De las butacas al silencio, la historia los cines tradicionales de Tapachula
Cines emblemáticos surgieron y desaparecieron conforme la tecnología avanzó y transformó los hábitos de entretenimiento en la ciudad
Cines emblemáticos surgieron y desaparecieron conforme la tecnología avanzó y transformó los hábitos de entretenimiento en la ciudad

Alejandro Gómez
El cine llegó a Tapachula como llega lo extraordinario a una ciudad en crecimiento, pero que aún conservaba el ritmo lento de las poblaciones fronterizas del sur, iniciando la historia del séptimo arte con la empresa Adams-Sanabia del señor Rodolfo Tosta, y que trajo el primer cinematógrafo Pathé, un aparato voluminoso, ruidoso y casi mágico para la época, indica el cronista de la ciudad Leopoldo Constantino.
“Las funciones se realizaban en espacios improvisados, con estructuras de madera y techos de lona, donde la gente se reunía para presenciar imágenes en movimiento por primera vez en la ciudad”, recordó con nostalgia.
Aquella experiencia no solo asombró al público, sino que encendió una chispa cultural que se volvería parte de la identidad de la ciudad, ya que las personas caminaban largas cuadras para llegar temprano y asegurar un buen lugar, sin importar el calor o las incomodidades del espacio, porque ver cine era un acontecimiento social, un espectáculo que se extendía más allá de la pantalla, hacia la convivencia y el intercambio de emociones.
Detalló que hay muchos relatos transmitidos que indican que los proyectores fallaban con frecuencia: la película se trababa, el foco se calentaba o el sonido no coincidía del todo con las imágenes. Pero nadie reclamaba. Era parte del encanto primitivo del cine. Lo importante era estar ahí, en comunidad, presenciando una novedad que solo existía en las ciudades más grandes del país.
Ese primer cinematógrafo sembró la semilla de una tradición que, sin saberlo, marcaría el desarrollo cultural de Tapachula durante las siguientes décadas. El cine llegó como un visitante excepcional, pero la gente lo adoptó como un habitante permanente hasta la fecha, aunque ahora más moderno con las multisalas en plazas comerciales de la ciudad.
El primer cine reconocido en Tapachula fue el Cine Europa, propiedad de un alemán de apellido Banken, ubicado en la esquina de la 10ª Norte y la 1ª Poniente; después, la compañía Parres fundó otro cine enfrente de donde ahora se encuentra el Hotel Fénix, sobre la 4ª Norte, que antes era la Avenida Hidalgo.
Después la familia Martínez abrió el Cine Cervantes en la 1ª Calle Oriente, entre la Avenida Central y 1ª Norte, en lo que ahora se conoce como el Hotel Cervantino.
En las décadas de 1920 y 1930, Tapachula dio un paso decisivo hacia la profesionalización del espectáculo cinematográfico con la construcción del Cine Teatro Figueroa, ubicado en la 6ª Norte entre Central y 1ª Calle Poniente. Financiado por la familia de don Fernando Díaz Pérez, este espacio no solo representó un avance arquitectónico, sino un símbolo de modernidad de una ciudad que se abría al comercio y la cultura.
El Figueroa tenía luneta, gayola y una sala de proyección impresionante para su tiempo; hoy el proyector se ha convertido en pieza museográfica que se puede observar en el Museo de Tapachula. Además, contaba con carretes de grandes dimensiones y requería operadores especializados.
“Las películas llegaban en ferrocarril o avión, y la proyección era todo un ritual que demandaba atención técnica y disciplina para quienes hacían ese trabajo en ese cine que con el paso de los años desapareció. Hoy en ese lugar hay una tienda grande con estacionamiento subterráneo”, detalla el cronista.
Para muchos habitantes de aquella época, asistir al Cine Teatro Figueroa significaba mucho más que ver una función: era una oportunidad para lucir sus mejores prendas, convivir con vecinos y participar en un evento social importante. Incluso había quienes ahorraban durante semanas para pagar una entrada y comprar algún refrigerio.
