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Análisislunes, 23 de marzo de 2026

Bateador Emergente / Tapachula: entre mezquinos y miserables

Y si uno revisa con calma la historia reciente de Tapachula —digamos, tres lustros hacia atrás— el retrato que aparece no es precisamente alentador.

Pero lo verdaderamente preocupante aparece cuando la política cruza la línea de la mezquindad hacia la miserabilidad.

Y en medio de este panorama surge una pregunta inevitable: ¿ha habido gobiernos mejores que otros? La respuesta, siendo honestos, es sí… pero apenas.

Algunas administraciones mostraron mayor capacidad de gestión, otras lograron ejecutar ciertas obras relevantes o mantener cierto orden institucional. Hubo gobiernos menos torpes, otros menos confrontativos, algunos con funcionarios técnicos más preparados.

Pero incluso en esos casos, la sensación generalizada fue la misma: Tapachula avanzó, sí, pero siempre por debajo de lo que podía. En pocas palabras: estamos jodidos porque queremos. Porque la realidad dicta que debiéramos estar mucho mejor.

Es como si durante quince años la ciudad hubiera sido dirigida no por estadistas locales, sino por administradores de corto plazo, atrapados entre la mezquindad política y la tentación permanente de usar el poder con miseria moral.

Por eso, cuando hoy los ciudadanos observan el desempeño del gobierno actual, inevitablemente hacen comparaciones. Y esas comparaciones no siempre favorecen a quienes hoy ocupan el poder. En política, la memoria colectiva suele ser más aguda de lo que muchos creen.

Y tal vez ahí esté el punto central de esta historia: Tapachula no está buscando héroes ni salvadores. Está buscando algo mucho más sencillo —y al mismo tiempo mucho más difícil—: gobernantes que no sean mezquinos y que jamás caigan en la miserabilidad.

Autenticidad y humildad, son dos cosas que no tienen el tapachulteco que llega a la silla municipal.

Porque cuando una ciudad tiene que elegir, cada tres años, entre quién es el menos malo, lo que en realidad está viendo en la pantalla no es un proyecto de futuro.

Es apenas una larga y malograda película llamada Tapachula.

Y el público —los ciudadanos— ya empieza a preguntarse si en algún momento aparecerá, por fin, un director capaz de cambiar el trágico guión.

Caja de bateo

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