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Archivos Secretosviernes, 13 de febrero de 2026

El caso Hirschfeld: así se planeó el secuestro moderno en México

Cuando el poder negoció con terroristas (y lo llamó “diplomacia”)

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Carlos Álvarez

Mientras Othón luchaba contra sus ataduras, Julio Hirschfeld Almada se preparaba para otro día de poder. Director General de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, industrial del azúcar, yerno del legendario Aarón Sáenz, hombre cuyo nombre abría puertas que para otros permanecían selladas con triple cerrojo.

A las 9:45 salió de su residencia en Sierra Paracaima 1320. El Ford Galaxie negro, modelo 1971, placas BRG-37, brillaba como un ataúd pulido. Pero no sabía que en la esquina, el taxi coral esperaba.

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10:03 horas: cuando el tiempo se bifurcó

Marcos Acevedo, el chofer, vio demasiado tarde el automóvil que se cruzó en su camino. El impacto fue seco, metálico, un crujido de latón y orgullo herido. Del taxi descendieron tres figuras. Y aunque vestían estrafalariamente, las armas en sus manos eran de una sobriedad absoluta.

Uno con una metralleta Thompson; otro con dos pistolas .38, y la tercera era una mujer joven, cuyo vestido floreado contrastaba con la obscena violencia desatada. Esta última rodeó el auto y al abrir la portezuela, Hirschfeld aún sostenía en sus manos los documentos que minutos antes revisaba.

“¡No se mueva, no grite o se muere!”, escupió la mujer con determinación.

El hombre de la metralleta golpeó a Marcos en la nuca con la culata de su arma; un sonido hueco, como un melón maduro cayendo al suelo. Entonces, lo arrastraron hasta la cajuela del Ford y lo encerraron.

“Con nosotros”, dijo el de las pistolas a Hirschfeld y este obedeció. No por cobardía, sino por cálculo. Una vez en el asiento trasero del taxi, sintió cómo le vendaban los ojos con “curitas”.

“Palabra de revolucionario”, murmuró una voz junto a su oído, “si se comporta, vivirá”.

El taxi arrancó, dejando atrás el Ford como un cadáver metálico. Hirschfeld contó el tiempo, las curvas y las frenadas. Veinte minutos después, sintió el trasbordo a otro vehículo, más pequeño, que olía a sudor nervios y pólvora.

“Secuestraron a un pez gordo”

En la redacción de LA PRENSA, Rafael Pérez Martín del Campo, periodista con más experiencia que exclusivas, recibió la llamada en su escritorio lleno de notas desechadas y tazas de café a medio tomar.

“Secuestraron a un pez gordo”, dijo la voz al otro lado. Masculina, joven, con ese tono neutro que solo logran quienes han perdido el miedo o nunca lo tuvieron. “Uno de los Hirschfeld”.

Pérez colgó sin hacer preguntas. Las fuentes buenas no toleran interrogatorios. Miró a su editor, Francisco Picco, quien observaba desde su oficina. Un leve asentimiento bastó.

“Mándame a Lebrija y a Fuentes”, dijo Pérez. “Esto huele a primicia nacional”.

A las 15:00 horas llegó la carta. La había dejado un mensajero anónimo en la puerta. Estaba escrita a máquina, con faltas ortográficas que delataban nerviosismo o prisa:

“Frente Urbano Zapatista. Comando ‘2 de Octubre’. Operación ‘Vietnam Heroico’.

La privación de la libertad del señor Hirschfeld obedece a causas de estricto carácter político-revolucionario. El señor Hirschfeld es uno de muchos enemigos del pueblo...”

Exigían tres millones de pesos, no como solicitud, sino como instrucción militar, con detalles meticulosos: billetes viejos, pero no marcados, fajos de exactamente de dos centímetros de alto, un costal de manta, un Volkswagen crema sin antena.

Y la advertencia: “En esto no hay, ni habrá segundos tratos”.

Luis Echeverría entra en escena

Luis Echeverría Álvarez regresaba de Tixtla, Guerrero, donde había honrado la memoria de Vicente Guerrero con discursos sobre patria y unidad, cuando el general Jesús Castañeda Gutiérrez se inclinó hacia su oído y murmuró las palabras que cambiarían su presidencia.

“Hirschfeld. Secuestrado. Esta mañana.”

El rostro del presidente se descompuso en un instante. No era solo un funcionario. Hirschfeld era símbolo del México industrial que Echeverría quería mostrar al mundo.

En el avión de regreso, Echeverría tomó decisiones que marcarían precedentes. “Que se pongan en juego todos los recursos policiacos”, ordenó primero. Luego, añadió: “Pero ante todo, la vida de Hirschfeld”.

Esa noche, el Galaxie presidencial, placas KXB-59, se detuvo frente a la residencia de los Hirschfeld. Echeverría, acompañado de su esposa María Esther Zuno, subió las escaleras como quien asciende al cadalso. Pasó más de una hora allí dentro. Cuando salió, los flashes iluminaron su rostro cansado.

