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Localmartes, 12 de noviembre de 2019

Trabajan de sol a sol en el basurón, entre desechos y zopilotes…

Ahí los camiones llegan a tirar toneladas de desperdicios que se convierten en la ganancia diaria de más de mil almas

Jesús Verdugo/El Sol de Sinaloa

El camino dejó de ser amistoso para el Cavalier y comencé a caminar. Una laguna de aguas negras me separaba del punto importante de la recolección, ahí donde los camiones del servicio municipal van y descargan sus siete toneladas de basura.

Miradas inquisitorias me caen desde los flancos pero con una sonrisa afable trato de disuadirlas; un fotógrafo nunca es bienvenido a ningún lugar, pues.

Aquí no sabes qué te vas a encontrar, te puedes cortar con algo mientras buscas, o si no ves bien pisaste un fierro y ya te diste en la madre, además nos compran el material bien barato, eso debería cambiar.

Recolector

El recolector tomó aire y continuó: "si uno le trabaja bien, a tope, sí sacas tus quinientos, seiscientos pesos, pero es jornada completa".

Para él, el paisaje es normal y cotidiano, pero yo insistí en saber qué era lo más riesgoso y en mi atrevida ignorancia le pregunto sobre los zopilotes, que si no les hacen nada, pues.

"Nombre, si esos animalitos están igual que nosotros, vienen a ver qué agarran pa'comer, eso sí, si los quieres atrapar sí te van a picotear", dijo entre bromas el pepenador.

Un universo alterno al de la creciente urbe de la capital sinaloense está ahí, donde el tesoro de unos fue el estorbo de otros. Miles de familias sobreviven y trabajan bajo sus reglas, nadie entra al basurón sin permiso, y si ellos lo deciden, nadie sale.

Se recoge cartón, botellas plásticas y cuanto material les quieran comprar. Todo esto bajo el sol incandescente que convierte el lugar en un sauna tóxico que da empleo a más de mil familias en Culiacán.

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