Aclaro aquí que no soy ningún Jesús, ni esta columna pretende ser un catecismo moral sobre poner la otra mejilla. Pero sí busca visibilizar cuándo la orilla del pacifismo llega a colapsarse y hay que usar el puño en vez de la cara.
—Lo molestaron durante seis años y el joven ni sus padres dijeron algo. Hoy él les dice basta a tantos años de maltrato y quieren lincharlo. Nada de eso: sus hijos se van tres días expulsados y tú, hijo, te vas por uno. Y espero que con esto acabe tanto abuso.
Lo cierto es que la muerte de un líder no elimina un sistema. Las organizaciones criminales funcionan como hidras: cortas una cabeza y aparecen dos. La violencia estructural —pobreza, impunidad, corrupción, demanda internacional de drogas— sigue intacta.
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Durante toda la primaria sufrí un acoso sistemático. Día tras día era víctima de violencia: patadas, bromas pesadas, apodos hirientes. Seis años constantes de abuso por parte de compañeros e incluso de algunos padres y maestros. Esos años no los recuerdo con agrado en la otrora prestigiosa Escuela Lic. Gabriel Ramos Millán; sin embargo, era lo que había: la forma de mi época, donde quejarse era motivo de un hostigamiento aún mayor.
Mi padre había invertido en clases de karate do, kung fu y otras disciplinas marciales en mí; sin embargo, cada vez que aparecía la horda de compañeritos que se congratulaban ejerciendo sobre mi persona todo tipo de maldad, yo no respondía. No accionaba de forma violenta ni profería insultos. Todo lo contrario: relamía las heridas y los perdonaba en silencio. Me decía para mis adentros: “No debes usar tu fuerza; los vas a lastimar”.
Ya en secundaria pegué el estirón. Aún seguía permitiendo —si así puede llamarse a esa normalización de la violencia— algunas de las tantas bromas pesadas que mis compañeros hacían. Cada día comenzaban a surgir atisbos de mi temperamento adolescente. Un día, un chico de intercambio, Said, recién llegado, decidió incorporarse al grupo de malandros que siempre me molestaban. Tomó una funda de máquina de escribir, la hizo girar y me soltó un chicotazo sobre la espalda, mojada de sudor tras el recreo.
La respuesta fue inmediata: un puñetazo en la frente, dos patadas laterales en su pierna y un último recto en la mandíbula. En menos de diez segundos estaba en el suelo, con una herida grande en la frente y la nariz sangrando por la caída. Acto seguido, varios de mis agresores diarios se levantaron para defender la honra del caído, pero recibieron la misma dosis: uno tras otro fueron cayendo ante el asombro general.
Terminamos en la dirección ocho alumnos y yo, con padres de familia, arguende escolar y el chismerío entre administrativos y maestros sobre lo malo, vil y enfermo que yo era. Ante aquella inquisición todos querían mi cabeza y un castigo ejemplar. Entonces el profesor Silverio de la Rosa, director icónico de la escuela, dijo unas palabras que aún recuerdo:
Los padres, aunque molestos, aceptaron. Mis compañeros sanaron sus heridas; yo, con una nueva autoestima, nunca más ejercí la fuerza contra ellos, porque ellos nunca más volvieron a molestarme. Así, en los primeros días de la secundaria, se puso fin al fuego… con fuego.
Ayer mataron a Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), uno de los personajes más violentos que ha tenido el país en décadas. Aunque quedan muchas dudas por responder —corrupción, narcopolítica, complicidades institucionales— todos sabemos que se termina una era. Iniciará otra pronto, pero puede tener dos vertientes: nuevas cabezas faccionarias menos violentas o liderazgos más radicales y extremos.
El CJNG no es solo un cártel local; es una organización criminal con presencia internacional en América, Europa y Asia, vinculada al tráfico de metanfetaminas, fentanilo, armas y lavado de dinero. Su expansión en poco más de quince años lo convirtió en uno de los grupos más poderosos del mundo criminal contemporáneo, comparable en capacidad logística con organizaciones transnacionales históricas. Desde 2009, México ha vivido bajo su estela de violencia: extorsiones, desapariciones, masacres y control territorial.
La pregunta inevitable es: ¿por qué un Estado permite que la violencia crezca hasta ese nivel antes de reaccionar? Aquí aparece la analogía con mi historia personal. Durante años aguanté agresiones sin responder. El sistema —escuela, maestros, adultos— tampoco intervino. La violencia se normalizó. Solo cuando respondí con contundencia se detuvo el abuso.
En política pública ocurre algo similar. Un gobierno que privilegia la narrativa sobre la acción, que apuesta al “aguante” frente a organizaciones violentas, puede terminar enviando el mensaje de permisividad. El monopolio legítimo de la fuerza —concepto clásico del Estado moderno— no puede delegarse de facto a actores criminales.
La filósofa Hannah Arendt advertía que la violencia aparece cuando el poder se debilita; no lo sustituye, sino que revela su fracaso. Cuando el Estado pierde capacidad de autoridad, surgen los violentos. Por su parte, Walter Benjamin hablaba de la violencia fundadora y la violencia conservadora del derecho: aquella que crea órdenes y aquella que los mantiene. México parece atrapado en una espiral donde la violencia criminal desafía continuamente la violencia legítima del Estado.
También Michel Foucault analizó cómo el poder se ejerce sobre los cuerpos y los territorios. El narco no solo trafica drogas: administra miedo, regula economías locales y produce control social. Es, en términos foucaultianos, una microfísica del poder paralela al Estado.
La banalización de la violencia es otro elemento central. Cuando las noticias de asesinatos se vuelven rutina, cuando las cifras sustituyen a las personas, la sociedad se anestesia. La violencia deja de escandalizar. Se vuelve paisaje. Y eso es quizá lo más peligroso: la normalización.
Hoy veremos el control de la narrativa desde la tribuna presidencial, la llamada mañanera; también el discurso mediático desde corporaciones como TV Azteca o Latinus y la narrativa internacional que inevitablemente emergerá desde la Casa Blanca. Cada actor construirá su versión: éxito gubernamental, reacomodo criminal o geopolítica de seguridad.
Pero también es cierto algo incómodo: hay momentos en que la violencia contenida estalla. En mi adolescencia fue un puñetazo. En los Estados, son operativos, detenciones o confrontaciones armadas. El dilema ético es enorme: ¿cuánta fuerza es necesaria para detener la violencia sin reproducirla?
El país está, otra vez, frente a ese espejo. Porque el problema nunca ha sido elegir entre abrazos o balazos. El problema es cuándo la ausencia de acción convierte los abrazos en permisividad… y cuándo la reacción llega demasiado tarde parece más el acto de meter bajo la alfombra el polvo de nuestras sucias inutilidades. El líder del CJNG no iba a llegar vivo a un tribunal, el por qué, es una decisión que se tomó hace mucho tiempo en el seno de Palenque, de Palacio Nacional y seguramente uno que otro político extranjero. Pero seguramente me equivoco y esto solo es un día más en el sueño de un infierno llamado México.