“El Caballo” Dávalos, el hojalatero que pintó de rojo a la capital en un Día de la Mujer
El 8 de marzo de 1992, alrededor de las 9 de la noche, la joven aún sonreía, pero una hora después, su cuerpo apareció en un lote baldío con dos tiros que segaron su vida
Carlos Álvarez
Entre enero y marzo de aquel año, cinco homicidios sacudieron la zona que sacudieron a los madereneses. La policía “no tenía pistas”, era lo que se decía en caso de ser cuestionados.
Se sabía que los responsables viajaban en un auto rojo y se hacían pasar por judiciales. También merodeaba un Grand Marquis color beige. Esos eran los datos proporcionados. Pero las patrullas decían que nunca los habían visto durante sus rondines.
Por su parte, los detectives nunca investigaron y la delegada, Nicandra Castro Escarpulli, sin nociones de investigación policiaca, se atrevió a declarar: “Los asesinatos no tienen relación con el automóvil rojo”.
Pero al parecer todo era una mentira bien sostenida con el argumento de que en la GAM no pasaba nada de lo que las personas se quejaban; cuando en realidad, todo el mundo sabía que era mentira.
Oscar Israel, trágico festejo
A las diez de la noche, Óscar Israel caminaba por la calle Río de Guadalupe, frente al número 81, en San Pedro El Chico. Entonces, un auto rojo se detuvo a su lado y sus tripulantes no dijeron nada. Por un instante un silencio fúnebre. Sin forcejeos, ni discusiones, ni mucho menos asalto. Únicamente dispararon.
La bala calibre .38 especial le entró por la espalda y el joven cayó sobre el pavimento mientras el auto rojo se perdía en la noche.
Cuando los familiares llegaron a la delegación a preguntar por él, nadie quiso dar información. Una trabajadora social, con más ganas de dormir que de ayudar, les dijo: “Ahí en el anfiteatro hay un cuerpo. Bajen a ver si es él”.
La Policía Judicial pidió a los deudos que no dieran información a nadie. Que no avisaran a los compañeros de la escuela. “Para no alertar al prófugo”, dijeron. Pero lo que buscaban era silencio. Siempre silencio.
El Servicio Médico Forense encontró lesiones en el cráneo que no correspondían a una caída. Óscar Israel pudo haber sido torturado antes de que le aplicaran la llamada “ley fuga”. Pero eso no iba a investigarse.
La señora Lourdes Rangel de Martínez, su madre, empezó a organizarse. Habló con otros padres, con los maestros de la secundaria 138, con los directivos de la Prepa 3. Algo se movía en el barrio. El dolor empezaba a convertirse en rabia.
Janet y Dámaso, una noche fatídica
Janet Argüello Delgadillo tenía veinte años cumplidos el domingo 8 de marzo de 1992, Día Internacional de la Mujer. Tenía el pelo negro y una sonrisa que iluminaba la casa modesta donde ayudaba a su madre con las labores domésticas.
No estudiaba por falta de recursos, pero no se quejaba. Era una joven ejemplar, que tenía respeto por sus padres y deseos de superación. Para ese entonces, llevaba nueve meses de noviazgo formal con Dámaso Nolasco Martínez, después de un lapso similar como amigos.
Esa noche iban a comprar unos refrescos y tal vez irían a un baile de carnaval. Antes de salir, Janet abrazó a su hermana y le dijo:
-Me siento muy contenta. Ojalá no me pase nada.
Esas fueron sus últimas palabras.
Alrededor de las nueve, estacionaron una Caribe gris oscuro, modelo 81, placas 981-DJD, en la esquina de San Miguel y San Antonio, en el barrio El Olivo, colonia Casas Alemán. Hacían planes futuros, esos que se hacen a los veinte años, cuando la vida parece infinita.
Tres sujetos se acercaron. Uno de ellos empuñaba una pistola. Los obligaron a pasarse al asiento trasero. El armado se acomodó en medio de los dos. Empezó a acariciar a Janet. Dámaso tuvo que agacharse.
El auto arrancó hacia el Gran Canal. Frente a una lechería, Dámaso intentó huir. Corrió unos metros, pero lo recapturaron; no se sabe con exactitud cómo logró descender del vehículo, pero él así lo narró después a las autoridades.
Uno de los hampones dijo algo que parecía más que extraño, ilógico; le dijeron que lo iban a dejar escapar, dispararían al aire para simular que intentaban matarlo, pero le perdonarían la vida. Y así fue.
Al llegar a la primaria Mario de la Cueva, en Gran Canal esquina con Puerto Salina Cruz, colonia Ampliación Casas Alemán, bajaron a Janet. El hombre armado descendió y se quedó con ella; mientras los cómplices se llevaban a Dámaso.
