriga. “Ni nos la creíamos”, recuerda El Chino.
La localidad de El Cedro se ubica a 15 minutos de La Rosilla - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Desde hace 45 años, el restaurante Doña Lucy es un lugar de paso obligado para quienes buscan calentar el cuerpo con un buen alimento - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
A más de 40 años desde su fundación, el restaurante sigue en pie; ya no es aquella casita fabricada con tablas de madera que inició con la sazón de Doña Lucy. Hoy es un lugar amplio, fabricado con paredes de concreto, que conserva el mismo color verde claro que se observa en una de las imágenes colgadas en la pared, donde también está la fotografía de los dueños en aquella boda televisada a nivel nacional y cuya nota guardan grabada en un cassette VHS de la época, un formato de video analógico muy popular en aquellos años.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en La Rosilla viven 56 niños de entre cero y 14 años. José Mateo Torres Gándara es uno de ellos. Está por concluir la primaria y, como para la mayoría de los niños de su edad, asistir a la escuela forma parte de su rutina cotidiana, incluso cuando el frío se cuela por los resquicios del aula en la Escuela Primaria Federal Ricardo Flores Magón.
En esta comunidad, el clima no es una excepción, sino una constante. Los niños aprenden desde pequeños a convivir con él. Por ello, los padres de familia y otros habitantes se organizan para acercar la leña con la que los maestros intentan mantener cálidas las aulas, mediante una estufa de leña adaptada con tubos que conducen el humo hacia el exterior.
Escuela Primaria Federal "Ricardo Flores Magón" - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
En La Rosilla viven 56 niños de entre cero y 14 años de edad - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Los niños también han aprendido a convivir con el frío - Foto: Lulú Murillo / El Sol de Durango
Aunque ir a la escuela no le entusiasma demasiado y, al preguntarle por su interés en el estudio, responde con franqueza que “casi no”, eso no anula sus aspiraciones. Cuando se le pregunta cómo imagina su futuro, contesta sin titubeos que quiere ser doctor.
Mateo aún no lo sabe, pero podría convertirse en el primer médico de La Rosilla, una comunidad donde las condiciones de vida son duras y el acceso a servicios de salud es limitado. Tal vez por eso el deseo de cuidar a otros aparece como un sueño silencioso, pero firme.