Cuando la devoción nace del agradecimiento se vuelve tradición: familia Salas Quintana
Desde hace 40 años peregrinan desde el municipio de Ciudad Jiménez hasta el Pueblo del Tizonazo; “el Señor de los Guerreros ayudó a mi esposo a conseguir trabajo, y desde entonces hemos cumplido nuestra promesa de venir”
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Fe que cruza generaciones: la familia Salas Quintana mantiene viva su peregrinación al Tizonazo desde hace más de 40 años / Foto: Javier Cruz / El Sol de Parral
Desde el municipio de Ciudad Jiménez, la familia Salas Quintana emprendió una vez más su tradicional peregrinación rumbo al El Tizonazo para celebrar al Señor de los Guerreros, reafirmando una promesa que nació hace más de cuatro décadas y que hoy continúa vigente a pesar del paso del tiempo y la ausencia física del patriarca del hogar.
María Elena Quintana de Salas recordó que la primera manda surgió cuando su esposo prometió acudir cada año al santuario si lograba conseguir trabajo en el ferrocarril. La petición fue concedida y, desde entonces, la familia no ha dejado de cumplir su palabra. “Él prometió que si se quedaba a trabajar veníamos a visitar al Señor de los Guerreros. Y desde entonces agarramos a venir y a venir”, expresó con emoción.
Este 2026 se cumplen 40 años desde que María Elena comenzó a peregrinar junto a sus hijos, quienes en aquel entonces eran apenas unos niños. Hoy, la tradición se ha extendido a las nuevas generaciones. Aunque en esta ocasión no todos los nietos pudieron asistir, la familia viaja con un grupo aproximado de 13 personas, distribuidas en dos camionetas, equipadas con todo lo necesario para su estancia.
“Antes pagábamos entre todos una camioneta para que nos trajera y veníamos todos a montones, mis hijos chiquitos”, relató. Con el paso de los años y gracias al esfuerzo familiar, ahora cuentan con vehículos propios que les permiten trasladarse con mayor comodidad. “Ya gracias a Dios esta camioneta ya es de nosotros, y la que trae mi hijo también. Ya tenemos en qué venir”.
María Elena Quintana de Salas recordó que la primera manda surgió cuando su esposo prometió acudir cada año al santuario si lograba conseguir trabajo en el ferrocarril / Foto: Javier Cruz / El Sol de Parral
El viaje no es improvisado. Como cada año, realizan una parada para almorzar en un punto habitual del camino en la salida de Parral rumbo a Matamoros y posteriormente continúan hasta Las Nieves para cargar combustible antes de llegar casi al destino final, donde hacen una pausa para recolectar leña y preparar sus alimentos. Mesas, sillas, comales y utensilios forman parte del equipaje que trasladan con dedicación.
La fe que los mueve también se expresa en sacrificio. En varias ocasiones han pagado mandas caminando descalzos desde Puerto de Cabrera hasta el santuario. Este año, María Elena y uno de sus hijos cumplen nuevamente esa promesa. “Mi hijo y yo vamos descalzos, ellos nos acompañan con tenis, pero descalzos nada más nosotros dos”, comentó.
En la escena se observa a la familia reunida al costado del camino, haciendo una pausa en su trayecto rumbo al Tizonazo. La camioneta, adaptada con un camper, luce cargada en la parte superior con colchones bien amarrados, cobijas dobladas y equipaje asegurado para resistir el viaje. En su interior se alcanzan a ver víveres, utensilios y provisiones que les permitirán permanecer varios días en el santuario.
En la parte trasera, con la puerta abierta, han improvisado su punto de descanso. Una bandeja con gorditas recién preparadas descansa a un costado, lista para el desayuno compartido. Alrededor, los integrantes de la familia conversan y sonríen mientras disfrutan el alimento antes de continuar la ruta. Una hielera azul y recipientes con comida completan la escena, reflejo de la organización con la que emprenden cada año su peregrinación.
Algunos permanecen de pie junto a la camioneta, otros se sientan en la orilla de la caja o en una silla colocada sobre la terracería. La expresión en sus rostros mezcla entusiasmo y devoción; es la satisfacción de cumplir una tradición que ha pasado de padres a hijos. El paisaje semidesértico y el cielo despejado enmarcan el momento, convirtiendo el desayuno en un ritual previo a retomar el camino de fe que, desde hace más de cuatro décadas, los une como familia.
La peregrinación no sólo representa el cumplimiento de una promesa personal, sino una tradición familiar que ha logrado mantenerse viva incluso después del fallecimiento del esposo de María Elena. Lejos de apagarse, la devoción se fortaleció y hoy es símbolo de unión y agradecimiento por los favores recibidos a lo largo de los años.
Manuel Enrique Salas Quintana, uno de los hijos que continúa la tradición, reafirmó el compromiso heredado por su padre. Cada viaje representa un acto de memoria y gratitud, un homenaje al hombre que inició la manda y una muestra de que la fe puede trascender generaciones.
En el pueblito del Tizonazo, donde miles de creyentes se congregan año con año, la familia Salas Quintana se suma a una de las expresiones religiosas más arraigadas del norte del país. Su historia refleja cómo una promesa cumplida puede convertirse en legado, y cómo la devoción, cuando nace del agradecimiento, se transforma en tradición que ni el tiempo ni la ausencia logran borrar.