En la región Laguna de Coahuila, colectivos han documentado un predio de 64 hectáreas con fosas, tambos de incineración y cientos de miles de fragmentos humanos, vinculado a operaciones de Los Zetas para la desaparición y destrucción de cuerpos
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Toda agrupación política, social o cultural que nace del ego, del rencor o de la vanidad de un pendejo está condenada —conviene repetirlo para quienes viven de la distracción— a convertirse en un colectivo de pendejos, pendejas y pendejxs. Una democracia perfecta, sí, pero de la estupidez: horizontal, incluyente y profundamente hueca.
La novedad no está en el fenómeno, sino en su falaz velocidad. Antes, la impostura necesitaba décadas para consolidarse y archivos para sostenerse; hoy basta con asomarse al ecosistema local —esa reserva natural de egos inflamados— para observar la proliferación de especies endémicas. Ahí está la Helena Garro tropical, convencida de que el talento se invoca como espíritu y no se construye con disciplina; o la fundación Ratona, que no edifica nada pero roe todo: presupuestos, reputaciones, oportunidades.
No es distinto, en el fondo, de lo que ya vimos. El Dadaísmo, en su gesto radical, terminó devorándose a sí mismo en una competencia absurda por ver quién negaba mejor el arte; el Surrealismo, que prometía liberar el inconsciente, acabó institucionalizado bajo la figura casi sacerdotal de Breton, repartiendo legitimidades como indulgencias simbólicas. Incluso las vanguardias más incendiarias no escaparon al destino de convertirse en iglesia: dogma, jerarquía y excomunión.
Ahí es donde el presente se vuelve parodia. La señora que siempre canta —y siempre igual— cree que la insistencia sustituye al talento; la machorra sin gracia que se para el cuello con medallas ajenas: no escribe, no fotografía, no danza, no pinta, no canta, pero piensa que sí, porque el mundo moderno le aviva la esperanza de que creerse Superman… hasta que salta del Banpais (un edificio muy alto en Tapachula, Chiapas) y no vuela. Confunden participación con relevancia, arguende cultural con propuesta. Todos, todas y todes orbitan en torno a un coro de aduladores profesionales, esa fauna imprescindible que convierte cualquier mediocridad en “acto histórico”, cualquier ocurrencia en “gesto político”.
No es gratuito, el aplauso es la moneda más barata del prestigio. La política, por su parte, no ofrece mayor consuelo. Los herederos mal leídos de Marx —y peor digeridos— se despedazan con una pasión que nunca aplican a transformar la realidad. El mamoncito pseudo escritor redacta manifiestos indescifrables que nadie entiende pero todos celebran, por miedo a parecer menos inteligentes; la depresiva artista multidisciplinar convierte su inestabilidad en estética, su confusión en discurso, su fragilidad en curaduría. Lo peor, todo lo escriben y hacen al mero estilo ChatGPT. Sus imágenes corporativas dan cuenta de ello.
Nada de esto sería problemático si no pretendiera ser trascendente. Porque el problema no es la mediocridad —esa ha sido siempre abundante—, sino su institucionalización. Cuando la simulación se organiza, cuando el resentimiento se vuelve programa, cuando la carencia de obra se disfraza de comunidad, lo que emerge no es un colectivo, sino una cofradía: una iglesia de idólatras donde se rinde culto no a la creación, sino al reflejo.
Narciso, multiplicado a la décima potencia. La historia insiste —para quien quiera escucharla— en que este ciclo es inevitable. Recordemos las disputas intestinas del muralismo mexicano, donde la épica social convivía con rivalidades personales feroces; o las guerras literarias del boom latinoamericano, donde el talento real no impidió la mezquindad. Pero hay una diferencia crucial: ahí había obra. Había algo que sostener, algo que discutir, algo que trascendía el ego de sus autores.
Hoy, en demasiados casos, no hay nada. No hay raíz, solo malabares. No hay tinta, solo bilis. No hay escena ni escondite para la falta de talento, hay pose. Por eso la proliferación de “colectivos” que no producen más que eventos, de “fundaciones” que no sostienen más que discursos, de “artistas” cuya única obra es su propia narrativa. Es el triunfo de la utilería: premios que nadie recuerda, exposiciones que nadie visita, publicaciones que nadie lee.
Todo perfectamente documentado, nada verdaderamente vivido. En ese sentido, la contemporaneidad se parece menos a una escena cultural y más a un teatro de sombras, donde las figuras se agrandan en la pared mientras la fuente de luz —la obra— permanece débil o inexistente. Y como en toda sombra, el truco depende de la distancia: cuanto más lejos de la realidad, más grande parece la figura.
Pero basta acercarse. Basta preguntar: ¿qué han hecho?, ¿qué sostienen?, ¿qué permanece? Él silencio suele ser la única respuesta. Porque, en el fondo, nadie ama realmente lo que dice amar. Ni el arte, ni la política, ni la comunidad. Lo que aman es la idea de sí mismos dentro de ese marco: el artista, el activista, el gestor, el intelectual. Figuras sin sustancia, máscaras sin rostro.
Por eso necesitan tanto ruido. Por eso se agrupan. Por eso se aplauden con desesperación, como si el eco pudiera sustituir a la voz. Y sin embargo, el destino de estas iglesias siempre es el mismo. No caen por conspiraciones externas ni por críticas feroces —aunque ambas ayuden—, sino por el peso insoportable de su propia ficción. Porque sostener una mentira colectiva requiere más energía que crear una verdad individual.
Eventualmente, el desgaste se impone. Los aduladores migran. Los liderazgos se fracturan. Las narrativas se contradicen. Y lo que queda no es la comunidad prometida, sino un campo de ruinas donde cada quien intenta salvar su propia versión del fracaso. La caída, entonces, no es espectacular. No hay tragedia en el sentido clásico, no hay catarsis, no hay redención. Hay, en cambio, algo mucho más sencillo y mucho más devastador: el olvido.
Ese lugar donde van a parar todos los que confundieron el aplauso con la obra, la visibilidad con la relevancia, el grupo con la comunidad. Y cuando eso ocurra —porque ocurre siempre— no habrá manifiesto que los rescate, ni performance que los redima, ni lectura en voz alta que los devuelva al centro. Solo serán un poco de basura en el estercolero de la historia.