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Archivos Secretosviernes, 27 de febrero de 2026

Mató por un auto como el de Caro Quintero y hoy es libre: la historia de Evaristo Nucamendi

Soñaba con tener un Grand Marquis como el de Caro Quintero, y para conseguirlo masacró a un matrimonio, así comenzó su historia, llena de sangre, plomo y muerte

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Carlos Álvarez

La crónica policiaca de finales de los ochenta en el Valle de México se escribía con gasolina, plomo y una desmedida ambición

Nunca más volvió a estudiar. Su madre, Clara María Barradas García, lo recordaba como un niño soberbio y rebelde desde que ella se separó de su esposo - también llamado Evaristo -, cuando el niño tenía apenas seis años. Y esa herida, ese vacío, lamentablemente, nunca cicatrizó.

Dedicado a la vagancia, fue formando pandillas de las que se convertía en jefe a puros golpes. Tres veces lo metieron al penal de Barrientos por robo. Tres veces salió libre muy pronto, sospechosamente pronto, como si la justicia tuviera un hueco con su nombre grabado.

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Los policías y expertos lo calificaron

Los policías no necesitaron sicólogos para calificarlo. Lo vieron y lo etiquetaron: “Es carne de presidio”, dijeron. Los expertos que después lo examinaron antes de enviarlo a Almoloya confirmaron el diagnóstico: coeficiente intelectual muy elevado, altamente peligroso, ambición de poder desmedida, dispuesto a todo para salirse con la suya.

Era del tipo exacto de delincuente para el que las prisiones de alta seguridad habían sido construidas.

Pero Nucamendi no admiraba a los policías ni a los jueces. Su ídolo era nada menos que Rafael Caro Quintero, el narcotraficante capturado en 1984. Y lo que admiraba de él no era su fortuna ni su poder, era algo más mundano; se trataba de un auto, un Grand Marquis.

“¡Siempre quise tener un Grand Marquis, era mi ilusión tener un carro como el del maestro Caro Quintero! Por eso se me hizo fácil matar a la pareja que me lo iba a dejar... y gratis”, confesó después, como quien explica la compra de un mueble en abonos.

El 6 de enero de 1988, Evaristo Nucamendi Barradas abandonó por tercera vez la cárcel de Barrientos. Sus compañeros de celda dijeron que les presumió: lo primero que haría sería conseguirse un Grand Marquis, “como los de Caro Quintero”.

Al pisar la calle nuevamente como el mismo Nucamendi que entró, lo primero que hizo fue retomar la ratería, los asaltos y en pocas palabras, la vida que conocía. Sin embargo, el dinero no llegaba tan rápido como su impaciencia exigía. Y entonces decidió acelerar el destino.

El tianguis de Santa Mónica

El miércoles 9 de marzo de 1988, Evaristo se levantó temprano. Se vistió con traje negro, impecable. Tomó un paraguas. Guardó una agenda tipo diplomática en el bolsillo del saco. Salió de su casa en Arroyo de Guadalupe número 86, colonia Lindavista, y se dirigió al tianguis de autos de Santa Mónica, en Tlalnepantla.

Nucamendi explicó que tenía el dinero en su casa, en El Campanario, Atizapán. Preguntó si podían ir juntos por el efectivo, hacer el canje y luego cada quien tomar su camino. Jaime Antonio aceptó.

Llegaron a Hacienda La Gavia número 19-B, fraccionamiento El Campanario. La casa estaba amueblada pero vacía, deshabitada. Nucamendi los hizo pasar a la sala, les ofreció asiento.

Dijo que subiría por el dinero y enfiló hacia las escaleras. En su recámara, en lugar del fajo de billetes, tomó la pistola Browning calibre .380. Al bajar no medió al instante palabra alguna. Los encañonó, hizo un gesto con el índice sobre los labios en señal de silencio y pidió los documentos del coche.

Jaime Antonio, según contó después Nucamendi con una sonrisa torcida, se abalanzó sobre él. El choque fue inevitable. Entonces, disparó una vez, dos, siete. Siete balazos para un hombre que solo quería vender su auto.