El Figueroa también fue escenario de eventos culturales paralelos: presentaciones musicales, obras de teatro y reuniones comunitarias. En su interior, Tapachula encontró un espacio donde podía sentirse parte del país que progresaba y que adoptaba el cine como una herramienta de imaginación y escape.
Entre los años 40 y 60’s, Tapachula comenzó a llenarse de nuevas salas de proyección que respondían a la demanda del público. Surgieron espacios como el Cine Piojitos, reconocido por su estructura modesta y su ambiente popular, donde los boletos eran tan accesibles que incluso la población de bajos recursos podía disfrutar del cine con frecuencia.
También abrió el Cine Lírico, ubicado cerca del Hotel Don Miguel, y más tarde el Cine Cervantes, frente a oficinas federales. En cada uno de estos recintos se proyectaban películas mexicanas y estadounidenses, la mayoría dobladas al español debido a que no todos sabían leer subtítulos. Los géneros iban desde el melodrama hasta la aventura y la comedia.
El más querido de esta época fue el Cine Tapachula, ubicado en la 6ª Av. Norte, entre 5ª y 7ª Calle Poniente, ahí donde hoy existe una tienda de telas. Y es que la matiné dominical se convirtió en un ritual para niños y jóvenes de la época. Películas del Santo, aventuras clásicas, cintas de la India María y comedias familiares llenaban por completo la sala, que vibraba entre risas, sustos y aplausos.
La llegada del Cine Maya en 1968 marcó un antes y un después en la historia cultural de Tapachula. Construido durante la administración de Francisco Ramos Bejarano, este cine formó parte de la empresa M.A.Y.A. (Miguel Alemán y Amador), una de las cadenas cinematográficas más modernas del país en ese momento, ya que contaba con aire acondicionado, butacas cómodas y un equipo de proyección de calidad superior.
El Maya, ubicado en la 2ª Av. Norte y 1ª Calle Poniente, fue el primer cine en la ciudad en ofrecer estrenos importantes, prácticamente al mismo tiempo que en Ciudad de México, lo cual lo convirtió en un símbolo de estatus y modernidad. Para muchos, asistir al Cine Maya no solo era un acto cultural, sino también una experiencia aspiracional.
Ese mismo año, la llegada de la televisión por los Juegos Olímpicos transformó la relación de la población con las imágenes y el entretenimiento. Tapachula vivía una revolución mediática: cine moderno y televisión casi simultáneamente. Pero el cine, con su ritual colectivo, seguía siendo el favorito del público.
El Cine Maya, que después tuvo dos salas (Maya 1 y 2), definió a toda una generación. Para muchos habitantes es, aún hoy, el recuerdo más nítido que tienen de las noches de cine en la ciudad.
Los años 70’s representaron la etapa de mayor expansión de salas cinematográficas en Tapachula. El Cine Avenida, ubicado en la Central Sur, se convirtió rápidamente en uno de los recintos más grandes y concurridos. Su tamaño y acústica lo hicieron ideal para estrenos masivos, eventos culturales, graduaciones y obras de teatro, cambiando posteriormente su concepto a Sala de Arte “Dr. Belisario Domínguez” en los años 80’s, donde comenzó a proyectar cintas para todo el público y más tarde películas de alto criterio (XXX). Años después funcionó como templo evangélico y finalmente como casino.
La familia Bullard consolidó su presencia con el Cine Tacaná, ubicado donde hoy se encuentra el Centro de Convivencias (9a Sur y 9a Oriente). Este cine era conocido por su ambiente familiar y su selección de películas mexicanas y extranjeras, muchas veces con funciones dobles que atraían a grandes grupos.

Pero quizá la innovación más memorable fue la creación de los Cinemas Gemelos Acuario y Piscis en la década de los 80’s, fundados por el empresario Carlos Vila Serrano. Estos introdujeron el concepto de “multicinemas”, con dos salas independientes que proyectaban películas distintas de manera simultánea. Tapachula se adelantó así al modelo que después dominaría en todo el país.
Esta década fue, sin duda, la edad de oro del cine tapachulteco: variedad, modernidad y una ciudad que consumía cine con entusiasmo diario.
