Fueron de las primeras familias de la zona sur en emprender búsquedas en campo, recorriendo brechas, caminos y municipios, preguntando, investigando y siguiendo cualquier indicio que pudiera llevarlos al paradero de Saúl.
Una madre que resiste por todos
Reconoció que Juanito, al ser el más pequeño, ha sido quien más ha sufrido. Recordó que durante su etapa en el kínder, las maestras registraban comportamientos que reflejaban el impacto emocional de la ausencia.
“Decía que él se quería perder como Saúl. Todo en su vida estaba ligado a su desaparición”, relató con la voz entrecortada, al recordar el impacto que ha generado la ausencia de su hijo en su familia.
Karla y sus tres compañeros de vida en la búsqueda de Luis Manuel
Siempre viste playeras con la imagen de Luis y la fecha de su desaparición, reflejo de que en su hogar falta alguien, y que su niñez se ha vivido entre marchas y búsquedas, en lugar de juegos despreocupados.
Irving y Gael: los niños que se volvieron buscadores tras perder a su padre
La conferencia “Mamá, Papá, me hiciste adicto. ¡Ayúdame!” se realizó en el Museo Casa Chihuahua y busca prevenir la violencia que afecta a los menores en la era digital
Los niños buscadores son aquellos cuya infancia ha sido marcada por la desaparición de un ser querido, asistiendo a marchas, pegas de pesquisas y rastreos. / Foto: Rosy Reyes / El Sol de Parral
En la región sur de Chihuahua, al menos seis niños se han sumado a la labor que emprenden sus madres y abuelas para localizar a algún familiar desaparecido. Padres, abuelos, tíos e incluso hermanos que se ausentaron en municipios como Madera y Jiménezson la causa de que hayan cambiado los juguetes por un pico y una pala, como es el caso de Paco e Irving, hermanitos que a pesar de haber encontrado a su padre en una fosa clandestina en 2025, continúan cavando junto a las demás integrantes del colectivo 10 de Octubre en busca de 80 personas más.
Existen infancias que no conocen el juego pleno, ni la tranquilidad de un hogar completo. En la zona sur del estado, al menos ocho niñas, niños y jóvenes han crecido acompañando a sus madres en una de las tareasmás dolorosasque puede existir: buscar a un ser querido desaparecido.
Sus recuerdos no están hechos únicamente de juguetes, cumpleaños o tardes de diversión, están marcados por marchas, rastreos en terrenos áridos, lonas con rostros que no regresan, pesquisas pegadas bajo el sol y silencios que pesan más que las palabras. Son hijas e hijos de madres buscadoras que, desde temprana edad, aprendieron que la ausencia también educa y que la esperanza, aunque cansada, nunca se suelta.
La infancia debería ser un espacio de cuidado, juego y despreocupación. Sin embargo, para estos niños la desaparición de un padre, un hermano los obligó a madurar antes de tiempo, a comprender una realidad que no tendría que tocarles, a cambiar los juguetes por picos y palas.
Una de las historias que retrata con mayor crudeza esta realidad es la de la familia Rodríguez Ramírez. Saúl Everto Rodríguez Ramírez, joven parralense y el mayor de cuatro hermanos, fue privado de la libertad hace 13 años. Desde ese momento, su ausencia se convirtió en una herida abierta que transformó la vida de su madre, Betty Ramírez, y de cada uno de sus hijos.
La familia Rodríguez Ramírez abrió la brecha para la búsqueda de desaparecidos en la región sur. / Foto: Rosy Reyes / El Sol de Parral
Juanito, el más pequeño, tenía apenas cinco años cuando Saúl desapareció. A esa edad no comprendía del todo qué significaba una desaparición, pero sí entendía que algo se había roto en su casa. El llanto de su madre se escuchaba todos los días, llenando los espacios que antes ocupaba la rutina familiar.
