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Archivos Secretosviernes, 13 de marzo de 2026

Jorge Baeza y María Victoria, el idilio que nació en la Condesa y murió a balazos en el Centro Histórico

Fue en noviembre de 1965, en una fiesta organizada en el departamento de los Chacón, cuando los caminos de Jorge y María Victoria se cruzaron. Te contamos su historia...

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Carlos Álvarez

En Córdoba, el negocio de jarciería de don Cornelio López –el padre, que decidió quedarse en Veracruz debido a su endeble salud– mantenía a la familia con dignidad. Pero la capital prometía oportunidades que el terruño ya no podía ofrecer.

Nadie imaginaba entonces que esa búsqueda de un futuro mejor terminaría con un cadáver en un Oldsmobile de importación prohibida, en la esquina de Pino Suárez y República de El Salvador, justo en el corazón del viejo barrio de La Merced.

El aprendiz de seductor

-Acepté ser su novia el 15 de diciembre -declaró después María Victoria ante las autoridades, con esa voz entrecortada que delataba a una mujer que aún, incluso después de los disparos, seguía amando al hombre que había destruido su vida.

Pero aquello no fue un noviazgo convencional. Jorge jamás entró a la casa de su prometida. La recogía en la puerta, como quien recoge un paquete, y la llevaba a lugares donde pudiera convertir a aquella muchacha ingenua en una mujer a su medida.

-Desde la primera cita insistió en enseñarme a tomar alcohol -relató Vicky -. Hasta con el café me daba coñac . Yo no me resistía porque sentía quererlo mucho.

La estrategia era tan antigua como efectiva, embriagar para dominar. En el restaurante Napoli, en la calzada al Desierto de los Leones, fueron martinis secos. En otra ocasión, tequila, ginebra, cubas. Siempre él bebiendo con moderación, siempre ella perdiendo la noción de las cosas.

Para febrero de 1966, Jorge consiguió lo que había estado buscando desde aquella primera cita.

-Me juró amor -confesó ella-. Me llevó por la carretera a Laredo y me dijo que estaríamos en la intimidad. Esa fue la primera vez y se repitió en dos ocasiones más, en las que siempre me dijo que nos casaríamos.

La promesa de matrimonio era el anzuelo, porque después de la promesa venía el pero.

-“Tendremos que esperar año y medio”, me decía él sin dar explicaciones.

Y ella, atrapada en esa telaraña de alcohol, violencia encubierta y falsas promesas, esperaba.

Porque Jorge tenía dos caras. La que mostraba al mundo -el muchacho educado, el dueño de gasolinara que trataba a sus empleados con deferencia- y la que reservaba para María Victoria cuando estaban a solas en su automóvil.

-Cuando íbamos en el coche, comenzaba a golpearme con el puño, luego me apretaba los brazos y las piernas con tal fuerza que me dejaba moretones -declaró-. Le gustaba morderme los brazos. Para todo era sádico conmigo, le gustaba verme sufrir.

-Sí, fui muy ingenua, no tengo malicia y por eso le creí, porque supuse que era un hombre serio -se justificó ante los agentes del Servicio Secreto.

Pero la ingeniosidad no era el problema. El problema era ese monstruo de dos caras que la había atrapado en una relación de la que no sabía cómo salir.

Sábado fatal

El 12 de marzo de 1966 parecía un día cualquiera. María Victoria , que en ese entonces trabajaba en el despacho de los contadores Oldak y Mischne, en la colonia Condesa, recibió una llamada de Jorge , que le pidió que fuera a la gasolinara para invitarla a comer.

Puntual, como siempre, llegó la joven al encuentro. Subieron al Oldsmobile 1966 -ese auto de importación prohibido, con placas de Tamaulipas 1-11-07, que tantas miradas atraía- y se dirigieron al Centro.

En un lugar llamado “Los Pedritos” comieron en compañía de un matrimonio amigo de Jorge . Allí, la presentó como “su esposa”. Comieron, bebieron, y luego aceptaron la invitación de la pareja para seguir la fiesta en su casa, donde hubo más copas y por supuesto más alcohol.

