Comida italiana tradicional: la obsesión de Valentino Garavani, el diseñador icono de la moda
Entre la disciplina y el placer, el diseñador italiano amó la pasta sencilla al pomodoro y el chocolate negro 75%, pequeños lujos que reflejaban su elegancia mediterránea e incluso llevó a un recetario
Valentino Garavani, el diseñador italiano que redefinió la elegancia del siglo XX, no solo fue un obsesivo de las líneas perfectas y el rojo absoluto.
Comer como acto estético
Cocina italiana, identidad eterna
La pasta favorita: pennette al pomodoro
Este gusto por la pasta simple habla mucho de su carácter: detrás del oropel de la alta costura, Valentino encontraba placer en lo esencial, en aquello que no necesita adornos para ser perfecto.
Risotto, pero ligero
Una dieta estricta, casi monástica
Con los años, Valentino adoptó una dieta muy controlada para mantenerse esbelto. En entrevistas con Harper’s Bazaar detalló su rutina diaria, que contrasta con la idea del diseñador rodeado de excesos:
Pan, papas y azúcar quedaban prácticamente desterrados. Los dulces solo aparecían en forma de postres con leche de almendras y xilitol.
El único vicio permitido: el chocolate
“Y si alguna vez los invitan a casa del Sr. Valentino, tengan en cuenta que no le gustan los regalos. Prefiero que vengan sin nada. Nunca sé dónde ponerlo. 75% cacao, el resto no —dijo el Sr. Valentino—“.
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Valentino Garavani murió este lunes a los 93 años en su residencia de Roma / Foto: EFE
También lo fue de la mesa. Tras su fallecimiento hoy a los 93 años en Roma, confirmado por la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti, resurgen anécdotas que muestran a un creador profundamente italiano incluso en sus gustos culinarios: amante de la cocina sencilla, de la pasta bien hecha y de los rituales alrededor de comer.
A pesar de su vida entre París, Nueva York y Roma, Valentino nunca dejó de sentirse profundamente italiano. Amaba la cocina de su país, desconfiaba de las preparaciones demasiado cargadas y encontraba en la sencillez una forma de lujo superior. Su gusto por la pasta con tomate, el risotto sobrio y los ingredientes limpios dialoga con la misma visión que aplicó a la moda: menos ruido, más esencia.
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Aunque se decía que comía en platos de oro y que un chef francés —David— lo acompañaba a donde fuera, Valentino nunca fue un hedonista sin freno. Al contrario: su relación con la comida estaba marcada por la disciplina, la estética y una nostalgia constante por los sabores más básicos de Italia.
Para él, más allá de lo que comía, importaba cómo lo comía / Foto: EFE
Incluso en 2014 presentó su libro de recetas, pues al considerarse amante de lo bello, perfeccionista, un poco obsesivo y además apasionado del buen comer, el diseñador italiano lanzó su libro En la mesa del emperador, una de las publicaciones sobre gastronomía más glamurosas que sin duda alguna se han publicado.”Si me hubieran dicho alguna vez que publicaría un libro de recetas, yo habría contestado: ‘No, esto es demasiado”, declaraba Garavani una entrevista a la página web style.com.
Según sus biógrafos y entrevistas con medios, más allá de lo que comía, importaba cómo lo comía. Incluso cuando cenaba solo, nunca lo hacía frente al televisor. Prefería sentarse en un comedor pequeño o grande —dependiendo de si tenía invitados— con la mesa bien puesta, vajilla hermosa y buena luz. Para él, la comida debía servirse siempre en un bello plato: la estética era inseparable del acto de alimentarse. No es casualidad que fuera un ávido coleccionista de porcelanas y objetos de mesa. Comer, como vestir, era un ritual.
El diseñador italiano lanzó su libro En la mesa del emperador, una de las publicaciones sobre gastronomía más glamurosas que sin duda alguna se han publica / Foto: Cortesía Valentino At The Emperors Table
Con 192 páginas y 80 fotografías, el volumen propone una inmersión en el universo refinado de Valentino Garavani. Más que un simple recetario con algunos de sus platillos favoritos, el libro ofrece una mirada íntima a sus rituales de mesa y a su forma de entender la comida. “Siempre me aseguro de que los vegetales sean orgánicos. Nada de azúcar ni leche en los postres”, confesó el modista. En sus páginas se aprende lo mismo a preparar un flan de queso de cabra que a transformar un tomate en un delicado pétalo de flor, al tiempo que se revela su obsesión por los adornos, la vajilla y los centros de mesa.
En la mesa del emperador, de la editorial Assouline, se adentra, además, en las mansiones que tuvo del diseñador. Gracias al recorrido fotográfico los lectores pueden ver que a Valentino le gustaba decorar sus mesas con cisnes de porcelana de Meissen (la primera porcelana de Europa) y cristal Moretti, así como su afición por los saleros zaristas —la procedencia de cada objeto está cuidadosamente enumerada en los pies de foto—.
Y como buen italiano, no podía faltar la mención a la mamma italiane. Valentino hace un pequeño repaso de su infancia y recuerda a su madre quien, según él, era una buena cocinera pero que tenía un pequeño defecto: aprovechaba las sobras, y las volvían a servir al día siguiente. Algo que Valentino jamás hizo.
Hoy, cuando el mundo despide a uno de los últimos grandes modistos clásicos, recordar sus placeres culinarios es también recordar que, incluso entre vestidos de alta costura y salones dorados, Valentino Garavani seguía siendo un hombre que encontraba felicidad en un plato de pasta bien hecho, por eso en Aderezo hacemos un recuento de sus gustos favoritos.
Pennette al pomodoro / Foto: Creative Commons
Cuando estaba solo, sin compromisos sociales ni cenas formales, Valentino tenía un plato predilecto que repetía sin cansarse: pennette con salsa de tomate y albahaca. Nada más. Nada menos. Una pasta corta, bien cocida, con tomate fresco, aceite de oliva y hojas de albahaca recién cortadas. Sin ajo —no le gustaba—, sin pimienta negra, pero con un guiño personal: chiles, que sí disfrutaba y que rompían ligeramente con la ortodoxia italiana.
Risotto / Foto: Creative Commons
Otro de sus platos favoritos era el risotto a la milanesa, emblema del norte de Italia. Eso sí, fiel a su estilo, lo prefería ligero, sin exceso de crema ni mantequilla. Para Valentino, el arroz debía ser elegante, casi etéreo, más cercano a una silueta bien cortada que a un exceso barroco.
Sus requerimientos se iban a pescado bajo en mercurio / Foto: Creative Commons
Desayuno (10:30): bayas, yogur griego, té y agua caliente con limón.
Comida (13:45): verduras, arroz orgánico, algo de pescado bajo en mercurio, sin carne, sin gluten, sin azúcar, sin lácteos (excepto queso de cabra), una copa de vino tinto y sorbete sin azúcar.
Cena (20:30): aún más ligera: pescado y verduras, nunca pasta por la noche, acompañada de una copa de Brunello di Montalcino.
En su casa le gustaba recibir regalos como el chocolate oscuro 75% cacao / Foto: Freepik
Si había algo que rompía la austeridad, era el chocolate negro. Valentino aceptaba regalos solo bajo una condición muy clara: —75% de cacao, el resto no, pues ese pequeño placer concentrado resume bien su filosofía: intensidad, pureza y control.