“Ahora competimos con los celulares y la televisión. Por eso, cada clase tiene que ser dinámica, creativa y significativa. No se trata de entretener, sino de educar con sentido”, expresó.
Sin control ni regulación efectiva, los mototaxis se expanden en municipios de la región, generando riesgos, competencia desleal y presuntas irregularidades en la entrega de permisos
Las educadores son el primer filtro educativo que los niños reciben fuera de sus hogares / Alejandro / Diario del Sur
Con manos que guían con ternura y voces firmes que forman carácter, las educadoras de Chiapas no solo enseñan, también resisten. Día con día, enfrentan adversidades estructurales, emocionales y sociales que marcan su labor dentro y fuera del aula, especialmente en la frontera sur de México.
Estas mujeres son las primeras figuras formadoras fuera del hogar y, a pesar de las carencias, construyen los cimientos del futuro de la sociedad chiapaneca. En aulas donde escasean los materiales y sobran desafíos, logran transmitir valores, fomentar la convivencia y abrir paso al aprendizaje desde la creatividad y la entrega.
“Más que enseñar, cuidamos el alma de los niños. También somos madres, psicólogas, enfermeras y consejeras”, relata la maestra Gabriela Preciado, con 21 años de experiencia en educación preescolar. Aunque el 21 de abril se conmemora el Día de la Educadora, para ella el verdadero reconocimiento ocurre cuando un niño logra escribir su nombre por primera vez o la llama “maestra” con orgullo.
Gabriela destaca que, en comunidades con recursos limitados, el ingenio y la vocación se convierten en sus principales herramientas: materiales reciclados, espacios improvisados y una creatividad incansable les permiten transformar cualquier rincón en un aula viva.
“En un país que apuesta por la transformación educativa, el papel de las educadoras debe ser visibilizado y valorado, porque no solo enseñamos, sino formamos seres humanos y eso, sin duda, es una tarea que cambia al mundo”, puntualizó.
La maestra María Elena, con más de 30 años en las aulas, ha sido testigo de cómo la realidad social ha desdibujado el rol tradicional de las educadoras. “Antes todo era papel, colores y canciones. Hoy debemos competir con tabletas, videojuegos y redes sociales”, explica.
Además del cambio tecnológico, enfrentan transformaciones familiares profundas: niñas y niños que crecen sin figuras parentales estables, lo cual repercute en su comportamiento y demanda una atención más emocional que académica. “Enseñamos, sí, pero también acompañamos emocionalmente en un entorno cada vez más complejo”, añade.
La relación con alumnos y padres migrantes genera un desafío para las educadoras en el proceso enseñanza - aprendizaje / Alejandro / Diario del Sur
El mayor reto para muchas educadoras en Chiapas es lograr que los pequeños mantengan la atención, ya que la hiperactividad y la sobreexposición digital exigen clases más dinámicas, creativas y significativas. “No se trata solo de entretener, sino de educar con sentido”, puntualiza.
A esto se suman desafíos sociales como la migración. Ana Laura González Laguna, también educadora, destaca que en muchas escuelas se atiende a niñas y niños migrantes, especialmente de origen haitiano, con barreras idiomáticas que dificultan la integración.
“Algunas compañeras trabajan con menores que hablan portugués o criollo haitiano. Eso nos obliga a improvisar estrategias inclusivas que no siempre tenemos cómo implementar”, comenta. Las educadoras, sin capacitación específica, hacen lo posible por atender a estos menores que llegan en tránsito o se establecen temporalmente en la región.
Puntualizó que son muchos los retos y desafíos que deben enfrentar en este mundo tan cambiante, especialmente en la frontera sur de México con Guatemala, por la llegada constante de personas de todos los continentes.
Las condiciones en que trabajan las educadoras en Chiapas distan mucho de ser las ideales. La educación preescolar vive una crisis silenciosa marcada por carencias estructurales graves: escasez de personal, instalaciones inadecuadas y falta de recursos materiales.
En muchas instituciones, una sola educadora atiende a más de 30 niñas y niños, lo que impide ofrecer atención personalizada. A esto se suma el uso de aulas deterioradas, algunas incluso señaladas como “de alto riesgo” desde el sismo de 2017, sin que hayan sido reparadas hasta ahora.
Las educadores de la frontera sur, hoy en día enfrentan desafíos al tener alumnos de otras nacionalidades que no hablan español / Alejandro / Diario del Sur
“No tenemos sillas, mesas ni pizarrones suficientes. En muchas ocasiones, somos nosotras quienes llevamos los materiales de nuestra propia bolsa”, denuncian las docentes. La sobrepoblación en las aulas también es un problema constante, pues el exceso de alumnos limita las actividades y aumenta el riesgo de accidentes.
Frente a la omisión institucional, las directoras y docentes han alzado la voz. Padres de familia han llegado a bloquear el paso fronterizo entre México y Guatemala para exigir al Instituto de Infraestructura Física Educativa del Estado de Chiapas que atienda los daños estructurales.
Las educadoras no solo cargan con la responsabilidad de formar, también con el peso del abandono institucional. Sin el reconocimiento que merecen, siguen trabajando en condiciones adversas, convencidas de que cada niño atendido con amor es una apuesta por un mejor futuro.