Graciela intentó huir, aunque sólo alcanzó a llegar a la puerta, porque Nucamendi se apresuró a recargar el arma y con un balazo en la nuca la detuvo en seco. Pero eso no fue suficiente para el hombre del Marquis. La tomó de los cabellos, la arrastró de regreso a la sala y le vació otros tres tiros en el pecho.

En la sala vacía, el aire se llenó de olor a pólvora. Y tras un instante, una fotografía ante los ojos de Evaristo: en la casa, dos cuerpos tendidos sin vida; afuera, el Grand Marquis, esperando.

Las investigaciones y la captura

La Policía Judicial del Distrito Federal tomó el caso. Nucamendi leyó los periódicos y se rio. “Inventaban nombres de presuntos asesinos”, diría después. “Yo me reía de la policía”. Pero no contaba con los hombres de la Procuraduría del Estado de México.

El comandante Saúl Rodríguez Aranda, el comandante Jimmy Guadarrama McNaught y el jefe de grupo Juan Gerardo González Escobar recibieron el caso. No eran hombres de ocurrencias, eran simplemente sabuesos, como los de aquellos años de gloria.

Allí descubrieron que Evaristo Nucamendi Barradas había vendido su casa el 13 de marzo, cuatro días después del doble homicidio. La compraron María Teresa Gutiérrez de Hernández y José Manuel Hernández Campos en 18 millones de pesos.

Cuando la policía inspeccionó el inmueble, encontró una alfombra cortada a la mitad, salpicaduras de sangre en las paredes y, escondida entre muebles viejos, una pistola Browning calibre .380 con cartuchos percutidos. Los peritos confirmaron que los proyectiles extraídos de los cuerpos coincidían con esa arma.

Pero hubo algo más. El paraguas olvidado en el Grand Marquis, la agenda y las huellas dactilares que las autoridades tenían archivadas desde las estancias previas de Nucamendi en Barrientos. Todo apuntó a él.

El 24 de marzo, LA PRENSA publicó por primera vez su nombre. La cacería había comenzado.

A salto de mata

Pero como no pasó nada, entonces se cortó las venas, no sin antes haber escrito sobre la pared con su propia sangre: “Mi familia no tiene nada que ver”. Más tarde, el personal de limpieza lo encontró desangrándose y lo salvó.

Huyó a Zitácuaro, Michoacán, aunque sólo aguantó unos cuantos días. Luego decidió enfilar rumbo a Acapulco, donde se reinventó. Dejó de ser Evaristo Nucamendi, el asesino buscado y se convirtió en Armando Masiel, un hombre de buena presencia que frecuentaba los círculos homosexuales del puerto.

Su nueva profesión allá consistió en ser acompañante de turistas extranjeros. Cobraba entre veinte y cincuenta dólares por pasar un rato con ellos. A veces hacía el papel de hombre, a veces de mujer. Vivía en el edificio Las Gaviotas, departamento dos, en la calle Inalámbrica número 20. Nadie lo buscaría allí.

Pero su destino estaba sellado por un gesto mezquino. Un cliente, a quien Nucamendi le negó sus servicios, lo denunció. El comandante José Abizaid Gracián, jefe de la Policía Judicial de Acapulco, lo arrestó en su departamento el 29 de junio de 1988.

Nucamendi resignado en ese momento, solo pensaba en escapar al ser entregado a las autoridades del Estado de México. Ya en el avión de regreso, iba acompañado por el comandante Saúl Rodríguez, quien lo escoltaba precisamente para evitar cualquier fuga.

Todo mundo ya sabía que Nucamendi estaba desquiciado. Habló sin parar. Dijo que tenía una lista de quince judiciales que “no lo dejaban vivir en paz”. Que quería matarlos a todos. Que si no se suicidaba en la cárcel, saldría a matar a Rodríguez. “No la debes”, le dijo.

