María Eugenia Díaz Batres: La bióloga que desafió a su época para coleccionar 55 mil insectos
La bióloga resguarda uno de los tesoros más importantes del Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental; destaca que hoy la inseguridad representa el mayor obstáculo para las nuevas generaciones de biólogos
Fueron estos investigadores quienes se convirtieron en una inspiración para ella, toda vez que, para la segunda mitad del siglo pasado, no era tan común ver a mujeres en la ciencia, aunque desde su perspectiva, había un desinterés generalizado por estas disciplinas.
Sus aportes al museo
Fue en la recta final de sus estudios en la Escuela de Ciencias Biológicas que uno de sus profesores le dijo que se acercara al Museo de Historia Natural pues solicitaban a una investigadora que se hiciera cargo del trabajo de insectos.
Madre, hija e investigadora
“Es un oasis, en realidad es la información que se les puede proporcionar a niños y grandes para que sepan lo que es este planeta, lo que es este mundo, lo que es la vida en toda su extensión y que la aprecien y la sepan respetar”, concluyó.
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Díaz Batres advierte que, a diferencia de su juventud, donde se colectaba en bosques y sierras sin temor, las nuevas generaciones enfrentan el grave riesgo de la inseguridad al realizar investigaciones de campo. / Foto: José Luis Pérez / La Prensa
María Eugenia Elsa Díaz Batres asegura que si volviera a nacer volvería a elegir ser bióloga, tal como lo decidió hace más de medio siglo, cuando, pese a las advertencias de su padre, tomó su libreta, lupa y mochila, para sumarse a un grupo de biólogos que se adentraron a la Sierra de Guerrero en busca de plantas, lo que marcaría un precedente que le acercó al mundo de los insectos, formando al paso del tiempo una colección que hoy suma más de 55 mil ejemplares.
Agradece que, desde sus inicios en el estudio de la historia de la vida, cómo define a la Biología, se encontró un ambiente rodeado de compañerismo y respeto por parte de sus colegas hombres, muchos procedentes de diferentes partes del país ante la falta de escuelas regionales dedicadas al estudio de la ciencia en la década de los sesentas.
“Tenía yo compañeros de toda la República, todos eran muy humildes y respetuosos, era un grupo muy travieso, muchos de ellos eran bromistas. Cuando no entendían la clase hasta prendían fuego, pero nunca molestando a ninguna mujer”, recuerda la bióloga al preguntarle sobre los inicios de su larga trayectoria.
Reconoce que el verdadero reto llegó al momento de avisarle a su familia su decisión de dedicarse a la investigación científica. Pero todavía fue más difícil contradecir a su padre, quien se negaba a que la más pequeña de sus hijas saliera de casa por algunos días por sus primeras investigaciones de campo.
“Vengo de una familia que éramos cuatro hijos, tres mujeres y un varón, mi papá nacido en 1909, chapado a la antigua, él decía esto hay que hacer y se tenía que hacer. Mis hermanas son maestras egresadas de la escuela nacional del magisterio y mi papá consideraba que yo también iba a ser maestra, pero pues no, me fui a la vocacional en ciencias médico-biológicas, del Instituto Politécnico Nacional, donde después estudié Biología”.
Su formación académica fue de primer nivel gracias a científicos que llegaron a México huyendo de los conflictos en Europa, como el Dr. Jerzy Rzedowski, bajo las políticas de apertura del presidente Lázaro Cárdenas. / Foto: José Luis Pérez / La Prensa
Reconoce que llegada de la tecnología ha cambiado mucho la forma de hacer investigación y se ha perdido la comunicación con los profesores, pero advierte que el verdadero reto para las nuevas generaciones de biólogos llega con los riesgos que se corren al salir a hacer recolección en campo.
“Salíamos de practica sin ningún temor de tener algún contratiempo de tipo desagradable, como hoy en día que no tan fácilmente se puede ir al campo. Antes, con el Dr. Jerzy Rzedowski, por ejemplo, nos fuimos a Rincón de la Vía, un paso a Acapulco a diferente altitud y rodeado de bosques, hacíamos grupos y equipos y nos la pasábamos recolectando sin ningún riesgo”, dijo preocupada la bióloga que el próximo martes cumplirá 59 años de haber llegado al Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental de la Secretaría del Medio Ambiente (Sedema).
Aunque reconoce que en la actualidad hay más opciones para quienes desean estudiar alguna carrera STEM, aquellas titulaciones relacionadas con la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, recuerda con un brillo en sus ojos la excelente formación académica que recibió por grandes maestros procedentes de diferentes partes del mundo.
“En esa época abrieron las puertas, el Presidente de la República, Lázaro Cárdenas, a todos esos migrantes que venían de España y otros países de Europa huyendo de la cuestión política, y entonces mis profesores fueron de primera línea: el Dr. J. Rzedowski, el Dr. Gonzalo Halffter, Dr. Alfredo Barrera, todos esos nombres que quizás no a todos les suena, pero a quien estudia la Biología son verdaderos maestros”.
“Fuimos el parteaguas entre grupos que eran de diez, de nueve alumnos, y de repente llegamos treintaitantos, casi cuarenta, cosa que preocupaba a los profesores que se preguntaban dónde iban a sentar tantos. Más de la mitad eran hombres, las mujeres seguíamos siendo minoría”, explica Díaz Batres al recordar este “boom” por la ciencia surgido de la necesidad en las zonas rurales de trabajar el campo, conocer las especies y los insectos.