Luego de conducir un trecho, lo abandonaron sobre Avenida San Juan de Aragón, a la altura de Ferrocarril Hidalgo. Muerto de miedo, Dámaso vio como la Caribe desaparecía.
Sin perder tiempo, aun con el pecho encogido y pálido del rostro, corrió a casa de Janet. Le contó todo a la familia y los Argüello salieron desesperados hacia el Gran Canal mientras Dámaso y unos amigos acudían al Ministerio Público a denunciar los hechos.
Pasó una hora.
Cuando los elementos de Protección y Vialidad por fin llegaron a la Ampliación Casas Alemán, Elvia Argüello, hermana de Janet, ya había encontrado el cuerpo. Estaba entre los matorrales y dos cuartuchos de material, a espaldas de la primaria. Esa zona era refugio de delincuentes y viciosos.
Desgraciadamente para ese momento, Janet había sido violada y, además, para que no identificara a sus agresores, estos le dispararon en la cabeza dos tiros con una pistola calibre .38. Un casquillo quedó percutido en el suelo.
Al escuchar las sirenas, los homicidas huyeron, uno a pie; los otros en la Caribe robada.
La policía detuvo esa noche a Gustavo Gallardo Gerben, a quien le encontraron un cargador con proyectiles calibre .38, así como rasguños en la cara. Aunque insólitamente, lo soltaron dos días después. Las pruebas de Harrison dieron negativo. No había sido él el asesino, sino alguien más.
Las contradicciones del novio
Dámaso Nolasco empezó a enredarse en sus declaraciones. Una versión por la mañana, otra por la tarde. Los investigadores levantaron las cejas. El muchacho conocía a los secuestradores, eso era evidente, pero parecía guardar silencio.
Los familiares de Janet empezaron a sospechar. Alguien reveló que Dámaso se veía con otra mujer, una tal Magdalena, mayor que él, que le exigía que dejara a Janet. En un baile, Magdalena la había amenazado de muerte.
Días antes de ser asesinada, Janet dijo a una hermana que tenía algo importante que contarle sobre Dámaso, pero que necesitaba pensarlo bien antes de decidir. Nunca pudo contárselo.
La Caribe apareció intacta días después, cerca del pueblo de San Juan de Aragón, a unas cuadras de la casa de Janet. Dámaso, al pedir auxilio cuando los asaltaron, primero denunció el hecho como un robo de auto. Y por alguna extraña razón no había mencionado a su novia sino hasta que la encontraron sin vida.
La policía le mostró cientos de fotografías y Dámaso las revisaba con cierto nerviosismo. Y cada que pasaba una y otra, él sólo negaba con la cabeza. Hasta que por fin una imagen lo detuvo.
-Él -dijo.
Y la persona a la que se refería era un tal Abel Dávalos Pintor, el Caballo.
Sangre en las manos
El 15 de diciembre de 1991, mientras Abel y su hermano Israel viajaban en una motocicleta por San Juan de Aragón, se encontraron con Víctor Daniel Vázquez Mejía, de diecisiete años, y Jaime Rodríguez Venegas, de veintiuno, que también tripulaban una moto.
Víctor Daniel cayó muerto sobre el pavimento; en tanto que Jaime resultó herido, pero por fortuna logró escapar.
Y a pesar de que un testigo dio nombres y características, los Dávalos siguieron libres; y no sólo eso, sino que amenazaron de muerte a quien los señalara.
Y del mismo modo, alrededor de los cuerpos encontraron pañuelos desechables, como los que aparecieron junto al cadáver de Janet.
El barrio se cansa
Juan Manuel López Martínez, presidente de colonos, se puso a la cabeza. La delegada Nicandra Castro repetía como loro: “Se está investigando”. La Policía Judicial daba palos de ciego. Las patrullas seguían sin entrar a El Olivo.
El plazo fue de dos semanas. Si no había resultados, marcharían a la delegación. Y si eso no funcionaba, irían con el procurador. O tomarían la justicia en sus manos.
Dámaso lo reconoció en las fotos una vez más. Era él. Por su parte, Israel Dávalos Pintor se presentó en la delegación a protestar por la captura de su hermano. Lo detuvieron ahí mismo, pues testigos lo identificaron como cómplice en el asesinato del motociclista en diciembre.
La sangre hallada en las víctimas coincidía con la de los Dávalos. El semen también. Las pruebas de balística unieron los casquillos: el de Janet, el de la pareja de La Pradera, el del motociclista. Todos calibre .380. Todos disparados por la misma arma.
Abel Dávalos Pintor fue consignado al Juzgado 18 Penal del Reclusorio Oriente. La juez Margarita Bastida Negrete le dictó auto de formal prisión. Veinticinco años, dictó la sentencia. Podrían ser cincuenta si se comprobaban todos los cargos. Pero algo no encajaba.
