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Locallunes, 12 de mayo de 2025

Donde termina el camino, comienza la vocación de las y los docentes rurales

Hay desigualdad estructural y falta de reconocimiento al trabajo de las maestras que dejan su casa hasta por 15 días

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Alejandro Gómez

Montados a caballo, en lanchas, motos e incluso caminando horas, es como estos héroes de la enseñanza llevan educación a preescolar, primaria y telesecundaria a los rincones más alejados de Chiapas.

Andrea Gutiérrez Gómez es una de las maestras que, entre montañas del sur del país, lleva años sembrando conocimiento y esperanza en los corazones de los pequeños y pequeñas de la Rivera Morelos; un ejido escondido entre nubes y cafetales del municipio de Motozintla.

En lo alto de la Sierra Madre de Chiapas, donde los caminos se vuelven más angostos y la señal de celular es un lujo intermitente, la maestra lucha todos los días por llevar educación a todos los menores de preescolar del nivel federal.

“Somos maestros rurales que sufrimos por el transporte limitado, problemas de señal telefónica o internet, así como de energía eléctrica de manera constante, pero tratamos de dar lo mejor, porque lo hacemos de corazón por las niñas y niños de la Sierra Madre de Chiapas”, expresó.

Andrea es parte del sistema educativo federal, pues anteriormente estuvo tres años en el estatal. Ahora permanece toda la semana en la comunidad donde labora y regresa a Tapachula los fines de semana.

Contó que, así como ella, miles de maestras y maestros de nuevo ingreso son enviados a las zonas más apartadas del estado y con el mismo salario que uno en la ciudad, quienes no enfrentan los mismos retos logísticos, culturales y personales.

Andrea es solo un rostro entre muchos, y su historia ilumina el camino silencioso que recorren los verdaderos héroes del aula: los que enseñan en la montaña, con la fe de que el conocimiento también debe florecer en lo alto de Chiapas.

Entre la vocación, el sacrificio y el amor a los niños 

“Nos dicen foráneos”, pero más que una etiqueta, es un símbolo de entrega y amor por nuestro trabajo de educar”, asegura Laura Pérez, maestra rural originaria de Tapachula, que desde hace siete años forma parte del sistema federal de educación primaria.

Actualmente, labora en el ejido Libertad Ventana del municipio de Siltepec, a unas seis horas de camino desde su lugar de residencia. Para llegar a su escuela debe salir de casa en la madrugada y enfrentar trayectos complicados por la falta de transporte y las condiciones del camino.

Platicó para Diario del Sur que a veces lo hace a pie, a veces de aventón, con maleta al hombro y mochila en la espalda. Pero para Laura, llegar a su aula con una sonrisa, a pesar de los desafíos, es lo primero para sus niñas y niños de primaria.

No hay tiendas, no hay señal, no hay luz durante semanas. Llevamos la comida desde casa y trabajamos con lo que tenemos. La comunidad es adventista y la vida en la montaña está llena de carencias, pero también de aprendizaje”, narró.

A pesar de los riesgos por la inseguridad, como la reciente crisis que vivió la Sierra de Chiapas, Laura no ha dejado de cumplir su labor de llevar educación a los niños y niñas que viven a una altitud de mil 580 metros sobre el nivel del mar.

“Ya le dije a mi familia: si no regreso, no vayan a buscarme. Cuídense ustedes y cuiden a mis hijos. Yo tengo tres hijos pequeños y los tengo que dejar una semana o incluso 15 días”, relata con voz firme.

Mencionó que no es fácil avanzar en el sistema, pues ya ha participado en tres cadenas de cambio, pero no ha podido acercarse más a casa. Antes estuvo en un ejido aún más lejos.

“Mínimo debemos quedarnos dos años en cada comunidad, pero muchas veces no hay plazas, y somos miles los que competimos por ellas para estar más cerca de casa, así como de la familia”, explica.

Precisó que lo que la mantiene firme es el amor por sus alumnos, a pesar de que, cuando llegó a la comunidad, le dieron ganas de llorar con sus alumnos, ya que no tienen nada.

“Ser maestra rural es amar tu vocación, es dejar a tu familia y seguir adelante. Es resistir y aprender todos los días de las carencias con las que viven nuestros alumnos, que no conocen una computadora o un dron, y cuando lo llevas lo ven con asombro”, puntualizó.

La vocación no tiene atajos, más de 5 mil maestros y maestras llevan educación a más de 20 mil comunidades rurales de Chiapas

Explicó que Chiapas es un estado marcado por su diversidad geográfica y cultural, pero también por sus profundas desigualdades sociales, a las que se enfrentan todos los días las y los maestros rurales, que, por su lejanía, condiciones climáticas y carencias estructurales, permanecen al margen del desarrollo.

El representante democrático indicó que ser maestro rural en Chiapas no es solo una labor educativa, sino una entrega total al compromiso social y profesional para llevar educación a la niñez chiapaneca en los lugares recónditos de la entidad.

“Muchos docentes tienen que caminar, subir cerros, montar caballos, tomar lanchas o transportes colectivos por horas para llegar a su centro de trabajo, y no es un esfuerzo ocasional, es su rutina semanal o incluso diaria”, explicó.

“El sistema no reconoce aún este sacrificio. No hay una compensación justa para quienes llevan educación donde más se necesita. Es el mismo salario, sin importar la distancia, las condiciones laborales y de vida, o el riesgo que implica cumplir con su vocación de enseñar”, agregó.

Detalló que el sistema educativo chiapaneco cuenta con alrededor de 23 mil maestros activos, de los cuales una cuarta parte sigue en situación rural, y la mayoría de estos docentes están en los niveles de preescolar, primaria y telesecundaria.

“Muchos de los maestros o maestras rurales son de nuevo ingreso, pues son jóvenes que apenas empiezan, por lo que son enviados a las zonas más alejadas. Solo con los años de antigüedad pueden aspirar a una plaza más cercana a su lugar de origen”, externó.

Relató que uno de los ejemplos más claros de esta situación es la comunidad de Pavencul, en el municipio de Tapachula, pues a pesar de encontrarse en un municipio costero, llegar hasta ahí puede tomar hasta cinco horas, por caminos difíciles y sin transporte regular.

Destacó que la entrega de estos maestros no solo se refleja en el aula, sino también en su rol como figuras clave en el tejido comunitario, pues son consejeros, gestores, mediadores culturales y, en muchos casos, la única presencia constante del Estado en lugares remotos.

Guzmán considera que es momento de que las autoridades educativas reconozcan esta realidad con medidas concretas en pro de los maestros rurales.

“Se necesita una política educativa que contemple incentivos, mejores condiciones de trabajo, infraestructura educativa y movilidad para los docentes rurales. Ya es tiempo de reconocer que educar en la sierra, en la selva o en la montaña, no cuesta lo mismo que hacerlo en la ciudad”.

Puntualizó que, en el marco del Día del Maestro, estas voces no piden homenajes, sino justicia. Porque en cada camino de tierra, en cada aula improvisada, en cada niño que aprende a leer en tzotzil o mam, hay un maestro que ha dado más de lo que el sistema le exige y mucho más de lo que el sistema le devuelve.

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