No sueñan con llenar estadios, sino con completar los gastos para cubrir el día. Dos cantantes y un flautista cuentan cómo encontraron en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México una forma de subsistir, para seguir alimentando sus anhelos y su vocación
Comenzó a soñar con tocar el violín, pero al final lo sedujo otro instrumento: la flauta transversal.
“Cuando vi los precios de las iPads y los pianos modernos me di cuenta que tendría que ponerle una pausa a mi carrera”, dice, mirando el paso de los transeúntes, como reprochando aún ese momento.
Dante lleva al menos 12 años en las calles, en camiones y vagones de Metro. Gracias a ello es que ha logrado construirse una carrera, “boteando”, como dicen los músicos coloquialmente.
Recuerda que estaba concentrado en su labor, pero “veía sus manitas (las de Vicente Fox) y me daba cuenta de que sí le gustaba la música”, dice con orgullo.
Una contralto con asma
Yuri sonríe mucho, su voz se escucha con gran potencia en cada oración. No soñaba con cantar ópera, pero desde niña quería dedicarse a la música. Incluso pidió a sus padres que le compraran un piano, pero se lo negaron porque era muy caro.
Yoselín, no ve su futuro en la calle
Su historia en las calles comenzó a los 15 años, también en los vagones del Metro, donde la detuvieron en más de una ocasión.
Fueron años de aprendizaje, sí, pero también de peligro, pues reconoce que entonces seguía siendo una niña.
Actualmente, Yoselín ensaya Elixir de amor, de Gaetano Donizetti. Por las tardes trabaja en el Centro Histórico con su bocina.
Pago de cuotas
Hay algo en lo que coinciden los tres músicos: como en todo lugar donde hay algún tipo de trabajo no formal, hay alguien que manda.
Hay varias organizaciones que controlan los espacios y hasta cobran por su uso.
También hay otros que están organizados en colectivos. Yoselín y Dante son parte de uno, junto con otros 30 artistas más.
Precariedad, el fondo del problema
De acuerdo con sus hallazgos, una de las características centrales del sector es la multiactividad, que responde a la constante precarización laboral.
Es un problema estructural, en el que ni siquiera existe “una forma de reconocimiento para que los músicos sean incorporados a instituciones de seguridad social, a menos que sean trabajadores formales con contratos reconocidos”, puntualiza la experta.
Con una inversión de 540 millones de dólares, el proyecto en Huamantla forma parte de una estrategia nacional para fortalecer la producción y reducir importaciones
Campeche registró un aumento del 26.5 % en casos de varicela, especialmente en población infantil, mientras que el dengue mostró una ligera disminución, según datos oficiales del Sinave y autoridades de Salud.
Debido a la falta de un seguro de desempleo robusto y universal, las personas ingresan al sector informal inmediatamente si un trabajo formal no está disponible
En el Centro Histórico de la Ciudad de México, el ruido y la prisa no dan tregua. Los comerciantes anuncian productos a gritos y los megáfonos prometen irresistibles descuentos, mientras en los bares y restaurantes resuenan canciones de Caifanes, Peso Pluma o Bad Bunny a todo volumen. Aunque hay turistas y curiosos, la mayoría no camina por gusto: avanzan porque tienen que llegar a algún lugar. Todo parece inercia y vértigo.
Este paisaje sonoro se repite a lo largo de varias cuadras hasta que, de pronto, un sonido distinto se abre paso entre el barullo. Puede ser una pieza de música clásica, un aria de ópera o una canción del repertorio popular mexicano, interpretada por alguno de los músicos urbanos que recorren cada vez con mayor frecuencia las calles de la capital del país, algunos con formación profesional, aunque sin trabajos estables.
Según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), durante el primer trimestre de 2025, la informalidad laboral de músicos en el país alcanzó un 93.9 por ciento, de un total de 126 mil que se reconocieron como población ocupada, algunos con varios empleos e ingresos de poco más de siete mil pesos, en promedio.
Entre estos músicos está Dante Fernando, quien, con su flauta transversal en boca, toma aire e interpreta el célebre Vals número 2 de la Suite para orquesta de variedades, de Dmitri Shostakóvich, transformando el asfalto frente al Gran Hotel de la Ciudad de México en una efímera sala de conciertos. No hay taquillas, sólo algunas monedas de cooperación y gestos de reconocimiento.
