Campamento migrante, a casi un año
11 meses después el asentamiento sigue en la garita, aunque sus primeros ocupantes no, y aún llegan nacionales y extranjeros huyendo de las violencias provocadas por el crimen, las dictaduras, y en general, la pobreza.
Daniel Ángel Rubio / El Sol de Tijuana
Hacía frío y quienes lo combatieron lo hicieron apenas con unas mantas; muchos solo llevaban lo puesto y quizás alguna maleta.
El primer balance del gobierno tijuanense fue de 250 personas que se irían al darse cuenta que solo serían atendidos los inscritos bajo el programa “Quédate en México” (MPP por sus siglas en inglés), y habían quedado varados por la emergencia sanitaria.
Una semana después de aquella noche había casas de campaña, en marzo autoridades y organismos contaban casi dos mil personas, y en junio la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), habló de tres mil, contando mil niños, niñas y adolescentes.
La aglomeración era un riesgo con la pandemia y se registró un brote de varicela.
11 meses después el asentamiento sigue allí, aunque sus primeros ocupantes no, y aún llegan nacionales y extranjeros huyendo de las violencias provocadas por el crimen, las dictaduras, y en general, la pobreza.
Así, dos o tres veces por semana en el último mes, una familia originaria del sur del país amenazada de muerte visita el sitio buscando una salida a su pesadilla.
“Ya no sabe uno ni qué hacer”, dice el padre de familia que viaja con su esposa e hijas sin encontrar una autoridad que garantice su seguridad o le dé respuestas claras sobre la posibilidad de asilo en EUA.
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Olga Mejía es una de las centroamericanas que hace casi un año dejó su casa en Tijuana para asentarse allí, pero las condiciones de hacinamiento y seguridad la hicieron regresar a una vivienda arrendada con su familia a finales del año pasado.
Esa noche el campamento fue cercado con malla ciclónica y el gobierno municipal entregó una tarjeta de identificación que se volvió requisito para entrar y salir de la zona delimitada.
Organismos de derechos humanos y activistas pidieron respetar los derechos de los migrantes, aunque hoy dicen que la medida ayudó en algo a controlar el campamento.
De pie en el pequeño parque ocupado por migrantes frente al perímetro cercado, Olga Mejía contó que algunas personas regresaron a sus países, otras comenzaron el trámite de asilo y de algunas no supo más.
Hubo quien aceptó la oferta del municipio para irse a un albergue y todo eso fue reduciendo el volúmen, al grado que hoy autoridades municipales y estatales hablan de entre 400 y 600 ocupantes.
“Se los llevan a un albergue y les quitan la tarjetita”, comentó Olga Mejía.
Ella regresó sólo para visitar a un familiar que se niega a moverse porque migrantes y desplazados siguen pensando que estar allí les da mayor posibilidad pasar la frontera para exponer su caso ante un juez migratorio y pedir asilo.
“No han dado la información suficiente a la gente como para que acepte y entienda que no va a proceder el hecho de que estén en ese campamento para obtener un registro”, apuntó el presidente de la Coalición Pro defensa del Migrante.
En lo que sí ha habido constancia las últimas semanas es en las declaraciones de la alcaldesa Caballero Ramírez sobre la posibilidad de retirar el campamento por la temporada invernal, lo que no ha movido a migrantes que vivieron una lluviosa Navidad.
El Ayuntamiento afirma que no usará la fuerza pública para retirar el campamento, pero eso aún está por verse.
Lo cierto es que activistas como José Moreno coinciden en que es necesario cuidar a la población vulnerable.
“No es posible tener ese tipo de campamentos en condiciones tan precarias, tan insalubres, con el clima en contra, y menos albergando mujeres y niños”, apuntó el representante de la Coalición Pro defensa del migrante.