María Eugenia Díaz Batres desafió las expectativas sociales y familiares de la década de los 60 para convertirse en bióloga, una carrera que en ese entonces tenía una presencia femenina mínima. / Foto: José Luis Pérez / La Prensa
Acudí a la entrevista que se tenía que hacer con el entonces Director, el Doctor Alfredo Barrera, especialista en pulgas, entonces él me entrevistó y me preguntó que sí me gustaban los insectos. Al martes siguiente, yo ya estaba trabajando en el museo María Eugenia Díaz Batres
Fue así que, desde febrero de 1967, la bióloga se encarga de diferentes tareas de suma importancia en el museo y para la conservación de estos seres diminutos, algunas que se exhiben al público de manera permanente, así como otras colecciones expuestas de forma temporal.
“Si yo he colectado material (insectos) hay que prepararlo. Si están todavía frescos, hay que poner al ejemplar sobre una placa de unicel, atravesarle el alfiler a una distancia en la cual tenga, por abajo, tanto espacio para colocar su etiqueta, donde se colocan todos los datos importantes, porque un insecto sin estos no nos sirve para nada. Vamos a poner el país, estado, municipio, la fecha (día, mes y año), el colector, y debajo de esa primera etiqueta, la etiqueta de la determinación: qué género y especies es el bicho”, detalló la bióloga sobre su rutina en el laboratorio.
La colección con más de 60 años de antigüedad se conforma con aportaciones y donaciones de otros investigadores, aficionados y publico interesado en recolectar insectos, importante colección que ya suma más de 55 mil ejemplares. Una de las más importantes y antiguas es una recopilación que realizó Roberto Müller, un aficionado alemán que exploró los bosques de México.
“Una muy importantísima es la colección Müller que alberga como 12 mil ejemplares de mariposas, nada más. Estas cajoneras estaban en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, pero desgraciadamente la tenían arrumbada, no había nadie que estuviera al pendiente de la colección y se perdieron muchos materiales. Pero al traerla para acá, en la primera administración, el Dr. Barrera dijo, “nos vamos a traer la colección, hay que arreglarla”, y de diez cajoneras con mariposas se redujeron a cinco, pero quedó perfectamente bien arreglada. Son mariposas colectadas hace exactamente un siglo”, presume con orgullo Díaz Batres.
Otra de los tesoros de la colección se esconde detrás de una pequeña vitrina reflejo del trabajo de cinco años en la reserva de la biosfera de Michilía, en Durango, donde colectó una mariposa endémica de México, la Eucheira socialis, conocida comúnmente como mariposa del madroño, una especie que vive en sociedad, seguido de una extensa investigación que le ayudó a comprender su conducta, así como su reproducción y alimentación.
“Fueron meses de trabajo fascinantes. Las larvas que emergen de una puesta de como 200 huevos, van comiendo, van creciendo, pero están recubriendo una hojita, como su primer nido, y cuando ya no caben entonces abarcan más ramas y hace nidos, más grandes, preciosos, que cuando todavía no llueve brillan con el sol, pues son de seda. Dentro de ese nidito, después estudié todos los organismos que ocupaban el nido como albergue para ver que contacto tenían con las mariposas en sí, con la dueña de ese nido, y encontraron un coleóptero (escarabajo) muy pequeñito que era nueva especie y que fue dedicada a mi persona y que se llama, Euvira diazbatresae, explica la bióloga posando frente a esta importante vitrina..
Su trabajo de investigación en Durango llevó al descubrimiento de la conducta de la mariposa del madroño y al hallazgo de una nueva especie de escarabajo bautizada en su honor: Euvira diazbatresae. / Foto: José Luis Pérez / La Prensa
La bióloga celebra que después de la declaratoria del 11 de febrero como Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, lo que ha permitido que las mujeres tengan la posibilidad de elegir y se les respeta su decisión, “ya no somos las mujeres del hogar, de la casa de atender los hijos, de todos modos, lo tenemos que hacer, solo que ahora se nos triplica el trabajo”, sentenció.
Casada, madre de una hija, Eugenia recuerda lo complejo que fue por un tiempo conjuntar sus quehaceres domésticos y sus labores como investigadora. “Esa etapa en la que hay que dedicar tiempo a la familia, a mi trabajo, mis papas llegaron a los cien años, nunca he dejado de trabajador, es más, en algún momento tuve tres trabajos al mismo tiempo: fui coordinadora de la Escuela Secundaria 115, durante 10 años, y di clases en el CCH Oriente, entonces mi horario era súper cargado, corría de un lado a otro. Hoy que lo veo a distancia me siento muy satisfecha”.
Otra de sus satisfacciones llega junto a la ilusión de niños que visitan el museo y se llevan una experiencia que los deja marcados para toda su vida, “recientemente tenía yo unos capullos que me donaron, la mariposa cuatro espejos Rothschildia orizaba. Me donaron 2 mil 500 capullos que iban a desechar. Los recibí y colgué en el jardín para que emergieran en el jardín. Un papá y su hijo llegaron al museo y me pidieron de favor que si les permitía conocer los capullos. Cuando pasaron a mi colección el niño quedó sorprendido y me dijo, “vives aquí”. El padre me mandó un mensaje días después de que su niño no dejaba de sonreír después de conocer el museo. Ese niño va a ser biólogo, y si no, al menos quedó plasmado de esa emoción de conocer una colección de insectos”.
La investigadora invita al público en general a visitar, tanto su colección de insectos como las salas del Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental, un espacio cultural recién remodelado en donde los niños son los más impresionados ante la diversidad de ejemplares que en este rincón del Bosque de Chapultepec se pueden encontrar.
Con casi 59 años de trayectoria en el Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental, la investigadora custodia una colección de insectos que incluye tesoros históricos, como mariposas colectadas hace un siglo y la colección Müller. / Foto: José Luis Pérez / La Prensa