Análisisdomingo, 7 de diciembre de 2025
Opinión / Notas evangélicas, 4
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Nadie es profeta en su tierra: lo dijo Jesús y la experiencia no ha podido contradecirlo. Cuando alguien decide tomar en serio a Dios, los primeros que se reirán de él serán los de su propia casa; sus más encarnizados enemigos serán sus parientes y amigos. Cuando estaba yo recién ordenado sacerdote y me encontraba en mi primera parroquia, había un señor que siempre, al acabar la Misa de la mañana, me amonestaba diciéndome: “No se le olvide, padre, decir la oración por las vocaciones sacerdotales”. Porque a veces se me olvidaba. Pero un día Dios escuchó nuestras plegarias y entonces empezaron los problemas, porque quien se quiso ir al seminario fue el hijo de aquel señor. “-No –le decía a su hijo-, no lo permitiré. Yo quiero nietos, ¿me entiendes?”. Entonces quien tuvo que amonestarlo fui yo, aunque en vano. “Mire, padre –me dijo-, yo pedía vocaciones, pero no de mi casa. ¡Tantos muchachos que hay en el mundo! ¡Tantos vagos que andan por ahí holgazaneando! ¡No, no y no!”. Orar es peligroso. Me atrevería a decir: realmente, muy peligroso.
Lo apóstoles, por seguir a Jesús, dejaron todo: padre y madre, casa y redes, familia y amigos. Pero, ¿es que se puede seguir al Señor sin renunciar a nada? Una vez, una señora me preguntó con cierta malicia: “Y ustedes los sacerdotes, padre, ¿por qué no se casan?”. Yo le respondí: “Si estuviéramos casados, acaso yo no podría estar ahora conversando con usted de sus problemas por dos razones: la primera, porque acaso mi mujer sería demasiado celosa y se enojaría viéndome platicar con usted; la segunda, porque tal vez mi hijo estaría enfermo y mi deber sería estar con él. Supongamos que el esposo de usted estuviera grave y necesitara urgentemente los sacramentos; pero supongamos también que mi esposa estuviera en las mismas condiciones que su marido: ¿con quién cree usted que preferiría estar yo en sus últimos momentos? -¡Con ella, por supuesto! No, no es que los sacerdotes carezcamos de corazón o que le tengamos miedo a los afectos: es que para estar al servicio de todos debemos dejarlo todo. De otra forma sería demasiado difícil: viviríamos con el corazón dividido”. Así se lo dije a aquella mujer, y sigo pensándolo así, varios años después. Los que piden la abolición del celibato piden que el sacerdote desaparezca de sus vidas, más o menos.
“El que pone por obra el designio de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Cf. Marcos 3, 31-35). A partir de ahora, todo aquel que se toma en serio a Dios siguiendo a Jesucristo está más cercano a él que otro que hubiera nacido en su mismo pueblo, o incluso a dos pasos de su casa. ¡Somos la familia de Jesús! Y, sin embargo, respecto a esto, ¡qué experiencias no se tienen! Los que asisten al mismo templo apenas se conocen, y a la hora de darse la paz apenas se saludan. Cuando los cristianos nos ayudemos unos a otros; cuando los que participamos en la misma celebración eucarística nos queramos mutuamente y nos sostengamos en nuestra aflicción; cuando nos busquemos para animarnos y acompañarnos, ese día habría algo así como un sacudimiento universal.
¿Qué es lo que hace la luz, además de iluminar? Intente usted posar su mano durante treinta segundos sobre un foco encendido. No, la luz no sólo ilumina: también da calor, y puede hasta quemar. “Ustedes son la luz del mundo” (Mateo 15, 14-16), dijo Cristo a sus discípulos. Nuestra misión de cristianos consiste en impedir que el mundo se muera de frío. ¿No es gélido nuestro mundo? Pero un mundo así termina siendo insoportable. Si el abrazo y el afecto desaparecieran, exiliados de la historia, ¿qué sería de nosotros? El autor de la Carta a Diogneto (año 150) dijo que lo que lo que el alma es al cuerpo son al mundo los cristianos. Ellos son la vida, es decir, el calor, pues la muerte es siempre fría.
Una vez que el sembrador ha hecho lo que tenía que hacer, deja el resultado de su esfuerzo en las manos de Dios. Sí, todos queremos que las cosas maduren de prisa, pero si el sembrador se empeñara en acelerar el crecimiento de los tallos tirando con violencia de ellos, lo único que conseguirá será arrancarlos. Una vez que ha hecho lo que tenía que hacer, dice Jesús (Marcos 4, 26-34), es necesario que se ponga en paz: el resto del proceso ya no depende él. Por fortuna, el cristiano no es un Atlas que deba cargar sobre sus hombros el peso el mundo. En realidad, el sembrador no es más que un siervo inútil al que lo único que se le pide es que salga al campo y deposite la semilla en la tierra. Sólo eso. Tal es la razón por la que San Ignacio de Loyola solía aconsejar: “Esfuérzate en trabajar como si todo dependiera de ti. Y luego tranquilízate como si todo dependiera de Dios”. ¡Sabia recomendación que habría aplicar, también, a todo lo demás!
El viejo Simeón se siente dichoso: ya vio lo que sus ojos, durante años y años, anhelaban. Ahora ya puede irse de este mundo (Cf. Lucas 2, 22-40). Cuando pienso en este anciano que no teme a la muerte me siento más valiente. Simeón se despide en paz de la luz del sol, de los colores del crepúsculo, y lo hace sin terror y sin nostalgia. Dios está aquí, y todo está bien: el mundo está en sus manos. Cada noche, antes de irse a la cama para ensayar esa pequeña muerte llamada sueño, todos los religiosos del mundo (y todas las religiosas también), repiten a una sola voz las palabras del viejo Simeón: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. El trabajo ha terminado, el día ha terminado; ya no queda por hacer sino una sola cosa: depositar en las manos de Dios todas nuestras obras: las buenas para qué Él las guarde en la eternidad y las malas para que Él se apiade de nosotros y nos perdone. Es la hora del punto final. Ya no es posible nada más, salvo vivir de su misericordia.