Ya en Tlalnepantla, en los pisos 7, 9 y 10 de la Subprocuraduría, todo se puso en movimiento. Los reporteros gráficos no daban abasto. Los peritos le tomaron fotografías de frente, de perfil, de espaldas. Quedó fichado de por vida.

Nucamendi escuchó la condena y dijo: “Este año salgo de la prisión, no importa si es con los pies por delante”.

La fuga y la cacería

Con sábanas anudadas, se descolgó al vacío. Veinte metros de caída. Los alambres de púas le desgarraron las piernas. Sangraba abundantemente. Pero afuera lo esperaba un Tsuru, tripulado por dos mujeres - presumiblemente sus parientes -, que lo sacaron de ahí.

No pasó mucho tiempo, tras el cual se desató intensa cacería en conjunto con varias corporaciones para recapturar al reo fugado del Penal de Barrientos, responsable de la muerte del matrimonio al que robó un Grand Marquis. La consigna era clara y específica: capturarlo vivo o muerto.

En conclusión, resultaba bastante sospechoso el que todas las fugas ocurrieran durante el día.

Su esposa colabora con la policía

Su esposa, Sandra Contreras Huerta, al descubrir que durante su cautiverio Nucamendi se había casado con otra mujer y consumida por el rencor, cuando la policía la interrogó, habló de todo lo que sabía que podía servir para capturarlo.

Dio la dirección exacta de donde podía estar oculto, y eso sería en la casita número 1, Avenida de Los Maestros y calle 30-30, Unidad Habitacional Las Arboledas de San Benjamín, Ecatepec. Allí, Nucamendi se resguardaría hasta que las aguas se calmaran.

Sus hombres lo sacaron arrastrándolo, lo subieron a una patrulla, lo llevaron a la clínica 68 del IMSS y luego al Hospital Magdalena de las Salinas, donde a las cuatro de la mañana del 4 de julio, dejó de existir.

Nucamendi huyó otra vez, herido, dejando charcos de sangre en las azoteas.

El hombre de las mil caras

Dos meses duró su libertad. No podía acercarse a su familia, vigilada día y noche. Volvió a los ambientes que conocía.

Se tiñó el cabello de rubio platinado, adoptó modales afeminados y vestía con ropa llamativa. Se hacía llamar Pedro Juárez Torres o, a veces, Pedro Torres. Robaba para sobrevivir y se escondía entre ladrones y homosexuales.

En septiembre de 1991, la Policía Judicial del Distrito Federal lo detuvo en Santa María la Ribera cuando intentaba subir a un Corsar 1985, robado. Por su apariencia, nadie le prestó atención. “De esos casos, cada rato”, dirían policías y periodistas.

El rostro en la sombra

Pero en el mundo de la nota roja, la suerte es una moneda que siempre está en el aire. A veces, la justicia no llega por una investigación brillante, sino por un error de cálculo… o por la lente de una cámara que dispara antes de preguntar nombres.

Tal como sucedió con el reportero de LA PRENSA, Ignacio Huitzil, quien - en entrevista para los Archivos Secretos - relató lo que recordaba de Evaristo Nucamendi y, sobre todo, cómo fue que le tomó una foto antes de que supieran que era el famoso delincuente a quien tanto buscaba la policía.

Fue de esas cosas del destino - comenzó su relato -. Yo estaba cubriendo la fuente de policía, haciendo las guardias en la Cruz Roja. Un día fuimos al edificio de la Judicial, ahí por Dr. Río de la Loza y el Eje Central. Subimos a la oficina de un comandante para ver qué novedades había. Yo iba con otro colega fotógrafo de otro medio.

Nachito hizo una pausa breve, como reviviendo en su mente la escena de aquella oficina de la Judicial.

Había un tipo ahí sentado - continuó -, en un rincón, todo discreto. Le preguntamos al comandante: “Oye, ¿y este por qué está detenido?” El comandante, sin darle importancia, nos dijo: “No, hombre, es un raterillo que agarramos ahí por el Sindicato de Petroleros. Estaba quitándole una autoparte a un coche”.