“Lo que trato es que estamúsica no muera. Y cuando veo la reacción de las personas que la conocen y sacan su teléfono para grabarme, aunque no me den dinero, estoy feliz, porque por lo menos se están llevando un cachito de todo esto que amo y es mío”, dice el músico originario de Ecatepec, quien se expresa con humildad, pero también tiene una gran seguridad respecto al valor de su oficio.
Digo, a lo mejor al rato también me comparten en TikTok y ya comienzo a salir por ahí en otras partesDante Fernando, flautista
Su primer acercamiento a la música y a la idea de tocar un instrumento fue el día que descubrió el rock y el metal. Estudiaba la secundaria, y estaba a punto de entrar a la escuela media superior. “Era reguetonero. Un día mi hermano me trajo un disco que decía en la portada Mägo de Oz y las fuerzas del rock. Tenía canciones de Rata Blanca, de Mägo de Oz y de Status Quo, que hicieron que me enamorara completamente del rock y la música celta”.
El primer acercamiento de Dante con la idea de tocar un instrumento surgió al escuchar rock y metal en un disco de Mägo de Oz / Foto: Omar Flores / El Sol de México
“Tenía 15 años y recuerdo que junté todo el dinero que pude trabajando con mi papá. Y llegando aquí a Bolívar, en el Centro —una calle donde se puede conseguir cualquier instrumento— la vi en un anaquel y dije ese es el instrumento que tengo que aprender a tocar”.
Aprendió a tocar la flauta de forma autodidacta, viendo videos e imitando a Fernando Ponce de León, el flautista de Mägo de Oz. En una escuela particular aprendió piano y los conocimientos que hoy utiliza, desde lectura de partituras hasta ecualización de sonido y cómo comportarse frente al público, pues ahí preparaban estudiantes especialmente para tocar en los conjuntos de artistas famosos y consolidados en la industria comercial.
A los dos años de carrera, Dante debió dejar sus estudios por lo caro que era mantener la colegiatura, tenía que pagar unos dos mil pesos mensuales, y además comprar instrumentos caros, gadgets y programas necesarios.
Dante busca contribuir con el sonido de su flauta transversal a que la música no muera / Foto: Omar Flores / El Sol de México
Al preguntarle qué fue lo que lo llevó a tocar en las calles, no es el amor por la música lo primero que sale de su boca, sino la necesidad y la desesperación, pues estaba a punto de recibir a su segundo hijo y no encontraba ningún trabajo que cubriera sus gastos.
“Ya había tocado en escenarios para 10 mil personas, como en el Centro Cívico de Ecatepec. Pero no se compara nada a mi primer vagón del Metro. Me temblaban las piernas y la boca, y hasta me equivoqué en las primeras tres canciones, aparte de que tuve que luchar contra la apatía de la gente”, relata Dante, quien ahora tiene tres hijos, 32 años y un trabajo por honorarios en el Palacio de Hierro también en el centro de la ciudad.
Las cosas han cambiado para el músico, quien toca ahora con una bocina de más de 10 mil pesos y una tableta desde la cual controla sus ecualizaciones y muestra a los transeúntes la canción que está interpretando en ese momento.
Su repertorio lo escoge basándose en el tipo de público y sus gustos personales. Dante incluso manda a hacer pistas personalizadas para canciones que le gustan, como las de David Garrett, adaptándolas para flauta transversal.
Luego de 12 años trabajando en el Metro y la calle, Dante se ha construido una carrera / Foto: Omar Flores / El Sol de México
Para personas mayores, como las que encuentra en el Palacio de Hierro o en eventos, toca boleros, a Frank Sinatra y Juan Gabriel. También incluye canciones en honor a su abuelo, quien solía escuchar a Luis Miguel, Roberto Carlos y las composiciones de Rubén Fuentes.
Cuando se trata de jóvenes intenta tocar música más punchi, como Bill Haley, combinada con electrónica. En general, su repertorio incluye temas de películas de Disney y otras cintas populares. También toca música clásica y tangos, por lo que es común escucharle interpretar a Edward Elgar, con su pieza Salut d’Amor, Mozart o Bach, junto piezas como La cumparsita, del compositor Gerardo Matos, pero que Carlos Gardel hizo famosa, y Libertango, de Astor Piazzolla.
Dante es perspicaz y estratégico. Sabe que las redes sociales son una buena herramienta para su trabajo, pero no sube a su cuenta las canciones más difíciles, ni las que más le aplauden “para evitar que otros músicos le copien”.