A finales de los años 70 y principios de los 80’s, Tapachula vivió un experimento único para la región: la apertura de un autocinema, cerca del fraccionamiento Monroy, a un costado de la plaza Bulevar. El Autocinema Lafle ofrecía una experiencia completamente distinta, más íntima y al mismo tiempo más familiar.
“La gente podía ver películas como Vaselina desde su automóvil, llevando sus propios alimentos y compartiendo momentos especiales bajo el cielo nocturno, lo que era una sensación y novedad en la ciudad”, externó el cronista de la ciudad.
El sistema funcionaba con bocinas individuales que se colgaban en la ventana de los autos, y aunque a veces fallaban, nadie parecía molesto: formaba parte del encanto de la época.
Además, era un espacio donde jóvenes parejas encontraban un lugar discreto para convivir sin las miradas del público, lo que agregó un toque romántico al recuerdo colectivo. Fue también un espacio para estrenos especiales, atrayendo a público que buscaba una experiencia distinta a la del cine convencional.
Pese a su popularidad, la operación del autocinema enfrentó desafíos técnicos y financieros y desapareció. Pero su paso por Tapachula se volvió legendario.
De acuerdo al cronista de la ciudad, en los años 80’s llegó la amenaza que acabaría con muchos cines tradicionales de Tapachula, pues con los sistemas VHS (Video Home System) y Beta (Betamax), las videocasetes rentadas en videoclubes permitieron a las familias disfrutar películas en casa, detenerlas, repetirlas y compartirlas sin restricciones de horarios o costos elevados, lo cual transformó por completo el hábito del espectador.
“La apertura de videoclubes como VideoCentro revolucionó el mercado del entretenimiento, ya que la población corría a rentar estrenos, clásicos o películas familiares, mientras que los cines veían disminuir sus ingresos noche tras noche y la competencia era directa y abrumadora, que no lo soportaron”, mencionó Leopoldo Constantino.

Algunos cines intentaron adaptarse con precios más bajos, funciones dobles e incluso promociones especiales, pero la batalla estaba perdida. Uno a uno fueron cerrando sus puertas: el Cine Maya, los Cinemas Gemelos, el Cine Tapachula, el Tacaná y la Sala de Arte. Cada cierre significó una pérdida cultural, social y arquitectónica para la Perla del Soconusco.
Fue una etapa triste para quienes crecieron en las salas oscuras de la ciudad y Tapachula se quedó por años sin las salas de antes, lugares donde las familias disfrutaron momentos increíbles.
Con la llegada de los años 90 y el crecimiento de las plazas comerciales, Tapachula vivió un renacimiento cinematográfico, pues la apertura de Cinépolis en Plaza Cristal marcó el inicio de una nueva era: salas múltiples, sonido Dolby, aire acondicionado, butacas modernas y estrenos internacionales simultáneos.
El cine volvió a ser un punto de encuentro social. Familias enteras regresaron al ritual de fin de semana, los jóvenes hicieron del cine su lugar para reunirse, y la ciudad adoptó nuevamente las grandes pantallas como parte de su vida cotidiana.

Cinépolis se convirtió rápidamente en una tienda ancla del centro comercial y en referencia cultural. Ver un estreno se volvió parte del estilo de vida urbano, y Tapachula recuperó el brillo que había perdido en los años anteriores.
Con el paso del tiempo, se sumaron nuevas salas y formatos premium. El cine volvió a ser la gran experiencia que siempre había sido.
Aunque muchos de los cines que formaron parte de la historia de Tapachula hoy se han transformado en hoteles, tiendas o edificios administrativos, o lugares abandonados como el Acuario, Piscis o la Sala de Arte Belisario Domínguez, su legado permanece vivo en la memoria de quienes los vivieron, ya que cada sala dejó recuerdos, anécdotas y momentos que ayudan a entender cómo creció la ciudad.
El cronista Leopoldo Constantino García asegura que el cine no desaparecerá nunca, pues aunque cambien las tecnologías, aunque lleguen las plataformas digitales y aunque la experiencia sea distinta, nada reemplaza el ritual colectivo de ver una película en una sala de cine.