No sabíamos quién era, nadie sabía quién era. Pero eso sí, el comandante hasta se puso cuate y nos dijo: “Si quieren tomarle fotos, tómenle”. El tipo hasta posó con el arma que traía. Le tomamos la foto y al día siguiente salió publicada una fotito chiquita en LA PRENSA, eso fue un lunes o martes.

Y al día siguiente, nos llaman de la Procu porque iba a haber una presentación relevante. “Detuvimos a alguien importante”, nos dijeron. Llegamos a la sala de prensa y, cuando sacan al detenido… nos quedamos fríos. ¡Ay, no jodas! ¡Era el de ayer!

En efecto, los peritos hicieron su trabajo; confrontaron las huellas dactilares con los archivos y, entonces, el director técnico operativo de la Policía Judicial, Nicolás Suárez Valenzuela, recibió el informe.

El resultado de las huellas dactilares cayó como balde de agua fría. No se trataba de un “raterillo” cualquiera, era Nucamendi, el asesino del Grand Marquis, el espectro que se había esfumado de Barrientos, que en aquel instante la cámara capturó antes que la ley.

Cuando lo encararon, sonrió y simplemente sentenció: “Cuídenme bien, porque me les voy a volver a pelar”, tras lo cual amenazó con fugarse las veces que fuera necesario, como un Houdini de arrabal.

En esa ocasión ya no lo enviaron a Barrientos, sino a Almoloya, la prisión de alta seguridad, donde con muros más altos y custodios más estrictos, las posibilidades de fuga eran prácticamente nulas. O eso creían todos…

La vuelta de tuerca

Los reporteros de LA PRENSA habían seguido cada paso de esta historia desde aquel primer reportaje de Gabriel Rodríguez Vázquez el 29 de marzo de 1988 (“Esperan un error para capturar al asesino del joven matrimonio”), hasta la cobertura de la fuga y recaptura.

Y luego, el silencio. Las páginas de los periódicos dejaron de hablar de él. Nuevos crímenes ocuparon las portadas. El caso del Grand Marquis pasó a los archivos, a las hemerotecas, a la memoria difusa de los lectores.

Pero el final de Evaristo Nucamendi Barradas no fue el que la opinión pública esperaba. No hubo un duelo final a balazos, ni un suicidio en la soledad de una celda, ni una muerte violenta a manos de sus propios cómplices.

Por el contrario, Evaristo Nucamendi Barradas sigue vivo y la justicia, en su mecánica burocrática y desapasionada, solamente calculó su fecha de salida, pero no su liberación.

Décadas después, entrevistado por Saskia Niño de Rivera, el hombre que mató por un Grand Marquis afirmó que cruzaría de nuevo las puertas de prisión, pero esta vez para no regresar y, además, lo haría como un hombre libre.

La última imagen que se tenía de él después de esa entrevista era la de un hombre que, a pesar de todas las pruebas, todas las condenas y todas las fugas, cumplió su palabra, “no moriría en la cárcel”.

El hombre que soñó con ser como Caro Quintero terminó siendo como tantos otros, un número de expediente, una fotografía en blanco y negro, una nota amarillenta en la hemeroteca…

¡Salió libre!

La pesadilla terminó. El hombre más buscado de los noventa, Evaristo Nucamendi Barradas, el sanguinario “asesino del Grand Marquis”, recuperó su libertad después de pasar casi cuatro décadas tras las rejas. Con 21 años entró al penal convertido en una fiera; con 60 sale convertido en licenciado en Derecho.

Pero, ¿qué le espera afuera? Nada de lo que conoció. La ciudad es otra, el mundo es otro. El “chacal” vuelve a una selva distinta, sin las reglas que aprendió entre rejas.

La crónica de LA PRENSA, que siguió sus pasos desde el crimen, la fuga y el tiroteo donde cayó un comandante, hoy escribe el final más increíble. Sin muerte, ni sangre, solo un hombre que cruzó la puerta del penal… y el tiempo lo consumió.

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