Autorretratos de hielo / Breve historia del Vos
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónÉl venía de Nicaragua. Estudiaba en un seminario de la sierra Tarahumara, y lo conocí hace muchos muchos años, a mediados de los ochenta. Por mi parte, después de un semestre de universidad en una carrera que nunca fue mía, yo decidí dejarlo todo y buscarme un destino menos confuso. Toqué puertas en muchos pueblos de Chihuahua, y me ofrecía para lo que fuese, en Creel, por ejemplo, también en Norogachi y Sisoguichi y Rocheachi, y, hasta hoy, aquel fue un año de juventud imborrable en cada uno de mis textos…
Xavier había nacido en Estelí, casi frontera con Honduras. Había peleado con los sandinistas, cuando la dictadura de Somoza invadía los noticieros, a finales de los setenta. Además, conocí acentos nuevos en Batopilas, me asombraba el cantadito norteño en la cascada de Basaseachi y los apaciguados silencios del español chihuahuense al pronunciar el lago de Arareco. El humo de los camiones madereros desaparecía entre los olores del pino y el ocote, y los voladeros y barrancas presagiaban ríos de espumas peligrosas. Y, antes que nada y después de todo, el paisaje humano: las mujeres y los hombres rarámuris, la lengua contenida detrás sus párpados, su mirada incomprensible para un muchacho del río Pánuco, la marginación heredada, las niñas jugando con aros gigantes, los tohuiquis (niñitos) largando carreras detrás de sus pequeños balones de madera (rarajipas se llaman esas pelotas, si mal no recuerdo).
Xavier llegó a México con una beca diocesana. Tras el triunfo sandinista, el nuevo gobierno nicaragüense cerró seminarios y colegios religiosos, y muchos como él debieron salir del país para continuar estudios sacerdotales. A su manera, era un migrante forzado, un expulsado persiguiendo su propia idea de Dios, y en el relato paralelo que me hizo conocerlo, sin mucho dinero en el alma, descubrí una ecuación simple para recorrer la Tarahumara: a los 18 años siempre habrá una parroquia cercana o un alma buena ofreciendo cobijo. Hay cosas que vienen con la edad, ¿no es cierto?, y cosas que se van con ella, y mis correrías valían la pena al advertir que mi reducida idea de México, heredada en los libros escolares, se multiplicaba veinticuatro veces al día en cada hora vivida en la sierra.
Viajaba de aventón, y era el mes de enero. Junto a un conductor de sándwiches generosos hice una larga jornada de terracería. Las cicatrices del hielo sobre las montañas parecían poesías detenidas, versos congelados, estrofas asombrosas para un hijo perdido de Miramar. Acaso esos blanquísimos declives me impartieron la primera lección para nombrar el invierno que soy en el Polo Norte, no lo sé, pues los jardines y parterres escarchados en la isla de Montreal a menudo me reflejan en la Tarahumara. Junto al hombre de marras, arriba de un auto envejecido, por entrañable añadidura aprendí los secretos del buen conversador: esperar a que nuestro interlocutor comparta el estado de alma que lo domina, y entonces embarcar en sus pensamientos, sin interrupciones y sin contracorrientes. De hecho, de aquel tiempo rescato la certeza de que charlar es trazar círculos de palabras, es bosquejar espirales de voces en los zapatos del otro, y es dejar que él reciproque sus propias huellas en nuestros acentos, y etcétera.
Y a Xavier, que había nacido en marzo, que vestía boina revolucionaria, que fumaba sin filtro, que tocaba guitarra y cantaba canciones de protesta, lo conocí en Guachochi. Aquel pueblo era el nervio forestal de Chihuahua, repetían los lugareños. La verdad, en todos los lugares donde recalé se decía lo mismo, que tal o cual municipio era el meollo maderero de la Tarahumara, y uno terminaba creyendo, muy a lo Borges, que Chihuahua eran una esfera infinita cuyo centro estaba en todos lados y su circunferencia en ninguna. Asimismo, a pedacitos fui aprendiendo los saludos del rarámuri: kuira bá, también los números, y algunos chabochis (según se llama al blanco o al mestizo) me enseñaron el mexicanísimo arte de alburear en rarámuri, ese doble sentido casi siempre de color sexual.
Un año conviví con Xavier, cuando un jesuita me invitó a permanecer en Guachochi y trabajar en la parroquia local. Me integré a las labores de alfabetización y acompañamiento en la cárcel del pueblo, y durante meses de horas de siglos interminables Xavier me contaba lo vivido en aquella revolución y los ideales que la habían sostenido. Al enterarse de que yo había nacido en Tampico, la amistad se hizo eterna, pues me habló de la Huasteca Petroleum Co., una empresa gringa en la que había trabajado Augusto Sandino, ni más ni menos, a principios del siglo XX. Me preguntaba también por la calle Colón, y yo le hablaba de los muelles, y él voseaba todo el tiempo, y en Guachochi lo llamaban así, el Vos, pues a él le resultaba imposible tutear desde la entraña. Voseaba a diestra y siniestra, vos sabés, ¿vos pensás?, vos querés, y era su tercer invierno en la sierra, y por primera yo veía nevar, y Xavier el Vos, con un emperramiento sincero, repetía que al concluir sus estudios jamás volvería a probar un lugar con sabor a mangas largas.
Gracias a su amistad descubrí que los seres humanos somos miradas iniciáticas. El primer atardecer nos convierte en ciudadanos de un sol originario. Después, diríase que todos los ocasos nos resultarán menos bellos o algo insuficientes en relación con nuestros crepúsculos más instintivos. Por ello, una vez ordenado sacerdote, Xavier el Vos no se lo pensó dos veces y volvió a Estelí, y muchos años después, cuando el trabajo me llevó a las bibliotecas de Nicaragua, mi sorpresa dio una maroma emocional en esa iglesia de Granada donde me informaron de su fallecimiento. Qué tristeza, y en el primer miércoles de marzo, en una última línea de colores que quieren pasar por aristotélicos, decidí escribir esto mismo de ahora mismo, a saber, que sin haber tenido un buen amigo, ¡al menos uno solo!, nadie escogería seguir viviendo.