Cuando finalmente se despidieron del matrimonio amigo, ambos parecían estar mareados, pero María Victoria , especialmente, había perdido la noción del tiempo y del espacio.

Fue durante el trayecto de regreso, cuando el auto circulaba por el Centro Histórico, que Jorge decidió que era momento de mostrar su verdadero rostro una vez más.

-Ya no te quiero -le dijo de pronto y contundentemente como una estocada-. No quiero verte jamás. Esta es la última vez que estás conmigo.

La confesión brutal cayó como balde de agua helada sobre María Victoria . Preguntó, suplicó, quiso entender, pero la respuesta fue la misma de siempre, es decir, gritos, insultos y jaloneos.

-No recuerdo qué más me dijo, porque estaba muy nerviosa –declaró la chica-. Sólo me quedó muy grabado que ya no me quería ni deseaba volver a verme.

El instante de la desesperación

A la altura de Pino Suárez y República de El Salvador, hacia el sur, ocurrió. María Victoria recordó que, en la guantera, Jorge guardaba un revólver. Con un movimiento rápido, quitó las llaves del interruptor, abrió la cajuela y sacó el arma.

Jorge alcanzó a frenar abruptamente, al tratar de impedirlo, pero fue demasiado tarde. El primer disparo, según relató María Victoria después, fue hacia el piso, para comprobar si el arma estaba cargada. La detonación llenó el auto de humo y pólvora.

-Todavía en esos momentos volvió a gritarme que no quería nada conmigo.

Y entonces vino el forcejeo. No por el arma, como después demostrarían los peritajes del coronel Leopoldo Barquera T. -quien afirmó categóricamente que “no hubo forcejeo entre ambos actores”-, sino empujones y manotazos de Jorge , que intentaba quitársela de encima mientras ella trataba de apuntar.

Hubo más disparos, cuatro en total, según los casquillos percutidos que se encontraron después. Jorge Baeza Pacheco , el hijo del líder sindical, el dueño de la gasolina, el seductor de jovencitas, cayó desplomado sobre el asiento, recargándose en el cuerpo de su asesino.

-Luego se desplomó hacia mí –dijo María Victoria -. Yo dejé caer la pistola por unos instantes. La busqué y tres veces más traté de disparar hacia mi corazón, quería matarme, pero no pude porque se acabaron los proyectos.

El arma ya no tenía balas. Los “proyectos”, como ella llamaba a los cartuchos, se habían agotado en el cuerpo de Jorge , mientras ella seguía con vida para enfrentar las consecuencias.

Tlaxcoaque, primera estación del calvario

A las 21:45 horas , la patrulla 21 del Servicio Secreto recibió el aviso. Un automóvil Mustang negro había dado la alerta sobre una balacera en Pino Suárez y República de El Salvador .

El comandante Joaquín Salazar Gutiérrez y los agentes Rosendo Páramo Aguilar, Marcelo Jiménez Higuera y otros llegaron al lugar para encontrarse con una escena digna de la peor de las pesadillas.

El agente Páramo Aguilar fue el primero en acercarse. Con cuidado, le quitó el arma. Era un Colt .38 especial, modelo Cobra , con el tambor vacío. Seis casquillos percutidos. Seis balas que habían encontrado su destino.

La trasladaron a la Jefatura de Policía en Tlaxcoaque. En el trayecto, la joven no dejaba de llorar y de pedir que la llevaran con Jorge. No sabía —o no quería aceptar— que él estaba muerto. Los agentes, por orden superior, le ocultaron la verdad para evitar una reacción aún más violenta.

En la Jefatura, le dieron café negro, aspirinas, mentas para hacerla reaccionar. Pero ella se negaba a comer, a beber, a declarar. Sólo preguntó por Jorge y, cuando finalmente le vio el arma homicida, se quedó en una crisis nerviosa que requirió asistencia médica.

—Yo no quería matarlo —repetía entre sollozos—. Yo no era así. Jorge me hizo cambiar; Mejor quisiera morirme.

La versión de La Prensa

Al día siguiente, domingo 13 de marzo, LA PRENSA publicó en su primera plana: “Intensa tragedia: El fin del Amor”. La nota, firmada por el reportero Jorge Herrera Valenzuela, daba cuenta de los hechos con el dramatismo que el caso merecía, pero también con la objetividad que el periodismo exige.

