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Localsábado, 14 de marzo de 2026

Jorge Molina, el profesor que demuestra que las matemáticas pueden cambiar destinos

En el Día Internacional de las Matemáticas, el profesor Jorge Molina, con más de 24 años de docencia, comparte su experiencia formando jóvenes talentos

Carlos Mejía

Habla pausado, como quien mide cada palabra con la precisión de una ecuación. Sin embargo, cuando se le pregunta por las matemáticas, la voz se le llena de entusiasmo.

“Las usamos en decisiones diarias, en la economía personal, en la tecnología, en la manera en que razonamos”, explica.

Entre pizarrones llenos de números, hojas de ejercicios y competencias académicas, el profesor ha visto crecer a varias generaciones de estudiantes.

Y también ha visto algo que le preocupa. México, reconoce, mantiene un rezago importante en el aprendizaje de las matemáticas. Pero para él, la explicación no es la que muchas veces se repite.

“No es que los alumnos no tengan capacidad”, señala. “El problema muchas veces es cómo se enseñan las matemáticas”.

Para Molina, ahí es donde entra el verdadero reto educativo. La clave, afirma, está en la metodología del maestro y en el ambiente emocional del aula.

Esa filosofía ha guiado su trabajo durante años, especialmente en la formación de estudiantes que compiten en olimpiadas de matemáticas.

En un país donde muchos estudiantes consideran a las matemáticas como una materia difícil o inaccesible, el profesor insiste en cambiar la narrativa.

“No hay que tenerles miedo”, dice. Para él, la práctica constante es la mejor herramienta. Practicar. Intentar. Equivocarse. Volver a intentar.

Así se forman los matemáticos, pero también —asegura— las personas capaces de resolver problemas en la vida.

Antes de terminar la conversación, el profesor deja una frase que resume su manera de entender la enseñanza: “Si las matemáticas fueran pan, no habría hambre en el mundo”.

No lo dice como metáfora complicada. Lo dice con la convicción de quien ha pasado casi un cuarto de siglo enseñando que los números también pueden alimentar el pensamiento.

Porque, al final, detrás de cada ecuación hay algo más que cifras. Hay curiosidad. Hay lógica. Y, sobre todo, hay historias que todavía están por resolverse.

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