Para sobrevivir, dice, también hay que conseguir buenos huesos, otro término popular entre los músicos que usan para referirse a trabajos eventuales e inesperados, como la vez que le llegó la invitación para tocar en el Club de Banqueros, e interpretó algunas piezas para la familia del expresidente Vicente Fox y uno de los hijos del fallecido capo de la droga colombiano Pablo Escobar, “que ya no se dedica a la maña, sino a dar conferencias”.
Dante coloca algunos dólares para atraer más dinero de los oyentes, aunque lo hace más como una estrategia que como superstición / Foto: Omar Flores / El Sol de México
Cada día en la vida de un músico es una aventura. Siempre vas a encontrar a alguien diferente, en una situación distinta, ya sea en medio de algo trágico o alegre, pero siempre como una experiencia más que humanaDante Fernando, músico originario de Ecatepec
Cuenta que cada que pone su atril y el estuche de su instrumento para que la gente deposite dinero ahí, él mismo le echa un par de dólares “para que atraiga más dinero”, dice guiñando el ojo. Ganarse la moneda, llenar el bote y sacar los mejores huesos no sólo es superstición, también es estrategia, afirma el músico.
A un lado del edificio alterno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la contralto Yuri López interpreta Por ti volaré, conocida en la voz del tenor italiano Andrea Bocelli, luego Sabor a mí, de Álvaro Carrillo, y Panis Agelicus, de César Frank (1872), pero que popularizó Luciano Pavarotti en el siglo XX. La gente la mira y esboza una sonrisa, hay quien baila como si estuviera en medio de un ballet.
Desde niña, Yuri López quería dedicarse a la música, pero nunca soñó con cantar ópera / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Cuando estudiaba en el Colegio de Bachilleres 7, en su natal Iztapalapa, la motivaron a entrar al taller de coro, pues “no tenía voz de cantante pop, sino de ópera”. Entonces ella quería forma parte de alguna banda de rock que fuera como My Chemical Romance o Linkin Park, que tanto le gustaban: “Era una chica emo de aquella época”, bromea.
Tras concluir sus estudios de enseñanza media, Yuri buscó profesionalizarse, pero su anhelo se detuvo al intentar ingresar a alguna de las escuelas del Instituto Nacional de Bellas Artes, donde le dijeron que nunca alcanzaría los niveles de exigencia.
“En las pruebas te mandan a hacerte exámenes clínicos y ahí salió que era asmática. Y pues obviamente hubo una temporada en la que tuve depresión”, dice Yuri, quien asegura que por su estado de salud, cada jornada representa un reto que pone a prueba su capacidad física, y a eso se añaden las inclemencias ambientales del Valle de México.
“Es muy difícil, porque no falta el que pase y te tose enfrente o que pasa fumando su cigarro. Eso también lastima las cuerdas vocales. Lo que puedo hacer es tomarme mi té de jengibre al principio y al final; y también los chochitos de árnica, que son para relajar el músculo.
“Pero también hay días muy contaminados, en los que jalas aire y ya te pica todo el pulmón. Y yo, como asmática, lo siento. No sé si las personas normales lo sientan, pero yo lo siento al triple”, dice, también riendo, pero colocando su mano a la altura de uno de sus lóbulos inferiores.
A Yuri le gusta romper con la inercia en la vida de las personas que se detienen a escucharla / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Desde aquel episodio, cuando intentó ingresar a una escuela, comenzó a instruirse con maestros particulares y aprovechar algunas opciones gratuitas que ofrece el gobierno. Y no ha parado de cantar también, como lo hizo cuando empezó a los 18 años, en los vagones del Metro y afuera de fábricas.
“Lo que he tenido son complicacionesde tiempo, porque una ya tiene gastos de adulto. Que si la renta, que si la comida, que si el agua, que si la luz. Además, mi mamá es mamá sola y también le ayudo con mi hermana y sus libros”, esto sin contar que también tuvo que afrontar complicaciones en uno de sus riñones.
Mientras me pedían que estudiara, yo tenía la preocupación de salvar mi riñón y mis cositas, porque… como dicen ‘primero está la salud y luego todo lo demás’Yuri López, cantante urbana
Y, aun así, a pesar de todo Yuri ha insistido en seguir cantando, porque le gusta que la gente le diga que canta bonito, ofreciendo buenas experiencias, aunque sea por unos cinco minutos, rompiendo la inercia cuando alguien puede “venir muy triste o muy enojado”.