Los reporteros de LA PRENSA -Roberto López Moreno, Augusto Corro y Guillermo Chao- se acercaron lo más que pudieron para interrogar al mandatario.

“Haremos todo lo posible para que salga libre”, declaró a LA PRENSA. “Sería contraproducente la intervención de la policía”.

El mensaje era claro: México negociaría con secuestradores. El precedente quedaba establecido.

Periodistas montan guardia

Frente a la residencia se establecieron, con sus libretas, cámaras, micrófonos. Reporteros de todos los medios, desde el novato, hasta el veterano.

Fumaban cigarrillo tras cigarrillo, jugaban cartas en las banquetas, especulaban. Algunos, en un acto de desesperación detectivesca que rayaba en lo patético, examinaban las huellas de neumáticos con lupas prestadas.

El martes 28, mientras la familia Hirschfeld anunciaba que había establecido contacto, Pérez recibió otra llamada. La misma voz, ese tono plano que parecía salido de una grabadora.

“Mañana. Lo sueltan mañana. En la Narvarte”.

Pérez no preguntó cómo lo sabía. Las buenas fuentes son como fantasmas: aparecen cuando quieren, piden lo que necesitan, desaparecen sin dejar rastro. Solo exigen fe.

Al día siguiente, contra el escepticismo de sus editores, contra las burlas de la competencia que ya olía sangre rival, firmó el titular que lo haría famoso y, eventualmente, le daría el lugar en la historia del periodismo mexicano: “HOY LO DEVUELVEN”.

La competencia se burló con la ferocidad de quienes saben que podrían haberse equivocado de lado. “Prensa sensacionalista”, “amarillismo”, “especulación irresponsable”. Los adjetivos llovieron como piedras.

Pero Pérez sabía lo que no decía en su artículo. Tenía más; siempre tenía más, como el jugador que guarda el as bajo la manga mientras sonríe ante las apuestas de los demás.

Mientras tanto, Hirschfeld entre paredes forradas y pintadas de azul oscuro

Las paredes estaban forradas con periódico y pintadas de azul oscuro. Un poster de Emiliano Zapata lo observaba desde un rincón, los bigotes rectos como dagas, los ojos que parecían seguirlo sin importar dónde se moviera.

Le habían dado huevos revueltos y un refresco tibio como alimentos. Y para hacer sus necesidades, ritual humillante que iguala a reyes y mendigos, lo sacaban con una capucha puesta. Nunca vio el baño completo.

Escuchaba voces filtrarse por las paredes delgadas, cuatro, quizás cinco. Dos eran de mujeres y al parecer todos eran jóvenes, mexicanos, con acento capitalino.

Una noche, el que parecía ser el líder -Hirschfeld lo identificaba por el tono de mando en su voz, ese timbre que reconoce quien ha dado órdenes- se sentó frente a él. No le quitó la venda. Habló a la oscuridad.

“Somos el Frente Urbano Zapatista”, dijo. “No somos delincuentes comunes. Esto es política.”

Hirschfeld, el industrial, el hombre de negocios, escuchó. No por convicción, sino por estrategia. Le dieron libro: El Diario del Che Guevara en Bolivia, poemas de César Vallejo, La Noche de Tlatelolco de Poniatowska.

Hirschfeld los hojeó por compromiso. A sus 52 años, con Harvard en su currículum y décadas en los salones del poder, no era hombre que se dejara adoctrinar por muchachos con metralletas.

Lo que más lo inquietaba, más que las armas o las amenazas, era la meticulosidad. Cada movimiento estaba planeado al detalle, cada instrucción en la carta, cada paso de la entrega. Estos no eran aficionados improvisando. O si lo eran, eran los aficionados más peligrosos: los que creen en lo que hacen.

Una tarde, escuchó a la mujer discutir con uno de los hombres. Hablaban de “la entrega”, de “los periodistas”, de “la policía retirada”, entonces Hirschfeld captó algo, hablaban como si siguieran un guion.

La entrega de 3 millones de pesos

Julio Hirschfeld hijo, vestido con playera roja ajustada, pantalón azul claro y tenis blancos -exactamente como indicaban las instrucciones- condujo el Volkswagen crema por calles vacías. En el asiento trasero, el costal con tres millones de pesos pesaba no como dinero, sino como un cuerpo.

Las instrucciones fueron precisas: ir solo, sin seguimiento, sin policía. La familia había suplicado a los medios, a través del licenciado Mariscal: “No interfieran. Dejen que el coche llegue a su destino”.

El encuentro fue en la Calzada de los Misterios. Hirschfeld hijo estacionó, apagó el motor, esperó.

Figuras sombrías salieron de la nada, tomaron el costal, lo cargaron a otro vehículo que parecía esperar con motor encendido y, en menos de un minuto, se desvanecieron en la noche.