Pero la nota no se quedó en el simple reporte policiaco. Desde el primer momento, el reportero de El Diario de las Mayorías intuyó que había más debajo de la superficie de aquel crimen pasional.

Las entrevistas exclusivas que lograron realizar con María Victoria en los separados del Servicio Secreto revelaron una historia mucho más compleja, la de una mujer atrapada en una relación violenta, manipulada, alcoholizada sistemáticamente y, finalmente, desechada como un objeto inservible

—Desde la primera cita insistió en enseñarme a tomar alcohol —confesó a LA PRENSA entre lágrimas. Y también: —Cuando vamos en el coche empieza a golpearme con el puño, luego me aprieta los brazos y las piernas con tal fuerza que me deja moretones.

Aquellas declaraciones, publicadas íntegramente, comenzaron a inclinar la balanza de la opinión pública hacia la joven veracruzana.

Doña María Victoria Torres de López llegó desde Córdoba apenas supo la noticia. La encontraron en el laboratorio de identificación, cuando su hija estampaba sus huellas dactilares en los documentos oficiales. El encuentro entre madre e hija fue de esos que parten el alma.

—¡Hijita! ¡Mi Vicky! —exclamó la señora al verla.

—¡Mamácita! ¡Yo no quería hacer esto! —respondió la joven, abrazándose a ella como si aún fuera una niña.

—¡Cálmate, cálmate, por favor! ¡Tú no tienes la culpa!

La señora, vestida de negro desde ese momento y para siempre, confesaría a LA PRENSA después:

—Ese individuo no sólo deshonró a mi hija, sino también a muchas otras señoritas. Su dinero, su posición, lo hicieron así de ruin, y por eso se aprovechó de mi hija.

Don Cornelio López, el padre, nunca supo de la tragedia hasta que el caso estuvo parcialmente resuelto. Su diabetes y su corazón delicado no habrían soportado la noticia. La familia prefirió ocultarle la verdad, al menos por un tiempo.

La batalla técnico-científica

El lunes 14 de marzo, el caso pasó ante la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal . El licenciado Tristán Sánchez Canales , agente del Ministerio Público, recibió el expediente con instrucciones de realizar una investigación exhaustiva .

La prueba de parafina en María Victoria resultó “ligeramente positiva en la mano derecha, región palmar, y precisamente en el dedo índice”. Ella había disparado, sí, pero sola, sin que nadie forcejeara con ella. Eso reforzaba su versión de que los disparos fueron consecuencia de su propia desesperación, no de una lucha por el arma.

El testigo que mentía y la maniobra del fiscal

En medio del proceso, apareció un personaje oscuro, Javier Vega López , domiciliado en República de El Salvador número 35, interior 23 . Se presentó como testigo presencial de los hechos, pero sus declaraciones cambiaban como el viento.

Primero dijo que los hechos ocurrieron a las 22:30 horas . Luego, que escuchó tres detonaciones. Después, que vio a un hombre huyendo. Finalmente, cuando compareció ante el juez, ofreció una versión distinta, llena de detalles que nadie más había visto.

“En voz baja la celadora preguntó a María Victoria si conocía a ese sujeto, y la muchacha respondió, sollozando, que nunca antes le había visto”, anotó el reportero de El Periódico que Dice lo que Otros Callan el jueves 17 de marzo.

Los agentes del Servicio Secreto , que estuvieron en el lugar a las 21 :30 horas —según constaba en la parte oficial—, no recordaban haberlo visto. El comandante Salazar Gutiérrez , con gestos elocuentes durante su comparecencia, dejó claro que consideraba a Vega López un farsante.

A pesar de todo, el testimonio de Vega López fue incorporado al expediente, aunque con la sospecha permanente de que mentía para perjudicar a la acusada.

El momento más tenso del proceso ocurrió cuando el licenciado Sánchez Canales intentó una maniobra para agravar la situación de María Victoria. Citó a la joven a una ampliación de declaración y, según consta en el expediente, trató de hacerle decir palabras que ella nunca había pronunciado.