El verdadero asesino
Dámaso Nolasco había identificado al Caballo. Había señalado su foto entre cientos. Pero durante los interrogatorios, cuando los detectives le preguntaban por los otros dos cómplices, el novio de Janet se quedaba mudo. O cambiaba de versión. O decía que no recordaba.
Los agentes empezaron a revisar las declaraciones con lupa. El velador que oyó los disparos. La extraña huida de Dámaso, al que “dejaron escapar” disparando al aire. La amenaza de Magdalena. El secreto que Janet iba a contar sobre su novio. Y entonces cayó el dato.
Dámaso Nolasco y Abel Dávalos Pintor se conocían. No eran amigos íntimos, pero sus caminos se cruzaban. Dámaso frecuentaba ambientes que Janet desconocía. Jorge, el Flaco, el Agua, su cuñado, su primo... Todos tenían vínculos con pandilleros de la zona. Dámaso no era ajeno al mundo del Caballo.
Los investigadores confrontaron las versiones. El retrato hablado que Dámaso ayudó a elaborar no se parecía del todo al Caballo. Dámaso había descrito a otro hombre, aunque luego había “corregido”. O lo corrigieron.
Magdalena, la otra mujer, nunca fue detenida. Los agentes la buscaron, pero había desaparecido. Los amigos de Dámaso, Jorge, el Flaco, y el Agua, tampoco fueron interrogados a fondo.
Y entonces LA PRENSA publicó, el viernes 20 de marzo, una declaración escalofriante de la señora Lourdes Rangel de Martínez, madre de Óscar Israel. Hablaba del dolor, de la exigencia de justicia, de las copias del acta que por fin le habían entregado.
Pero entre líneas, en esa edición, había una frase que pasó desapercibida para la mayoría. Una declaración de los familiares de Janet:
El verdadero asesino. ¿A quién se refería?
Lo que quedó sin decir
Dámaso Nolasco siguió viviendo en San Juan de Aragón. Magdalena nunca fue localizada. Jorge, El Flaco, y el Agua se esfumaron del radar. El auto rojo dejó de merodear la zona.
Los habitantes de Casas Alemán, Pradera y Providencia enterraron a sus muertos. La señora Lourdes Rangel siguió exigiendo justicia para su hijo Óscar Israel. Los Argüello colocaron flores en el lugar donde Janet fue sacrificada.
Pero en el barrio, los que sabían, callaban. Porque el giro final, el que ningún periódico
Dámaso Nolasco no fue víctima inocente de aquellos hechos. Dámaso Nolasco sabía lo que iba a pasar. Y aunque no disparó el arma, aunque no violó a Janet, su silencio cómplice, sus contradicciones, sus medias verdades, lo convirtieron en parte del engranaje que permitió el crimen.
Janet Argüello Delgadillo murió porque quiso contar algo. Algo que involucraba a Dámaso. Algo que ella había decidido, esa misma noche, revelar a su familia, pero nunca pudo.
Los tres hombres que la secuestraron no fueron tres desconocidos al azar. Fueron tres sujetos que sabían dónde estaría Janet, con quién estaría y a qué hora. Fueron tres sicarios de barrio que cumplieron una orden.
Y Dámaso, el novio que lloró en el sepelio, el que cambió su versión media docena de veces, el que tardó una hora en pedir auxilio, Dámaso salió caminando de esa pesadilla. Con vida y libre.
Mientras Janet quedaba para siempre entre los matorrales, a espaldas de la primaria, con un balazo en la cabeza y un pañuelo desechable cerca de la mano.
Ciudad podrida
Abel Dávalos Pintor, el Caballo, fue sentenciado a veinticinco años de prisión. Sobre él llovieron denuncias: asaltos, violaciones, homicidios. Su negro historial lo hundió, pero cuando la juez dictó la sentencia, cuando el Reclusorio Oriente cerró sus puertas tras él, quedaron preguntas sin respuesta.
¿Quiénes eran los otros dos hombres del auto rojo? ¿Dónde estaba la pistola calibre .380? ¿Qué iba a contar Janet esa noche? ¿Por qué dejó a Dámaso con vida?
La ciudad podrida de México, la de los noventa, la de la impunidad y la sangre derramada, no necesitaba respuestas, porque las ciudades podridas aprenden a vivir con los cadáveres bajo el asfalto.
Pero Janet Argüello Delgadillo, Óscar Israel Martínez Rangel, Víctor Daniel Vázquez Mejía, María del Rosario Aguilar y Azlán Rizo Villanueva no son solo cadáveres. Son nombres. Son rostros. Son la prueba de que, en esta ciudad, a veces los muertos no descansan. No del todo, al menos.
Desde hace ocho años, trabajo para La Prensa, donde he cubierto elecciones, marchas, pero fundamentalmente en la elaboración de “Archivos Secretos de Policía”.






