No hubo disparos. No hubo palabras de agradecimiento o amenaza. Solo el crujido del papel moneda cambiando de manos.

22:10 horas: el regreso

El taxi 1487 se detuvo frente a Sierra Paracaima 1320. De él bajó un hombre que parecía haber envejecido diez años en sesenta horas. Julio Hirschfeld Almada había regresado del país de los secuestrados.

Antes de entrar a su casa, se detuvo un instante y miró como si viera un recuerdo de otra vida. Dentro, después de abrazos que sabían a alivio y a culpa, después de un examen médico que confirmó que su cuerpo estaba intacto, Hirschfeld se cambió de ropa.

“Jóvenes no muy preparados”, dijo. “Buen trato”. “Me dieron a leer...”. Agradeció al presidente. Agradeció, especialmente a LA PRENSA, que había acertado en su predicción. Dijo que no presentaría denuncia, que eso lo dejaría en manos de las autoridades.

Pero sus ojos, en las fotografías que Félix Fuentes Medina capturó para LA PRENSA, decían otra cosa: habían visto el abismo.

La caída del fuz

El coronel Jorge Obregón Lima y el teniente coronel Rafael Rocha Cordero, jefe y subjefe respectivamente eran hombres que entendían que el crimen, especialmente el crimen político, deja rastros más sutiles que huellas dactilares.

Siguieron el rastro del dinero. Vigilaron a los vendedores de armas que de pronto tenían clientes nuevos con efectivo fresco. Escucharon los rumores en las cantinas donde los pequeños delincuentes, celosos del éxito ajeno, soltaban migajas de información a cambio de otra ronda.

El 25 de enero de 1972, cuatro meses después del secuestro que había conmocionado al país, cayó el primer dominó.

Las detenciones fueron en cascada, como fichas de dominó alineadas para caer en secuencia perfecta:

Roberto Tello Alarcón, 25 años, dibujante con manos para el arte y para el gatillo, originario de Ciudad Guzmán, Jalisco, donde los hombres aprenden pronto que la vida no es justa.

María Elena Dávalos Montero, 25 años, esposa de Carlos Lorence, que amaba a un hombre y a una causa con igual intensidad ciega.

Lourdes Uranga López, 32 años, “Chela” o “Toña”, hermana de Francisco, esposa de Javier Mendoza Arrieta (quien curiosamente nunca apareció en escena), empleada que soñaba con cambiar el mundo desde una oficina gris.

Hirschfeld fue llevado a carearlos. Los vio, ahora sin capuchas ni disfraces estrafalarios, y supo lo que tal vez había intuido que eran apenas niños jugando a revolucionarios con armas reales.

“¡Sí, éste es el cuarto!”, exclamó al entrar. Señaló las paredes: “Estaban forradas con periódico y pintadas de azul oscuro”. Tocó la puerta: “Le faltaba un pedazo aquí arriba, por donde me observaban”.

Y luego, el momento cinematográfico: “Aquí, en este muro, estaba el poster de Emiliano Zapata. Junto a él fui fotografiado. Yo mismo tuve que enseñarles a usar una cámara Polaroid, porque no sabían”.

Los siete detenidos confiesan

El juicio fue una farsa legal. Los siete detenidos confesaron, pero sus declaraciones tenían incoherencias que los fiscales atribuyeron a nerviosismo, a falta de educación legal.

Hablaban de un octavo miembro, Luis Iturralde, descrito como el estratega, el enlace con otras guerrillas, el hombre que los había llevado a entrenar a Malpaso, Chiapas, donde aprendieron a desarmar y armar fusiles con los ojos cerrados, donde dispararon por primera vez con la certeza de que no era un juego.

Pero Luis Iturralde nunca apareció. No en las listas de búsqueda, no en los registros civiles, no en las fotografías borrosas que tenían de reuniones clandestinas. Parecía como si hubieran hablado de un fantasma, un nombre que flotaba en los interrogatorios sin cuerpo que lo sustentara.

O más precisamente, existía como ficción, como creación de la propia DFS. Era el nombre en clave de un agente doble infiltrado en los círculos de la izquierda radical desde 1969, después del movimiento estudiantil del 68.

El secuestro de Hirschfeld, ese evento fundacional que enseñó a la delincuencia mexicana el negocio del plagio, no había sido solo obra de idealistas juveniles, sino que fue un acto permitido, facilitado y quizás incluso sugerido por las mismas autoridades que luego negociaron el rescate y celebraron la captura.

Hirschfeld nunca lo supo, murió años después, creyendo que había sido víctima del azar histórico. Los periódicos celebraron el triunfo de la ley con titulares grandilocuentes. “Presos, los plagiarios de Hirschfeld”, gritó LA PRENSA el 30 de enero de 1972, con esa satisfacción del deber cumplido que sabe a triunfo.

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