Hay jornadas con buena remuneración y otras no tanto, pero Yuri encuentra en su familia el impulso para regresar a la calle y resistir / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
No todas las jornadas dan el mismo resultado, a veces se regresa a casa con sólo 50 pesos, aunque asegura que hay días tan buenos que puede regresar hasta con dos mil pesos, pero son poco comunes. También ha conseguido algunos huesos, que la han llevado a tocar en distintos coros, misas y bodas y, una vez, en el Castillo de Chapultepec.
En su repertorio siempre regresa a L’amour est un oiseau rebelle, un aria de la ópera Carmen de Bizet, popularmente conocida como La habanera, la primera que su maestro de bachilleres le confió. Canta también La donna è mobile, O mio babbino caro, el brindis de La traviata, Caruso, además de canciones mexicanas de Manuel M. Ponce o María Grever.
Al acabar su jornada de tres o cuatro horas, Yuri deja su bocina en un local de pizzas donde tiene una conocida a la que siempre saluda cantando. Cuando llega a su casa, platica con su madre y su hermana, antes de dormir abraza a su perrita chihuahua llamada Princesa, para al otro día volver a salir a la calle a resistir.
En la calle República del Salvador, entre Isabel la Católica y Bolivar, la soprano lírica Yoselín Sánchez, canta O Sole Mio, del compositor napolitano Eduardo di Capua. La joven de 23 años observa la arquitectura del Centro Histórico y percibe que su música tiene una hermosa resonancia, aun así, dice, no quiere estar siempre en las calles.
Yoselín Sánchez agradece el aprendizaje que ha tenido en las calles, pero sigue preparándose para irse al extranjero / Foto: Romina Solis / El Sol de México
“Las calles me han dado muchísimo, pero no me voy a quedar aquí toda la vida. No es mi meta. Me han ayudado a formarme, me han ayudado económicamente muchísimo, pero yo quiero ir a más allá. Estoy formalizando mis estudios, me estoy preparando más, porque quiero que más gente me vea, me conozca, y ya una meta a muy, muy largo plazo, pues sería irme al extranjero”.
Canta desde los 14 años, cuando empezó en el coro de la Orquesta Sinfónica Esperanza Azteca; luego pasó por el coro de la Preparatoria 7 de la UNAM y también por el de la Facultad de Ingeniería. A los 16, en el auditorio de la prepa, tuvo la oportunidad de interpretar un solo que preparó durante meses; terminó de cantarlo y supo que no quería hacer otra cosa.
Intentó, sin éxito, ingresar dos veces a la Facultad de Música y una al Conservatorio. Durante un par de años creyó que la vida le estaba diciendo que ese camino no era para ella. Hasta que alguien le habló del plantel donde hoy estudia, la Escuela de Bellas Artes de su municipio, Nezahualcóyotl, donde ya cursa el segundo año.
Yoselín empezó a cantar a los 15 años en vagones del Metro, donde la detuvieron en varias ocasiones / Foto: Romina Solis / El Sol de México
“Comencé a cantar porque mi papá estaba enfermo. Él tenía insuficiencia renal y su tratamiento era un poco caro. Empecé sacando para mis libros, para mis pasajes, para mis comidas”, recuerda y en más de una ocasión se le quiebra la voz.
A lo mejor no podía ayudar tanto con lo que se ocupaba para el hospital de mi papá, pero podía ocuparme de mis gastos. Una vez que me detuvieron, él estaba pasando por un tratamiento de hemodiálisis, por lo que cuando yo estaba arriba de la patrulla pues solamente pensé, ‘no le voy a decir porque se va a preocupar’”.
Veía a los vagoneros en las estaciones fumando, drogándose, tomando. No era un ambiente sano para míYoselín Sánchez, soprano lírica
Hoy, llega en scooter a la escuela. En su mochila lleva una tablet donde ve todas sus partituras, además de una libreta pautada, lapicera y una botella de agua. Toma clases de informática musical, acompañamiento con pianistas, práctica instrumental y montaje de ópera. Todo con la ilusión de que al recibirse se abrirán las puertas a mejores escenarios.
