México amaneció en 2026 con una resaca política que pocos admiten y muchos niegan. La narrativa oficial —esa que se cocina cada mañana desde Palacio Nacional con guión y aplausos dirigidos— insiste en que el país avanza, que se fortalece y que la continuidad es sinónimo de esperanza. Pero fuera del micrófono y más allá del cristal empañado de los discursos, lo que México enfrenta es una realidad cruda: impuestos más agresivos, una recaudación que no entiende de empatía en un país de salarios mínimos “clembuterilizados”, y un gobierno federal que aprendió a transformar los engaños en política pública.
Seamos brutalmente honestos: lo “bueno” del gobierno de Claudia Sheinbaum cabe en una servilleta. México mantiene cierta estabilidad macroeconómica, no por gracia divina, sino porque aún heredamos pequeñas estructuras que no se han terminado de desarmar. El país no está hundido en hiperinflación y eso, en un mundo que tambalea, parece un premio de consolación. También se empuja la narrativa de una supuesta modernización tecnológica del Estado, programas de sustentabilidad y continuidad en obras faraónicas que, aunque cuestionables -casos Tren Maya, Tren InterOceánico, Dos Bocas y el AFA- que no dejan de perder dinero y vidas; al menos generan empleos temporales. Nada de esto es gratuito: se sostiene con deuda, con ajustes silenciosos y con una maquinaria propagandística que vende humo como si fuera oro.
El gran engaño federal en los últimos años fue prometer prosperidad sin costos, bienestar sin sacrificios, crecimiento sin inversión. La fórmula encontró su límite. El 2026 llega con una expectativa de presión fiscal sobre la clase media, ese sector que no grita y no marchará porque está demasiado ocupado intentando sobrevivir. A ellos se les pedirá que sostengan los programas sociales, las obras inconclusas y la deuda política de la continuidad.
La burla más grande fue convencer a millones de que “todo sería mejor” con el simple cambio de mando presidencial, como si el país fuera un interruptor. En realidad, el verdadero interruptor está en Hacienda: donde se diseña el Presupuesto que, este año, exige más y devuelve menos. Ahí, sin cámaras ni mañaneras, se fraguó la traición silenciosa.
Lo más escalofriante no es el engaño, sino la pedagogía que lo acompaña: la ciudadanía ha sido entrenada para normalizar la precariedad, para celebrar la mediocridad y aplaudir la ineptitud. Se nos dijo que cuestionar es ser enemigo, que exigir es ser antipatriota, que pensar es sospechoso. El país se convirtió en un aula donde el maestro —desde Palacio Nacional— señala quién merece aplausos y quién merece ser lapidado en redes. Y muchos, anestesiados por el subsidio emocional del Estado -los benditos apoyos sociales-, prefieren el silencio.
La economía, por su parte, se maneja con torpeza quirúrgica. El país parece administrado con ocurrencias, donde los especialistas estorban y el mérito profesional es reemplazado por la lealtad al proyecto político. La confianza internacional no se construye con discursos sino con reglas; y hoy México es un país de reglas flexibles, interpretadas según el humor del día. Acomodaticio, donde se premia el despilfarro y se ajusticia el esfuerzo y la aspiración de ser mejor por mérito propio.
Si alguien espera un despertar colectivo, quizá espere sentado. 2026 será el año en que la clase media recibirá una mordida fiscal más fuerte, donde pequeños empresarios enfrentarán el ajuste tributario y donde los subsidios seguirán siendo la moneda de control político. Los sectores productivos caminarán en arena movediza mientras el Estado presume que “nadie se queda atrás”, aun cuando millones están hundidos hasta el cuello, con deudas impagables y pidiendo prestado no para pagar la televisión del Buen Fin, sino para pagar nóminas, herramientas de trabajo, el préstamo para la compra de materia prima para no quedar mal con el cliente y el pedido, de ese tamaño es la angustia de la deuda.
Lo blanco: la ilusión, la foto, la puesta en escena. Un país que aparenta unidad, que presume gobernabilidad, que vende la idea de un futuro limpio.
Lo negro: la realidad. La corrupción que no se erradicó, sino que cambió de uniforme. La violencia que sigue siendo dueña del territorio. La pobreza estructural que se maquilla con tarjetas. La economía que se sostiene en discursos, no en productividad. El pleito interno en el gobierno por el adoctrinamiento desde la educación básica. Lo negro es el país que se vive, no el que se transmite.
El verdadero saldo de este gobierno será moral: un pueblo entrenado para agachar la cabeza, aceptar el golpe y agradecerlo. México no está derrotado —pero está distraído, apendejado con las migajas del sistema y en ello van todos de la mano, no sólo el partido que gobierno, que dicho sea de paso, es el viejo PRI, el PAN doblemoralino, el PRD putrefacto y súmele los que quiera. Y ese es el mayor triunfo del poder: gobernar sobre un público pasmado y sumiso, que ya no sabe distinguir el abuso del privilegio ni el engaño del mensaje oficial.
La verdadera única esperanza se llama México y de eso hay mucho todavía que en 2026 estaremos atentos a narrar cada acción de un pueblo noble y aguerrido.
¡Feliz 2026 para todos nosotros!
Comentarios en bateador.emergente.columna@gmail.com