Cuando le leyeron esa declaración, María Victoria negó haber dicho esas palabras. El juez González Suárez , en un gesto de humanismo poco común en los tribunales de la época, le preguntó directamente cuál era el problema. Ella explicó que el fondo era correcto, pero las palabras no eran suyas.

El incidente, que el reportero de LA PRENSA presenció, quedó asentado en autos y fue una victoria parcial para la defensa. Quedaba claro que alguien había intentado manipular la declaración para perjudicar a la acusada.

La reja de prácticas

Vicky llegó vestida con la chamarra negra que su cuñado le había llevado días atrás. Llevaba gafas oscuras y se sostenía con dificultad. Detrás de ella, la celadora Ester Ruiz la sujetaba por el brazo, temiendo que se desmayara en cualquier momento.

“No podía controlar a María Victoria”, escribió al día siguiente Jorge Ramos . “Repetidamente el juez gritó: ‘Celadora... celadora... celadora’, pero esta no aparecía. Trece minutos después, la presentó nuevamente. Se comentó que la muchacha no se tranquilizaba”.

Ante aquel espectáculo de dolor incontenible, el juez González Suárez decidió suspender la diligencia. El estado anímico de la acusada impedía continuar.

Cuando llegó el momento del careo, Vicky volvió a quebrarse. Lloraba sin consuelo y, en un momento de desesperación, gritó dirigiéndose a su madre, que estaba al otro lado de la reja:

-¡Mamacita, no dejes que me lleven!

El grito atravesó el alma de todos los presentes. Doña María Victoria, vestida de negro, sólo pudo acercarse a la alambrada, acariciar las mejillas de su hija a través de la malla metálica y besarle la mano derecha. No había palabras para tanto dolor.

La celadora Zamudio Menéndez abrazó a Vicky y la sostuvo mientras el juez daba por terminada la diligencia. La muchacha fue llevada de regreso a la Preventiva, donde pasaría su última noche antes de ser trasladada a la antigua prisión para mujeres en Santa Marta Acatitla .

El domingo 20 de marzo de 1966, el Juez Cuarto Penal dictó auto de prisión formal contra María Victoria López Torres por el delito de homicidio en agravio de Jorge Baeza Pacheco . La diligencia, realizada en la Cárcel Preventiva , duró apenas unos minutos.

La licenciada Judit Benítez Martell , primera secretaria del juzgado, dio lectura a la resolución. En ella, el juez González Suárez hacía una síntesis de los hechos y, lo más importante, incorporaba la versión de la acusada sobre su estado de ánimo al momento del crimen.

“...en un momento de ofuscación abrió la cajuela, tomó el arma y se cercioró de que estaba cargada, y disparó sobre su burlador con la intención de que después se suicidaría, lo que no logró, según dice, porque el arma no funcionó”, rezaba el texto.

Luego, madre e hija se abrazaron por última vez antes de la separación. La señora le dio una pastilla de Compensol 100 , el inductor de psicoestabilización que los médicos le habían recetado. Intercambiaron frases de cariño, promesas de visitas, esperanzas de justicia.

Cuando Vicky se alejó, doña María Victoria se volvió hacia los periodistas. Su rostro, surcado por arrugas prematuras y lágrimas recientes, reflejaba el dolor de todas las madres que han visto a sus hijos perderse en el laberinto de la vida

Justicia con rostro humano

No se justificaba el crimen, porque nada justifica quitar una vida, pero se entendían las circunstancias. Se comprendía que María Victoria no era una asesina fría y calculadora, sino una víctima que, acorralada por el dolor y el alcohol, había cometido el acto más desesperado de su vida.

El proceso continuó. Los sesenta días del dictamen psiquiátrico se cumplirían, y entonces los abogados pedirían la reclasificación. Pero independientemente de lo que decidieron los tribunales, una cosa quedó clara para todos los que siguieron este caso desde las páginas de LA PRENSA .

Porque en esa esquina de Pino Suárez y República de El Salvador , la noche del 12 de marzo de 1966, no murió sólo Jorge Baeza Pacheco , también se esfumó para siempre la inocencia de una mujer que amaba demasiado y ese fue el crimen que la aniquiló.

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