Hoy, a punto de cumplir 18 años, Juanito recuerda con nostalgia junto a su familia uno de los momentos que marcaron su niñez. Durante un viaje a Ciudad Juárez, mientras su madre realizaba un trámite, él permaneció afuera. En ese instante, fue abordado por medios de comunicación y, con la inocencia propia de un niño, pidió ayuda para encontrar a su hermano Saúl. Su voz, frágil y sincera, se convirtió en un eco de miles de infancias que buscan a alguien que falta.
El impacto profundo de la desaparición de su hermano lo ha adentrado a buscar convertirse en médico, con la intención de especializarse en medicina forense. Sabe que desde ahí puede ayudar a dar nombre, identidad y verdad a quienes siguen siendo buscados.
En esta familia también están Isabel y Raúl, quienes tenían 15 y 14 años cuando la desaparición de su hermano alteró el curso de sus vidas. Ambos pasaron de ser adolescentes a convertirse en el principal sostén emocional de su madre, quien se encontraba devastada por la ausencia de Saúl.
Isabel soñaba con ser ingeniera minera. Sin embargo, tras la desaparición decidió estudiar Derecho, enfocándose en derechos humanos y violencia de género, con la convicción de que el conocimiento puede convertirse en una herramienta de defensa y exigencia para las víctimas.
Raúl eligió la Criminología, disciplina desde la cual hoy acompaña activamente las búsquedas y apoya a su madre cuando, por motivos de salud, ella no puede acudir a reuniones nacionales de colectivos. Cada búsqueda es también una forma de seguir llamando a su hermano.
A su corta edad han tenido que aprender lo que significa un rastreo y una pesquisa. / Foto: Rosy Reyes / El Sol de Parral
Betty Ramírez, madre de Saúl e impulsora del colectivo 10 de Octubre, reconoce que sostener un hogar marcado por una desaparición es una de las pruebas más duras que existen. ”Es muy difícil manejar una familia cuando hay una pérdida. Uno vive entre la tristeza, la angustia y el dolor, y aun así tiene que seguir de pie”, expresó.
A pesar del cansancio, se dijo profundamente orgullosa de sus hijos: “De ellos no tengo ninguna queja. Son muchachos nobles, de buen corazón, que han sabido comprender y acompañarme en este camino tan difícil en la búsqueda de su hermano”.
Sin embargo, también señaló que la ausencia, aunque devastadora, se convirtió en una fuerza que mantuvo unida a la familia. “Me ha tocado ver hogares que se destruyen: padres que caen en adicciones, hijos que toman malos caminos, madres que se quedan solas o que abandonan la búsqueda porque no pueden con todo lo que pasa en casa”.
Explicó que lamentablemente las infancias buscadoras existen y crecen entre el duelo y la esperanza, entre la rabia y el amor, cargando una lucha que no eligieron, pero que han aprendido a sostener con dignidad. “Son niñas y niños que aprendieron a nombrar la ausencia antes que los juegos, y que con el paso del tiempo transformaron el dolor en resistencia. Porque mientras alguien falte, la búsqueda continua. Y con ella, estas infancias que crecieron buscando”.
En el municipio de Jiménez, un hogar permanece marcado por la ausencia. Desde el 11 de noviembre de 2017, la vida de Karla Estrada cambió para siempre cuando su hijo mayor, Luis Manuel Rojas Estrada, desapareció con apenas 17 años de edad.
Luis fue visto por última vez en el parque Hidalgo de Jiménez, cuando presuntamente fue llevado con engaños junto con otros jóvenes. Desde ese momento, su madre no ha dejado de buscarlo. Ha estado presente en cada rastreo, en cada pega de pesquisas, recorriendo distintos municipios junto a otras madres buscadoras. Cada paso que da representa una esperanza viva de encontrar a su hijo.
Desde que Luis desapareció, la familia Estrada perdió ilusión pero ganó fortaleza y unión. / Foto: Rosy Reyes / El Sol de Parral
Pero Karla no está sola, debido a que detrás de ella caminan tres “hombrecitos” que crecieron entre la exigencia de justicia y la búsqueda constante de su hermano: Dylan, Irving y Carlos. Tenían apenas2, 9 y 12 años cuando Luis desapareció. Su infancia quedó marcada por la ausencia.
