Autoridades municipales y especialistas universitarios presentaron avances de la iniciativa enfocada en conservación natural, investigación científica y actividades recreativas para la región serrana
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Culiacán es, por derecho propio y tradición, una ciudad de circos. Durante décadas, las grandes carpas han sido parte fundamental del horizonte de nuestra capital, estableciéndose en los predios vacíos por temporadas tan largas que algunos espectáculos llegaban a echar raíces por más de seis meses. Es un arte que, a pesar de la era digital y la inmediatez de las pantallas, sigue siendo profundamente apreciado por nosotros. En lo personal, admito que ver esas estructuras de lona levantarse contra el cielo sinaloense siempre me ha devuelto un poco de esa ilusión infantil que la madurez y el entorno intentan arrebatarnos.
Hay algo en el ritual del circo que conecta con la identidad del culichi. Quizás sea esa capacidad de asombro ante lo imposible, o esa calidez con la que recibimos a quienes vienen de fuera a contarnos historias. Históricamente, la temporada circense marcaba el ritmo de nuestro calendario emocional: comenzaba con los últimos vientos del año o saludando el inicio de un nuevo ciclo. Gracias a la tregua que nos da el clima en invierno, las carpas se convertían en el refugio ideal. El aire fresco de diciembre y enero parecía el cómplice perfecto para que las familias caminaran hacia las luces de neón que anunciaban la función.
Sin embargo, la violencia —esa sombra espesa que parece querer devorarlo todo a su paso— nos había arrebatado incluso estos pequeños oasis de esparcimiento. Es un dato revelador y profundamente triste: los circos se alejaron de Culiacán cuando recrudeció la guerra entre grupos del crimen organizado. Ese silencio de las carpas fue un síntoma de nuestra enfermedad social.
Lo más impactante es que esto no ocurrió ni siquiera durante los días más oscuros de la pandemia. Ni el “mortal bicho”, como le decíamos entonces, logró espantarlos definitivamente; en aquel periodo de incertidumbre sanitaria, los artistas circenses demostraron una resiliencia admirable. Se adaptaron a las medidas, usaron cubrebocas, redujeron aforos y resistieron junto a nosotros en el confinamiento, entendiendo que el entretenimiento era una medicina necesaria para el encierro. Pero el miedo a las balas, a diferencia del miedo al virus, fue más fuerte. El estruendo de los enfrentamientos terminó por apagar la música de los desfiles y las luces de las fachadas. Las empresas circenses, que han sobrevivido a crisis económicas y desastres naturales, decidieron que Culiacán era, momentáneamente, un territorio donde la alegría no tenía cabida. Pero esta semana, algo ha cambiado. La magia ha decidido volver.
El regreso de las carpas a los terrenos de nuestra ciudad no es solo un evento comercial o un simple cambio de cartelera; es, en el fondo, un acto de resistencia cultural y un mensaje poderoso. Que un circo decida instalarse de nuevo en nuestras calles, que los remolques vuelvan a estacionarse y que los trapecistas ensayen bajo nuestro cielo, es una señal de que la vida, terca y luminosa, reclama su lugar frente a la parálisis de la violencia.
Culiacán no puede, ni debe, hundirse en la inercia de la tristeza. Durante meses hemos aprendido a vivir bajo un manual de supervivencia, gestionando el miedo y calculando cada paso fuera de casa. Nos hemos vuelto expertos en la desconfianza. Por eso, la reapertura de estos espacios es vital. Necesitamos lugares donde la única tensión permitida sea la que sentimos cuando el acróbata salta al vacío, y donde el único estruendo sea el de los aplausos y las risas de los niños.
Merecemos que el asombro reemplace a la zozobra, aunque sea por las dos horas que dura una función. Merecemos que nuestras hijas e hijos asocien el sonido de la calle con la música de un espectáculo y no con el rugido de un motor a toda velocidad o el cierre violento de un negocio por precaución. El circo nos devuelve un espejo en el que podemos vernos de nuevo como lo que somos: una sociedad que sabe reír, que valora el esfuerzo del artista y que, por encima de cualquier conflicto, tiene un derecho inalienable a la felicidad y a la paz.
No debemos ver el regreso de los circos como una “normalización” cínica de la violencia, sino como una victoria de la vida civil sobre el caos. Cada familia que decide comprar un boleto y sentarse en las gradas está recuperando un centímetro de territorio mental que la guerra nos había quitado. Es un recordatorio de que nuestra ciudad es mucho más que sus notas rojas; es un espacio de encuentro, de cultura y de sueños compartidos.
Hoy, las luces de la carpa vuelven a encenderse en Culiacán. Ojalá que con ellas también se ilumine la esperanza de que pronto no solo los circos vuelvan, sino también la tranquilidad de caminar por nuestras avenidas sin mirar por encima del hombro. Que la risa del payaso silencie, al menos por un momento, la narrativa del terror. No deje que le arrebaten su capacidad de asombro; no deje que la ciudad se quede a oscuras. Vaya al circo, lleve a los suyos y celebre que, a pesar de todo, seguimos aquí, buscando la luz entre tanta sombra.