La metodología desarrollada para medir la pobreza multidimensional en México es considerada como una de las más robustas a nivel internacional, para lograr tal objetivo, se parte de la consideración sobre el flagelo de la pobreza que no sólo es producto por la falta de ingresos, sino también por las condiciones en las que ciertos grupos poblacionales se encuentran para tener acceso a ciertos satisfactores a fin de evitar carencias sociales.
Así se puede identificar a la población en situación de pobreza multidimensional, que es aquella cuyo ingreso es inferior al valor de la línea de pobreza por ingresos y que padece al menos una carencia social; la misma metodología identifica a la población vulnerable por carencias sociales, que es aquella que presenta una o más carencias sociales, pero cuyo ingreso es igual o superior a la línea por ingresos; por otra parte la población vulnerable por ingresos es aquella que no reporta carencias sociales y cuyo ingreso es inferior a la línea de pobreza por ingresos; por último con esta metodología, se identifica también a la población no pobre multidimensional y no vulnerable que es aquella cuyo ingreso es igual o superior a la línea de pobreza por ingresos y no tiene carencia social alguna.
Hay que tomar en cuenta que las principales carencias sociales según la medición multidimensional de la pobreza en México son las siguientes: carencia por rezago educativo; por acceso a los servicios de salud; por acceso a la seguridad social; por acceso a contar con calidad y espacios de la vivienda; así como a los accesos a los servicios básicos de la vivienda y por último el acceso a una alimentación nutritiva y de calidad. Desde luego cada una de estas carencias y de quienes la padecen no deja de ser sumamente lamentables, máxime si consideramos que la economía mexicana se encuentra dentro de las quince economías más productivas del mundo, donde la pobreza debiera ser un problema resuelto si hubiera una mejor distribución del ingreso.
Sin embargo, hay algunas carencias que son más gravosas que otras, por ejemplo, el no contar con los alimentos suficientes que le permita a una familia cubrir sus requerimientos necesarios para poder gozar de una vida plena sin padecer el flagelo del hambre, que en muchas zonas del mundo y desde luego también de nuestro país ha estado latente; de ahí que permanentemente se monitorea el Índice Nacional de Precios al Consumidor, que da cuenta de las variaciones que sufre la canasta básica con relación a los efectos generados por la inflación, así como los incrementos salariales y la capacidad de compra de la población en general
.En ese sentido, en el mes de noviembre del año en curso, los costos de los productos que se consideraron en la canasta alimentaria, presentó un incremento anual del 3.1% en el ámbito rural y de 4.4% en el ámbito urbano, de acuerdo con reportes presentados por el INEGI, así a este mes de noviembre, la línea de pobreza extrema por ingresos (canasta alimentaria) quedó de la siguiente forma, $1 854.63 pesos para el ámbito rural y de $2 462.71 pesos para el ámbito urbano; y la línea de pobreza por ingresos (canasta alimentaria y no alimentaria) fue de $3 447.63 pesos en el ámbito rural, y de $4 809.10 pesos en el ámbito urbano. Si bien es cierto se aprecia un incremento en los precios de la canasta alimentaria, y sus efectos nocivos provocados por la inflación, los incrementos salariales de los últimos años han estado por arriba de la inflación, lo cual ha generado una recuperación sustantiva en la capacidad de compra; esperemos que la tendencia al control de la inflación continúe siendo una política eficaz y eficiente de la Banca Central, de esta forma se podrá considerar que hay una ruta importante en términos de recuperación del poder adquisitivo y los incrementos en los costos de los productos sólo lleguen a ser marginales sin afectar la calidad de vida de la población