Dylan, el menor, era apenas un bebé y casi no tiene recuerdos de su hermano. Sin embargo, ha crecido viendo la nostalgia reflejada en el rostro de su madre. En casa, la desaparición dejó huellas profundas: durante años dejaron de poner el árbol de Navidad, porque la ilusión parecía haberse ido junto con Luis.
Un dia el pequeño, preguntó: ¿Por qué nosotros no ponemos arbolito, mamá? Una pregunta difícil ante la inocencia de un niño que aún no comprende del todo la dimensión del dolor. Fue su padre quien decidió colocar el árbol para cumplir el deseo del pequeño, dando a Karla un respiro en medio del proceso tan duro que enfrentaba.
Con el paso de los años, Dylan ha mostrado una fortaleza que sorprende. En cada pega de pesquisa permanece atento, ayudando a su madre a colocar la fotografía de su hermano. Con voz tímida pregunta: “Mami, ¿dónde pongo la foto de mi hermano?”
El más pequeño de la familia Estrada usa playeras con el rostro de Luis, señal de que su vida ha estado marcada por la desaparición. / Foto: Rosy Reyes / El Sol de Parral
Irving y Carlos, quienes sí compartieron más años con su hermano, recuerdan a Luis como su compañero de travesuras, alegre, divertido y de buenos sentimientos. Confiesan que sienten que les falta una pieza del corazón. Su mayor anhelo es encontrarlo y regresarlo a casa. “Nos hemos enfrentado a muchas situaciones, siempre de la mano de nuestra madre. Ella es lo más importante y queremos que algún día pueda sentirse feliz y completa”, expresan.
Otra historia marcada por la desaparición es la de los hermanitos, Irving Gael y Francisco de 13 y 11 años, quienes su infancia cambió de forma irreversible al convertirse en “niños buscadores”, acompañando en todo momento a su abuelita, Paulita Hernández, tras la desaparición de su padre Francisco Eli Romero Hernández, un parralense desaparecido desde agosto de 2023 en el municipio de Madera, Chihuahua.
Aunque sus rostros reflejan inocencia a su corta edad han tenido que madurar, aprendiendo cosas que los niños de su edad desconocen, como lo que significa un rastreo, una pesquisa y la labor que desempeña una madre buscadora. De esta forma, poco a poco se fueron convirtiendo en niños buscadores. Se hicieron amigos de las otras madres buscadoras del colectivo 10 de Octubre quienes compartían el mismo dolor que su abuela Paulita Hernández.
Irving y Francisco concluyeron su búsqueda cuando encontraron a su padre en La Norteña. / Foto: Rosy Reyes / El Sol de Parral
Después de casi dos años de intensa búsqueda, llegó la noticia que cambiaría nuevamente sus vidas: su padre estaba entre los cuerpos exhumados en el panteón de La Norteña. Sus restos regresaron a Parral, su lugar de origen.
El encuentro fue doloroso, pero permitió cerrar una etapa. Sin embargo, los pequeños no se apartaron del movimiento. Decidieron continuar acompañando a las madres buscadoras en marchas y actividades, sosteniendo fotografías de personas que aún siguen desaparecidas. “Así como a nosotros nos ayudaron para que regresara nuestro papá, hoy nos toca a nosotros acompañarlas en su camino. Es una deuda que tenemos y la cumplimos con todo el corazón”, expresaron.
Por su parte, Paula Hernández comparte con orgullo: “Ellos son muy nobles. Si les digo que ayudemos a más madres buscadoras, claro que dicen que sí, y con más razón si hay niños. Recuerdo que marcharon con gusto sosteniendo la foto de un joven de aquí de Parral; la mamá nos dio tres fotos, una para cada uno”.