“Creo que la mayoría de los que estudiamos aspiramos a un trabajo formal. Si no fuera así, no habría tantos inscritos que lo que buscan es la profesionalización. Hay mucha gente que ya estando en la escuela sabe demasiado. La inquietud de tener el título es poder decir aquí estudié y aspiro a tener prestaciones y tener seguro social”.
Yoselín asume el reto de lograr que las personas valoren su voz / Foto: Romina Solis / El Sol de México
“Botear ha sido muy bueno, porque como estudiante no te da tiempo de tener un trabajo formal. A veces tengo conciertos o ensayos, en un trabajo no me darían las facilidades de irme, pero también me sirve porque en dos horas saco lo que sacaría en cualquier trabajo de ocho”.
“Muchas de las piezas que trabajo aquí las he estudiado en la escuela. Al final de cuentas estar aquí también me sirve como un refuerzo para la escuela”, agrega Yoselín, quien a riesgo de sonar vanidosa confiesa que le gusta mucho que la gente la voltee a ver en la calle y valore su voz. Es una dura prueba de fuego, cotidiana y constante.
Tiene presente lo que le dijo un amigo, el primer día que abordó el Metro con la intención de cantar de vagón en vagón. “Cuando tú tienes un recital la gente va a verte a ti. Aquí, en la calle, a la gente no le importas, siguen su camino. Y lo que tú tienes que hacer es lograr que a la gente le guste lo que haces”.
La calle con mayor tolerancia es 16 de septiembre, donde se concentran la mayoría de los músicos, quienes se turnan y dividen los espacios. Ahí, en cada esquina es posible ver personas en situación de calle con algún instrumento escolar, hasta bandas enteras de jazz, música tropical, zapateado huasteco y flamenco, son jarocho y beat box.
Yoselín cree que una credencialización de músicos trabajando en el Centro Histórico haría las cosas más tranquilas para ellos / Foto: Romina Solis / El Sol de México
Yuri, por ejemplo, paga, pero no dice cuánto ni a quién. Así trabaja de manera independiente, para evitar conflictos con otros músicos, con los que ha llegado a tener discusiones de distintos tipos, principalmente por egos.
“Somos músicos organizándonos, no se cobra derecho de piso a nadie, ni se les pide nada. Hemos buscado entre nosotros hacer una credencialización, porque también ha llegado gente externa, gente agresiva que dice que son de nuestro grupo y no lo son. Pero más allá de pelearnos por los lugares, lo que buscamos es que las cosas sean tranquilas y pasivas entre nosotros mismos”, dice Yoselín.
Para Dante trabajar en las calles del Centro Histórico no representa más riesgo que cualquier otro barrio de la ciudad / Foto: Omar Flores / El Sol de México
¿Hay inseguridad? ¿No te da miedo que un día alguien te quiera robar tu bocina o tu tableta? Se le pregunta a Dante, quien de pronto cambia su expresión luminosa, por una irónica, pero sin dejar de sonreír: “Ahora sí que hay que estar a las vivas, como en cualquier barrio. Y, bueno, uno no olvida la cruz de su parroquia”, responde el treintañero mientras acomoda las solapas de su saco y su cabello, orgulloso de ser de Ecatepec.
Las historias de Yuri, Yoselín y Dante no son aisladas. Las investigaciones de la doctora Rocío Guadarrama Olivera, autora del libro Vivir del arte: la condición social de los músicos profesionales en México (2022), reflejan precisamente la compleja relación de los músicos con el campo laboral y los centros de formación.
Los artistas escénicos y los músicos deben emplearse en distintas actividades relacionadas con la música o no, para sobrevivirDoctora Rocío Guadarrama Olivera, autora del libro “Vivir del arte: la condición social de los músicos profesionales en México”
Guadarrama Olivera reconoce la importancia de un censo y estadísticas como la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), que evidencian los altos índices de informalidad laboral, pero señala que la realidad de los músicos es mucho más móvil y difícil de registrar, ya que “pueden tener un contrato formal por algunas horas como docente, pero al mismo tiempo desarrollar varias actividades informales”.
También señala que si bien actualmente la escuela de música del país ha experimentado un incremento en su número de matrículas, no es común que los alumnos se titulen sin interrumpir o volver intermitente su profesionalización, ya que incluso se ven obligados a trabajar para hacerlo.
Las instituciones de formación profesional no tienen un vínculo actualizado y necesario para incorporar a la población que forman al mercado de trabajoDoctora Rocío Guadarrama Olivera