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En la Curva de la Muerte, una figura vestida de blanco aparece en la carretera y detiene taxis en plena madrugada, alimentando una de las leyendas más inquietantes de Tapachula / / Imagen generada con IA con fines ilustrativos
En la memoria de esta ciudad fronteriza, donde la humedad del Pacífico se mezcla con el bullicio del centro y el ir y venir de los taxis, hay historias que no se borran. Una de ellas se cuenta en voz baja entre conductores del sitio y vecinos del sur poniente: la leyenda de la dama que aborda un taxi en la llamada Curva de la Muerte, sobre el tramo carretero Tapachula-Puerto Madero, y desaparece después de dejar como garantía un pulso de plata.
Corría 1993 cuando un accidente vehicular en aquella vía - entonces menos iluminada y con fama de peligrosa - arrebató la vida a una joven de 29 años. Paramédicos que acudieron al auxilio relataron que, entre quejidos y respiraciones entrecortadas, la mujer repetía que no quería dejar este mundo. El hecho conmocionó a familiares, amistades y ex compañeros de estudio. Días después del sepelio en el Panteón Municipal de Tapachula, comenzaron los rumores: algunos aseguraban verla caminar por la mañana en el centro; otros, juraban haberla observado al caer la tarde en cafeterías cercanas al parque; unos más, afirmaban distinguir su silueta por la noche, siempre vestida con elegancia, antes de perderla de vista en un abrir y cerrar de ojos.
La versión más conocida ocurrió una noche de noviembre. Eran cerca de las tres de la madrugada cuando un taxi circulaba a la altura de la 10ª Avenida Sur y 8ª Calle Poniente, a escasos metros del camposanto. La zona, conocida por muchos como la Curva de la Muerte, suele quedar envuelta en un silencio espeso a esas horas. El conductor, un hombre de oficio curtido por madrugadas interminables, vio a una mujer levantar la mano.
Era delgada, de cabello negro y tez blanca. Vestía un traje de noche color plata que reflejaba tenuemente la luz de los faros, zapatillas negras y un bolso al hombro. Sin titubear, abordó el vehículo. “Buenas noches, ¿a qué dirección la llevo?”, preguntó el taxista, ajustando el retrovisor para mirarla. La joven sonrió con serenidad y pidió ser trasladada a una calle alterna del parquecito conocido como “Los Laureles”, en la zona sur de la ciudad.
Durante el trayecto apenas cruzaron palabras. El conductor, acostumbrado a pasajeros que regresan de fiestas o reuniones, pensó que quizá ella salía de algún evento. Sin embargo, notó algo inusual: un frío extraño comenzó a colarse por las rendijas del vehículo, recorriéndole la espalda pese al clima cálido que caracteriza a Tapachula.
Al llegar a la dirección indicada, la joven descendió con movimientos suaves. Se disculpó por no llevar efectivo suficiente y pidió al taxista que regresara por la mañana para cobrar el servicio. Como garantía, entregó un pequeño pulso de plata. El conductor aceptó el trato con una sonrisa nerviosa mientras la veía caminar hacia una casa de dos plantas. La puerta se abrió y ella entró sin mirar atrás.
A la mañana siguiente, intrigado y confiado en la palabra de su pasajera, el taxista acudió al domicilio. Tocó el timbre. Una mujer de semblante cansado abrió la puerta. “Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?”, preguntó. El conductor explicó que horas antes había traído a una joven a esa casa y que ella le pidió pasar a cobrar por la mañana. Mostró el pulso de plata y señaló que la había recogido frente al Panteón Municipal.
La mujer, identificada como Ana, palideció. Tras unos segundos de silencio, invitó al taxista a pasar. Con voz entrecortada le confesó que su hija, Nayeli, había perdido la vida años atrás en un accidente rumbo a Puerto Madero. Tenía 29 años. Desde entonces - dijo - en ciertas fechas del año ocurría lo inexplicable: algunos taxis llegaban de madrugada con la misma historia. Todos aseguraban haberla recogido frente al cementerio. Todos traían como prueba un pulso de plata que, misteriosamente, desaparecía después de ser guardado en casa.
El taxista sintió un escalofrío al comprender lo que escuchaba. Aun así, aceptó el pago que la madre insistió en entregarle y dejó la pulsera sobre una mesa del recibidor. Antes de irse, miró hacia el interior de la vivienda, como esperando ver aparecer a la joven de vestido plateado.
Con el paso de los años, la historia se ha repetido en susurros entre ruleteros que recorren la ruta hacia Puerto Madero. Algunos aseguran haber sentido el mismo frío; otros, haber transportado a una mujer con idéntica descripción. Ninguno ha podido explicar cómo, al girar la cabeza, el asiento trasero aparece vacío.
En una ciudad donde las leyendas se entrelazan con la vida cotidiana, la dama de la Curva de la Muerte se ha convertido en un recordatorio persistente. Dicen que sale del panteón para volver a casa, como si aún tuviera asuntos pendientes o temiera el olvido. Y mientras los taxis sigan cruzando esa avenida en la madrugada, habrá quien mire por el retrovisor esperando ver el brillo tenue de un vestido plata y una sonrisa que parece venir de otro tiempo.